La Eucaristía es el centro de la vida cristiana y, no por casualidad, el punto donde más se concentran las objeciones. El Concilio Vaticano II la llamó fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia (LG 11), y quien discute la Eucaristía está discutiendo, en realidad, todo lo demás: el sacerdocio, el sacrificio, la Iglesia, la Tradición y la autoridad para interpretar la Escritura. Por eso esta guía empieza aquí.
Abre una pregunta para ver el resumen. Dentro está la respuesta completa, con la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Catecismo.
La respuesta corta está en el capítulo 6 de San Juan y en una escena incómoda que casi nunca se comenta. Jesús dijo: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,51). Los oyentes lo entendieron al pie de la letra y protestaron: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? (Jn 6,52). Y Él, en vez de aclarar que hablaba en figura, endureció el lenguaje: mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (Jn 6,55). El resultado está escrito: desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él (Jn 6,66).
Eso es raro, porque Jesús corrige siempre a quien lo entiende mal. Lo hace con Nicodemo (Jn 3,5), con la samaritana (Jn 4,13-14), con los discípulos cuando confunden la levadura (Mt 16,11) y cuando confunden el sueño de Lázaro (Jn 11,14). Siempre. Menos esa vez.
Aquí verá los cuatro relatos de la institución, que dicen esto es mi cuerpo y nunca esto representa mi cuerpo (Mt 26,26-28; Mc 14,22-24; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,23-25); la advertencia de San Pablo de que quien comulga indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11,27); y cartas de cristianos de los años 107 y 155 que ya llamaban a eso la carne de Cristo. Y verá, uno por uno, qué dicen realmente Juan 6,63, Lucas 22,19 y Juan 10,9, los tres textos que se citan para sostener que todo era un símbolo.
Cuando Jesús dijo esto es mi cuerpo estaba hablando en sentido figurado, igual que cuando dijo yo soy la puerta (Jn 10,9) o yo soy la vid (Jn 15,5). La Cena del Señor es un memorial, un recuerdo de lo que Él hizo. Él mismo lo dijo: haced esto en memoria mía (Lc 22,19). Y en Juan 6,63 lo aclaró todo: el espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Adorar un pedazo de pan es idolatría, y la transubstanciación es una invención medieval tomada de la filosofía griega, que no aparece en ninguna parte de la Biblia.
Hay que despejar cuatro malentendidos, porque muchas veces la discusión se traba en cosas que la Iglesia nunca ha dicho.
La presencia real no se apoya en un versículo aislado sino en una línea que atraviesa toda la Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.
Dios prepara este misterio durante siglos. Cuatro figuras lo anuncian.
Este es el capítulo decisivo y hay que leerlo entero, no un versículo suelto. Obsérvese la progresión.
Jesús comienza diciendo: yo soy el pan de vida (Jn 6,35). Hasta aquí podría ser metáfora. Luego avanza: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,51). Y entonces ocurre lo decisivo:
Discutían entre sí los judíos, y decían: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? (Jn 6,52).
Lo entendieron literalmente. Y aquí es donde la lectura simbólica encuentra su primer obstáculo insalvable, porque en vez de corregirlos, Jesús sube la intensidad:
En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (Jn 6,53-55).
Hay un detalle en el griego que conviene conocer. En los versículos anteriores San Juan usa el verbo phagein, comer. A partir del versículo 54, justo cuando los oyentes protestan, cambia a trogo, que significa masticar, roer, triturar con los dientes. Es un verbo crudo, físico, que se empleaba incluso para describir a un animal comiendo. Si Jesús hubiera querido suavizar un malentendido, habría hecho lo contrario: habría bajado a un verbo más suave. Hizo exactamente lo opuesto.
Y añade el adjetivo alethes: mi carne es verdadera comida. Es precisamente la palabra que se opone a lo figurado.
Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él (Jn 6,66).
Aquí está el punto que la interpretación simbólica no logra explicar. Jesús deja que se vayan. No los llama. No les dice que esperen, que era una figura. Y esto contradice frontalmente su modo de proceder en todo el Evangelio, que es siempre el mismo cuando alguien entiende mal una imagen:
Jesús corrige siempre el malentendido literal. Siempre. Excepto una vez: en Juan 6. Y esa única vez, en lugar de corregir, deja marchar a discípulos suyos.
Solo hay dos explicaciones posibles. O Jesús permitió que se perdieran discípulos por un simple malentendido de lenguaje que pudo aclarar con una frase, o no había ningún malentendido que aclarar.
Y después se vuelve a los Doce: ¿también vosotros queréis marcharos? (Jn 6,67). Pedro responde con un acto de fe, no de comprensión: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,68).
La Última Cena está narrada cuatro veces en el Nuevo Testamento, por tres evangelistas y por San Pablo, y en las cuatro dice lo mismo:
Ninguno dice esto representa, esto significa ni esto es figura de. Y el arameo que hablaba Jesús tiene palabras disponibles para decir significa o es semejante a. No las usó.
Es probablemente el testimonio escrito más antiguo sobre la Eucaristía, de alrededor del año 55, anterior a los Evangelios. Y es de una claridad extraordinaria.
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo? (1 Cor 10,16).
Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y mueren no pocos (1 Cor 11,27-30).
Léase con cuidado, porque este pasaje solo resulta coherente bajo la presencia real:
En el capítulo anterior, Pablo contrapone además la mesa del Señor a la mesa de los demonios (1 Cor 10,21), es decir, la compara con sacrificios reales de los paganos y con los sacrificios de Israel, donde quienes comen las víctimas participan del altar (1 Cor 10,18).
Los discípulos de Emaús le reconocieron al partir el pan (Lc 24,35). El reconocimiento del Resucitado se da precisamente en el gesto eucarístico, y la escena tiene la estructura exacta de la Misa: primero la explicación de las Escrituras por el camino, después la fracción del pan.
La primera comunidad se sostenía sobre cuatro pilares: perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2,42). Y en Hechos 20,7 se reúnen el primer día de la semana precisamente para partir el pan.
En el Apocalipsis, la liturgia del cielo tiene altar (Ap 8,3), sacerdotes con vestiduras, incienso, y en el centro un Cordero de pie, como degollado (Ap 5,6). Un Cordero vivo que a la vez lleva las señales de haber sido inmolado. Esa es exactamente la lógica eucarística.
No, y la diferencia es gramatical antes que teológica.
Cuando Jesús dice yo soy la puerta, la metáfora está en el predicado y el sujeto es Él mismo. Nadie confunde nada porque todos ven que Jesús no es una puerta de madera.
En la Eucaristía la estructura es la inversa: esto es mi cuerpo. El sujeto es un objeto real que Él tiene en la mano y el predicado es su propio cuerpo. No dijo yo soy pan; dijo este pan es mi cuerpo. Son construcciones distintas.
Y hay una prueba decisiva de que no se trata de una metáfora: nadie se escandalizó jamás por yo soy la puerta. Ningún discípulo abandonó a Jesús por decir que era la vid. En cambio, cuando dijo que había que comer su carne, se marchó una multitud. La reacción del auditorio delata cómo se entendió la frase.
Se argumenta que la palabra memoria implica ausencia. Pero el término griego es anamnesis, que traduce el hebreo zikkarón, y en la teología bíblica no significa recuerdo mental de algo pasado, sino hacer presente y actual un acontecimiento salvífico.
Es exactamente lo que enseña la Pascua judía. En Éxodo 12,14 la Pascua es memorial, y la tradición rabínica recogida en la Mishná sostiene que en cada generación cada uno debe considerarse como si él mismo hubiera salido de Egipto. No se recuerda desde fuera: se participa.
Además, si memorial excluyera la presencia real, habría que explicar por qué San Pablo, apenas unos versículos después de citar en memoria mía, dice que quien come indignamente es reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11,27). El mismo capítulo, el mismo autor, el mismo argumento continuo. La lectura simbólica se ve obligada a separar dos frases que Pablo escribió seguidas.
Es el versículo que más se cita y conviene desmontarlo con calma, porque es el que más peso carga.
Primero. Si esa frase negara el valor de la carne de Cristo, negaría también la Encarnación y la Cruz, porque fue precisamente su carne la que fue clavada y por esa carne fuimos salvados. El mismo evangelista escribió que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). Y en su primera carta pone como criterio de ortodoxia confesar que Jesucristo ha venido en carne (1 Jn 4,2). No puede el mismo autor despreciar la carne en su Evangelio y hacerla criterio de fe en su carta.
Segundo. Jesús no dice que mi carne no sirve para nada. Dice la carne. En el vocabulario de San Pablo y de San Juan, sarx designa habitualmente el modo de pensar puramente humano, la mentalidad terrena opuesta al Espíritu. Compárese: lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu (Jn 3,6); los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Rom 8,8); no te lo reveló la carne ni la sangre (Mt 16,17). En ninguno de esos textos carne significa el cuerpo físico de Cristo. Lo que Jesús está diciendo es que la sola razón humana no basta para aceptar este misterio: hace falta el Espíritu. Que es exactamente lo que acababa de ocurrir con los que se marchaban.
Tercero, y decisivo. Miremos el orden de los hechos. Jesús pronuncia esa frase en el versículo 63. Y en el versículo 66 los discípulos se van igual. Si el versículo 63 hubiera sido la aclaración de que todo era simbólico, el problema habría quedado resuelto y nadie se habría marchado. Ocurre lo contrario: se van después de escucharla.
Hay que distinguir dos cosas: la doctrina y la palabra técnica que la explica.
El término transubstanciación se consagra en el Concilio IV de Letrán en 1215 y se precisa en Trento. Pero la doctrina es de los primeros siglos, con documentación abundantísima, como se verá enseguida.
Y conviene aplicar el mismo criterio a otras palabras. Trinidad tampoco aparece en la Biblia: la acuñó Tertuliano a finales del siglo II. Homoousios, consustancial, es un término filosófico griego adoptado en el Concilio de Nicea el año 325. Nadie que crea en la Trinidad puede rechazar la transubstanciación por ser un término técnico posterior, porque ese mismo criterio le obligaría a rechazar la Trinidad.
La Iglesia no inventó el misterio. Le puso nombre.
Este es el terreno donde la lectura simbólica se queda sin apoyo histórico, porque los testimonios son tempranísimos, unánimes y geográficamente dispersos.
San Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, discípulo de San Juan, camino al martirio. En su carta a los de Esmirna dice que algunos se apartan de la Eucaristía porque no confiesan que es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados y que el Padre resucitó. Y en la carta a los Romanos, escribiendo sobre su martirio inminente, dice que desea el pan de Dios, que es la carne de Cristo. Nótese la fecha: año 107, un discípulo directo del apóstol Juan. No hay margen para hablar de una corrupción tardía.
San Justino Mártir, hacia el año 155, explicando el cristianismo a un emperador pagano en su Apología I, 66, dice que ese alimento no se recibe como pan común ni como bebida común, y que así como Jesucristo se encarnó, del mismo modo el alimento eucaristizado por la palabra de la oración es la carne y la sangre de aquel Jesús encarnado.
San Ireneo de Lyon, hacia el año 180, en Contra las herejías IV y V, argumenta que si nuestra carne no se salvara el Señor no nos habría redimido con su sangre, y que el pan que recibe la invocación de Dios ya no es pan común sino Eucaristía, compuesta de dos realidades, una terrena y otra celeste.
San Cirilo de Jerusalén, siglo IV, en las Catequesis Mistagógicas IV, instruyendo a los recién bautizados, les dice que no juzguen por el gusto sino por la fe, y que estén plenamente seguros de que aquello que parece pan no es pan aunque el gusto lo perciba así.
San Ambrosio, siglo IV, en De Mysteriis 9, plantea directamente el cambio de sustancia: si la palabra de Cristo pudo hacer de la nada lo que no existía, con mayor razón puede cambiar en otra cosa lo que ya existe.
San Agustín, en el Sermón 227 y en las Enarraciones sobre los Salmos 98,9, enseña que nadie come esa carne sin antes adorarla, y que no solo no se peca al adorarla sino que se peca si no se adora. Dicho por el mismo autor a quien con más frecuencia se recurre para defender la interpretación simbólica.
Y un dato que vale por todos: en veinte siglos no existe un solo caso documentado de una comunidad cristiana antigua denunciada o excomulgada por creer en la presencia real. En cambio sí está documentada la condena de quienes la negaron, como Berengario de Tours en el siglo XI, que tuvo que retractarse. Si la presencia real hubiera sido una novedad introducida en la Edad Media, habría dejado rastro de protesta en todo el mundo cristiano. Y las Iglesias orientales, separadas de Roma desde 1054 y sin ninguna dependencia doctrinal de ella, creen exactamente lo mismo sobre la Eucaristía. Una innovación romana posterior no podría estar presente en las Iglesias que se separaron antes.
Precisamente esta objeción refuerza la presencia real. Si Jesús solo hubiera hablado de un símbolo, sus oyentes judíos no se habrían escandalizado en absoluto. Se escandalizaron porque entendieron algo literal que chocaba con la Ley. La prohibición levítica se refiere a la sangre de animales sacrificados, y su razón es que la vida está en la sangre y la vida pertenece a Dios. En la Eucaristía se recibe la sangre de quien es Dios y es la Vida, glorificada y ya no separada del cuerpo. La figura queda cumplida y superada, como ocurre con toda la Ley (Heb 8,13; 10,1).
La Escritura llama hombres a los ángeles que se aparecen (Gn 18,2; 19,1), serpientes a las varas de los magos ya convertidas (Ex 7,12) y vino al agua transformada en Caná (Jn 2,9-10), donde el maestresala habla del vino sin saber lo que había sido. La Escritura nombra las cosas con frecuencia por su apariencia o por su origen. Y el mismo Pablo, dos versículos después, aclara sin ambigüedad de qué se trata cuando dice que quien come indignamente es reo del cuerpo y de la sangre.
Ese principio, llevado a su consecuencia, eliminaría también el bautismo con agua, la imposición de manos y la Encarnación misma. El cristianismo es la religión de un Dios que se hizo materia. Dios usa lo material para dar gracia desde la primera página: barro para curar los ojos del ciego (Jn 9,6), agua en el Jordán (2 Re 5,14), el borde del manto (Mt 9,20-21), y hasta pañuelos que habían tocado a Pablo (Hch 19,11-12). Rechazar lo material en el orden de la salvación es una posición más cercana al gnosticismo antiguo que al Evangelio.
Es una objeción que mide a Dios con la física de los cuerpos. El Cristo resucitado ya no está sujeto a las leyes ordinarias: entra a puertas cerradas (Jn 20,19.26), desaparece de la vista (Lc 24,31), se aparece en el camino de Damasco años después de la Ascensión (Hch 9,3-5). Y el argumento de fondo lo dio el ángel: para Dios nada hay imposible (Lc 1,37). Quien acepta que Dios creó el universo de la nada y se encarnó en el seno de una virgen no puede detenerse ante esto.
Los textos citados arriba son de los años 107, 155 y 180, y hablan sin rodeos de carne y sangre de Cristo. San Agustín afirma expresamente que se peca si no se adora. La carga de la prueba corresponde a quien sostiene que hubo un cambio: tendría que señalar en qué siglo, en qué lugar y bajo qué obispo se introdujo semejante novedad, y quién protestó. Esa documentación no existe.
El testimonio es convergente y no admite lectura simbólica sin forzar los textos.
Jesús habló de comer su carne y beber su sangre, sus oyentes lo entendieron literalmente, y en lugar de corregirlos endureció el lenguaje hasta el punto de perder discípulos. En las cuatro narraciones de la institución dijo esto es mi cuerpo, nunca esto representa mi cuerpo. San Pablo enseñó que quien comulga indignamente se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor y que por eso hay enfermos y muertos en la comunidad. Y los cristianos de los años 107, 155 y 180, algunos de ellos discípulos directos de los apóstoles, escribieron que aquello no es pan común sino la carne de Cristo.
La lectura simbólica exige sostener tres cosas a la vez: que Jesús permitió que discípulos suyos se perdieran por un malentendido que pudo aclarar en una frase, que San Pablo se contradijo dentro del mismo capítulo, y que todos los cristianos del mundo antiguo, en Antioquía, Roma, Lyon, Jerusalén y Milán, se equivocaron de la misma manera y al mismo tiempo, sin que nadie lo notara ni lo denunciara durante mil años.
La Iglesia no inventó este misterio. Lo recibió, lo custodió y le puso nombre.
Pregunta de retorno: si en Juan 6 todo era simbólico, ¿por qué Jesús dejó marchar a sus discípulos sin decirles una sola palabra para aclararlo, cuando en todos los demás casos del Evangelio sí los corrigió?
Todo este asunto se decide antes de hablar de custodias, de procesiones y de oro. Si en la Hostia está Cristo, adorarlo no es un exceso sino un deber, porque está escrito: adórenlo todos los ángeles de Dios (Heb 1,6) y ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo (Flp 2,10).
Y hay un argumento del Antiguo Testamento que suele desarmar la objeción. Dios le dijo a Moisés: quita las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada (Ex 3,5), y allí solo se oía una voz. Mandó que ardiera continuamente una lámpara ante el santuario (Ex 27,20-21) y que se guardara el maná dentro del arca (Ex 16,33-34; Heb 9,4). Si Dios pidió eso ante una zarza y ante un arca de madera, la pregunta se responde sola.
Aquí verá qué es exactamente el sagrario y qué es la custodia; siete escenas del Evangelio donde alguien se postra ante Jesús sin que Él lo corrija (Mt 2,11; Mt 8,2; Jn 9,38; Mt 28,9.17; Jn 20,28); la liturgia del cielo con sus copas de oro y su incienso (Ap 5,8; 8,3-4); y una frase de San Agustín, del siglo IV, más fuerte de lo que muchos católicos esperan.
Los católicos se arrodillan delante de un pedazo de pan colocado dentro de un objeto de oro y le llaman adoración. Eso es idolatría pura, exactamente lo que Dios prohíbe en el primer mandamiento. Además, la custodia no aparece en ninguna parte de la Biblia, ni las procesiones, ni la exposición del Santísimo, ni la fiesta del Corpus Christi. Jesús dijo tomad y comed, no lo dijo miradlo y adoradlo. Todo eso se inventó en la Edad Media.
El Santísimo Sacramento es la Eucaristía consagrada y conservada fuera de la celebración de la Misa. Se guarda en el sagrario, que es el pequeño armario cerrado del altar, junto al cual arde permanentemente una lámpara.
La custodia, también llamada ostensorio, viene del latín monstrare, mostrar. Es el recipiente donde se coloca la Hostia consagrada para que pueda verse cuando se expone a la adoración de los fieles. Su forma habitual de sol con rayos no es un adorno caprichoso: expresa que allí está la luz del mundo (Jn 8,12).
La exposición y la bendición son los actos litúrgicos en que se muestra el Santísimo y se bendice con Él al pueblo. El Corpus Christi es la fiesta instituida en 1264 por el papa Urbano IV con la bula Transiturus, para la cual Santo Tomás de Aquino compuso los himnos que aún se cantan.
Todo el tema se resuelve con un razonamiento muy simple. A Cristo se le debe adoración, con culto de latría, el que solo corresponde a Dios. En la Eucaristía está Cristo verdadera, real y sustancialmente presente. Por tanto, en la Eucaristía se le debe adoración.
Quien niegue la conclusión tiene que negar alguna de las dos premisas. Y la primera no la niega ningún cristiano.
Esta es la parte que suele desarmar la objeción, porque toda la lógica de la adoración eucarística ya está en el Antiguo Testamento, y por mandato divino.
San Juan describe el culto celestial y allí no hay austeridad despojada, sino todo lo contrario:
Los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, con arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos (Ap 5,8).
Y más adelante los ancianos se postran y adoran (Ap 5,14). Hay incienso (Ap 8,3-4), altar de oro, vestiduras blancas y coronas. Quien reprocha a la Iglesia el oro de la custodia tendría que reprochar primero el oro de la liturgia celestial descrita por San Juan.
San Justino, hacia el año 155, en la Apología I, 65, describe que los diáconos llevan la Eucaristía a los ausentes. Esto supone necesariamente reserva: se conservaba fuera de la celebración. La costumbre de guardar el Santísimo es, por tanto, del siglo II.
Tertuliano y San Cipriano, en el siglo III, mencionan que los fieles llevaban la Eucaristía a sus casas durante las persecuciones para comulgar cuando no podían reunirse.
San Cirilo de Jerusalén, siglo IV, enseña a los neófitos a recibir la comunión haciendo del hueco de la mano un trono para el Rey, y a cuidar que no se pierda ni una partícula, comparándolas con granos de oro.
San Agustín, en las Enarraciones sobre los Salmos 98,9, escribe la frase decisiva: nadie come esa carne sin antes adorarla, y no solo no se peca al adorarla, sino que se peca si no se adora.
La adoración eucarística prolongada y las procesiones se desarrollaron principalmente entre los siglos XI y XIII. Pero conviene notar la diferencia: lo que se desarrolló fue la forma pública de expresar la adoración, no la adoración misma, que está atestiguada desde San Agustín y antes.
El argumento tiene un antecedente muy concreto en el Evangelio. Cuando María de Betania derramó un perfume carísimo sobre Jesús, alguien protestó diciendo que podía haberse vendido y dado a los pobres. Jesús la defendió: dejadla, ha hecho una obra buena conmigo (Mc 14,3-9). Y San Juan añade un detalle: quien protestó fue Judas, y no porque le importaran los pobres (Jn 12,4-6).
Además, el arca era de oro puro (Ex 25,11), el Templo estaba revestido de oro (1 Re 6,20-22) y las vestiduras sacerdotales se hicieron con oro, púrpura y piedras preciosas por mandato expreso de Dios (Ex 28). El mismo Dios que pide misericordia con el pobre pidió belleza en el culto. Y la Iglesia hace ambas cosas: es la institución que más obras de caridad sostiene en el mundo.
Es cierto que la finalidad primera de la Eucaristía es ser comida. La Iglesia lo enseña exactamente así. Pero de la reserva para los enfermos, que existe desde el siglo II, se sigue necesariamente una pregunta: ¿qué se hace ante Cristo presente en el sagrario, ignorarlo o adorarlo? Quien acepta la presencia real no puede responder que ignorarlo.
Y adorar no contradice el mandato de comer, igual que arrodillarse ante un padre no contradice el mandato de abrazarlo.
Tampoco está el púlpito, ni el atril, ni los bancos, ni la Biblia encuadernada en un solo volumen, ni el nombre domingo, ni el uso de proyectores en el templo. La forma concreta de los objetos litúrgicos es disciplina, no dogma. Lo que sí está en la Biblia es el principio: Dios mandó fabricar objetos preciosos para custodiar los signos de su presencia (Ex 25, 27 y 28).
El texto prohíbe hacer ídolos y darles culto como si fueran dioses. No prohíbe toda representación, porque cuatro capítulos después el mismo Dios manda hacer dos querubines de oro sobre el arca (Ex 25,18-20) y más tarde una serpiente de bronce que salvaba a quien la miraba (Núm 21,8-9). Este punto se desarrolla completo en el tema sobre imágenes y reliquias.
En todo caso, aquí la objeción no aplica, porque en la adoración eucarística no se venera una representación de Cristo: se adora a Cristo mismo.
Toda esta cuestión se reduce a una sola pregunta previa. Si en la Hostia consagrada está realmente Cristo, entonces no adorarlo sería la verdadera falta, y San Agustín lo dijo con esas palabras hace mil seiscientos años. Si no está, entonces sobra la discusión sobre la custodia, porque el problema sería mucho mayor.
La adoración eucarística no añade nada a la fe católica: es la consecuencia lógica y obligada de creer lo que Cristo dijo en la Última Cena.
Pregunta de retorno: si Dios mandó a Moisés quitarse las sandalias ante una zarza donde solo estaba su voz, ¿qué actitud corresponde ante Aquel que dijo esto es mi cuerpo?
La imagen de los primeros cristianos partiendo el pan en las casas es cierta, pero incompleta. San Lucas no coloca ese gesto junto a comer juntos, sino junto a lo más sagrado que tenía la comunidad: perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2,42). Y San Pablo ya distinguía la cena ordinaria del rito: cuando os reunís, eso ya no es comer la Cena del Señor... ¿no tenéis casas para comer y beber? (1 Cor 11,20.22).
Falta contar además qué había dentro de aquellas casas. La carta a los Hebreos lo dice sin rodeos: tenemos un altar (Heb 13,10). Y Hechos 20,7 describe una reunión en domingo, con predicación larga y fracción del pan: liturgia de la Palabra y liturgia eucarística, la misma estructura de hoy.
Existe además un documento del año 155 que describe paso a paso la reunión dominical: las lecturas de los profetas y de los apóstoles, la homilía, la oración común, el beso de paz, el pan y el vino con agua, la plegaria de acción de gracias, el amén del pueblo, la comunión repartida por los diáconos y la colecta para los pobres. Es la Misa de este domingo, ciento cincuenta y ocho años antes de Constantino. Aquí verá ese texto, otro todavía más antiguo que ya llama sacrificio a la celebración, y de dónde vienen realmente el altar, el incienso y las vestiduras.
En el libro de los Hechos los cristianos partían el pan en las casas, con alegría y sencillez de corazón. Era una comida fraterna, sin altares, sin vestiduras, sin latín, sin incienso y sin ceremonias. La Misa católica, con todo su ritual, no tiene nada que ver con aquello. Fue una construcción posterior, que empezó cuando Constantino hizo del cristianismo la religión del imperio y se copiaron las formas del culto pagano romano.
Lo que sí sostiene es que el contenido es el mismo desde el principio: la presencia real, el carácter sacrificial y el ministro ordenado. Y eso es exactamente lo que la documentación histórica permite comprobar.
La expresión aparece como término técnico: Lc 24,35; Hch 2,42; 2,46; 20,7; 20,11; 27,35; 1 Cor 10,16. Si designara solo el hecho de comer juntos, no tendría ningún sentido enumerarla como uno de los cuatro pilares de la vida de la Iglesia:
Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2,42).
Nadie pondría comer juntos en la misma lista que la enseñanza de los apóstoles y la oración.
El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan, Pablo, que debía marchar al día siguiente, conversaba con ellos y alargó la charla hasta la medianoche (Hch 20,7).
Obsérvese todo lo que hay ahí: reunión en domingo, finalidad explícita de partir el pan, y antes una larga predicación. Es decir, liturgia de la Palabra y liturgia eucarística. Y después del incidente con Eutico, el texto añade que subió, partió el pan y comió (Hch 20,11).
Este pasaje es decisivo, porque muestra que la separación entre el ágape fraterno y la Eucaristía se estaba dando ya en el año 55, no en el siglo IV:
Cuando os reunís, eso ya no es comer la Cena del Señor... ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios? (1 Cor 11,20.22).
Pablo corrige a los corintios precisamente porque estaban confundiendo la cena con la Cena. Y establece condiciones rituales: examen previo, discernimiento del cuerpo, orden en la asamblea (1 Cor 11,27-34), además del principio general de que todo se haga con decoro y orden (1 Cor 14,40).
Y afirma que existe una tradición litúrgica transmitida, no improvisada: yo recibí del Señor lo que os transmití (1 Cor 11,23).
Aquí la objeción se enfrenta a un problema de fechas del que no hay salida. Si la Misa fuera una creación de la era constantiniana, que empieza en el año 313, no debería haber testimonios anteriores. Los hay, y muy detallados.
La Didaché, escrita entre los años 70 y 90, es decir contemporánea de algunos libros del Nuevo Testamento. En sus capítulos 9, 10 y 14 aparecen ya oraciones eucarísticas con fórmula fija, la prohibición de que participen los no bautizados, el mandato de confesar los pecados antes de la celebración, la obligación de reconciliarse con quien se esté en disputa, y la reunión en el día del Señor. Y llama a la celebración sacrificio, aplicándole la profecía de Malaquías 1,11.
San Ignacio de Antioquía, año 107, escribe que solo debe considerarse válida la Eucaristía celebrada por el obispo o por aquel a quien él se lo encomiende (Esmirn. 8), y habla de un solo altar y una sola Eucaristía (Filad. 4). Ya hay estructura jerárquica, altar y ministro autorizado.
San Justino Mártir, hacia el año 155, en la Apología I, 65-67, describe la celebración con un detalle que impresiona. El orden que refiere es este: reunión de todos el día del sol; lectura de las memorias de los apóstoles y de los escritos de los profetas; homilía del que preside; oración común de pie; beso de paz; presentación del pan y del vino mezclado con agua; oración de acción de gracias del que preside; el amén de todo el pueblo; distribución por medio de los diáconos; envío a los ausentes; y colecta para los huérfanos, las viudas, los enfermos y los presos.
Compárese punto por punto con la Misa de hoy: ritos iniciales, primera lectura, evangelio, homilía, oración de los fieles, rito de la paz, presentación de las ofrendas, plegaria eucarística, amén, comunión y colecta. Es la misma estructura, en el año 155, más de siglo y medio antes de Constantino.
San Hipólito de Roma, en la Tradición Apostólica, hacia el año 215, recoge una plegaria eucarística cuyo diálogo inicial se usa literalmente hoy: el Señor esté con vosotros, levantemos el corazón, demos gracias al Señor nuestro Dios. Esa plegaria es la base de la actual Plegaria Eucarística II.
San Cipriano de Cartago, hacia el 253, en la Carta 63, explica que el sacerdote actúa en lugar de Cristo y ofrece un sacrificio verdadero y pleno, y discute con detalle el uso del vino mezclado con agua en el cáliz.
Conviene responder con precisión, porque es una acusación que se repite mucho y se documenta poco.
El altar, el incienso, las vestiduras litúrgicas, las lámparas y las ofrendas de pan y vino no proceden del culto pagano romano sino del culto de Israel, y en su mayoría por mandato explícito de Dios:
Y el incienso vuelve a aparecer en la liturgia del cielo (Ap 8,3-4), no en un templo pagano.
Quien sostenga el origen pagano tendría que precisar de qué culto concreto, en qué siglo, bajo qué documento y con qué testimonio contemporáneo se produjo el préstamo. Esa documentación no se ha presentado nunca. En cambio la continuidad con el culto de Israel está escrita en el Pentateuco.
Se celebraba en casas porque el cristianismo fue religión perseguida hasta el año 313. No era una opción teológica, era una necesidad de supervivencia. Cuando cesó la persecución se construyeron templos, igual que cualquier comunidad perseguida construye su lugar de culto en cuanto puede. La forma cambió; la fe no.
Y conviene notar que en esas mismas casas ya había altar, ministro autorizado y plegaria fija, como muestran Ignacio y Justino.
Viene del latín missa, envío, tomada de la fórmula final de despedida. Tampoco aparecen en la Biblia las palabras Biblia, Trinidad, encarnación, domingo ni canon. El criterio de rechazar todo término no bíblico se vuelve inmediatamente contra quien lo usa.
Es una cuestión disciplinar y de hecho ya resuelta. El latín se adoptó precisamente porque era la lengua del pueblo en el Occidente romano, en sustitución del griego, que había dejado de entenderse. Se mantuvo después por continuidad. El Concilio Vaticano II autorizó las lenguas vernáculas (SC 36 y 54), y hoy la Misa se celebra en centenares de idiomas.
Es una impresión, no un argumento, y además Hechos 2,46 habla de sencillez de corazón, no de sencillez de rito. El mismo libro muestra a Pablo predicando hasta la medianoche, lo cual no sugiere brevedad ni informalidad.
La fracción del pan de los Hechos y la Misa de hoy son la misma realidad. Cambió el ropaje: el idioma, la música, la arquitectura, la extensión de los ritos. No cambió lo esencial.
Y la prueba no es una afirmación de la Iglesia sobre sí misma, sino un documento del año 155 escrito para un emperador pagano, donde aparece paso a paso el mismo orden que se sigue el domingo próximo en cualquier parroquia del mundo.
Pregunta de retorno: si la Misa fue una invención posterior a Constantino, ¿cómo es que San Justino la describe paso a paso el año 155, y en un escrito dirigido a un emperador pagano que podía verificarlo?
La acusación es fuerte, y conviene decir de entrada algo que desarma medio conflicto: la Iglesia enseña exactamente lo mismo que afirma la objeción. Cristo murió una sola vez.
La pregunta que queda en pie es otra, y es más interesante. En la Última Cena, Jesús dijo: esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros... esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros (Lc 22,19-20). Pero aquella noche todavía no habían entregado nada ni derramado nada: la cruz era del día siguiente. Si el sacrificio se hizo presente antes de ocurrir, ya no puede decirse que hacerlo presente sea repetirlo.
Aquí verá por qué la carta a los Hebreos, la misma que se cita en contra, exige que Cristo tenga algo que ofrecer: todo sumo sacerdote está constituido para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también este tenga algo que ofrecer (Heb 8,3), y Él es sacerdote para siempre (Sal 110,4; Heb 7,24). Verá la profecía de una ofrenda pura presentada en todo lugar entre las naciones (Mal 1,11), el altar del que se come (Heb 13,10), y por qué en el cielo el Cordero aparece de pie, como degollado (Ap 5,6).
La carta a los Hebreos lo repite hasta el cansancio: Cristo se ofreció una sola vez y para siempre (Heb 7,27; 9,12; 9,26; 9,28; 10,10; 10,12; 10,14). En la cruz Él dijo consumado es (Jn 19,30). La Misa, al pretender ser un sacrificio, vuelve a inmolar a Cristo cada día en miles de altares, y eso es negar que su obra fuera suficiente. Es el mayor insulto que se le puede hacer al Calvario.
Con esto ya se disipa la mitad del conflicto, porque la objeción combate una doctrina que la Iglesia no sostiene.
El razonamiento está en la propia carta a los Hebreos, la misma que se cita en contra.
Todo sumo sacerdote está constituido para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también este tenga algo que ofrecer (Heb 8,3).
Y el Salmo 110,4, citado cinco veces en Hebreos, dice que Cristo es sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec (Heb 5,6; 6,20; 7,17.21). Ahora bien: un sacerdote es, por definición, el que ofrece (Heb 5,1). Si Cristo es sacerdote eternamente, tiene eternamente algo que ofrecer.
Y la ofrenda de Melquisedec fue pan y vino (Gn 14,18).
Desde donde sale el sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura (Mal 1,11).
Este texto es de una fuerza notable. Anuncia una ofrenda que será pura, ofrecida en todo lugar y entre las naciones, no en un solo templo ni por un solo pueblo. La palabra hebrea que se usa, minjá, designa precisamente la ofrenda de harina, no el sacrificio de animales.
Los Padres lo aplicaron unánimemente a la Eucaristía: la Didaché en el capítulo 14, San Justino en el Diálogo con Trifón 41, San Ireneo en Contra las herejías IV,17. Y no hay otra realidad cristiana que cumpla esa profecía: ni la predicación, ni la oración, ni la limosna se ofrecen sobre un altar ni se llaman ofrenda pura.
Jesús no dijo simplemente esto es mi cuerpo. Dijo cuerpo entregado y sangre derramada (Lc 22,19-20; Mt 26,28). Cuerpo por un lado, sangre por otro: la separación de cuerpo y sangre es exactamente el lenguaje de la inmolación en el culto de Israel (Lv 4,5-7; Lv 17,11).
Y aquí hay un detalle que resuelve el problema de fondo. Todo eso lo dijo el jueves por la noche, antes de morir. El cuerpo aún no había sido entregado y la sangre aún no había sido derramada. Es decir: en la Última Cena el sacrificio de la cruz se hizo presente antes de suceder cronológicamente.
Eso demuestra que la Cena y el Calvario no son dos sacrificios sino uno solo, capaz de hacerse presente fuera del tiempo. Y si pudo hacerse presente la noche anterior, puede hacerse presente hoy. La objeción de que la Misa repite el Calvario tendría que empezar por acusar a la Última Cena de lo mismo.
Además, el verbo del mandato, haced esto (Lc 22,19; 1 Cor 11,24-25), traduce el griego poieite, que la versión de los Setenta usa con frecuencia en contexto sacrificial, por ejemplo en Éxodo 29,38-39, donde se ordena qué hacer sobre el altar cada día.
Tenemos un altar del cual no tienen derecho a comer los que dan culto en el tabernáculo (Heb 13,10).
Un altar existe para una sola cosa: para ofrecer. Y el texto añade que de ese altar se come, lo cual excluye interpretarlo como la cruz, porque de la cruz no se come.
En la misma línea, San Pablo compara explícitamente la mesa del Señor con los sacrificios de Israel y con los sacrificios paganos: los que comen las víctimas participan del altar (1 Cor 10,18); no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios (1 Cor 10,21). La comparación solo tiene sentido si en la mesa del Señor hay también sacrificio.
En la visión del cielo, San Juan ve en el centro del trono un Cordero de pie, como degollado (Ap 5,6). Un cordero vivo que conserva las señales de la inmolación. No está muriendo, pero tampoco ha dejado atrás su sacrificio: lo presenta permanentemente.
Es lo mismo que enseña Hebreos: Cristo vive siempre para interceder por nosotros (Heb 7,25), y entró en el cielo mismo para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro (Heb 9,24).
Aquí está la clave de todo el tema, y conviene memorizarla así: ofrecido una sola vez, presentado eternamente. La Misa no repite la ofrenda; participa en el tiempo de esa presentación eterna.
La Iglesia afirma exactamente lo mismo, y lo repite en cada Misa. El texto niega la repetición del sacrificio, no su actualización. Y la prueba de que la distinción es válida está en el propio Nuevo Testamento: Cristo murió una vez, pero cada bautizado es sepultado con Él en su muerte (Rom 6,3-4). Si una sola vez excluyera toda aplicación posterior, el bautismo también sería un insulto al Calvario, porque aplica a cada persona algo que ocurrió una sola vez hace veinte siglos.
Nadie sostiene eso. Luego el principio es admitido por todos: un acontecimiento único puede aplicarse muchas veces sin repetirse.
La obra redentora quedó completa, sin duda. Pero la aplicación de sus frutos continúa en el tiempo, o de lo contrario no haría falta predicar, ni bautizar, ni perdonar pecados, ni siquiera creer. Si todo quedó aplicado en el año 33, sobra la evangelización entera.
Hebreos dice lo contrario: Cristo es sacerdote para siempre (Heb 7,24-25) y todo sacerdote debe tener algo que ofrecer (Heb 8,3). Lo que Hebreos declara terminado es el sacerdocio levítico y sus sacrificios de animales, que eran figura, no todo sacerdocio.
El vocabulario sacrificial aplicado a la Eucaristía es de los primeros textos cristianos, sin excepción.
La Didaché, capítulo 14 (años 70-90): manda reunirse el día del Señor, partir el pan y dar gracias después de haber confesado los pecados, para que el sacrificio sea puro; y prohíbe participar a quien esté enemistado con su hermano, para no profanar el sacrificio. Cita a continuación Malaquías 1,11.
San Ignacio de Antioquía, año 107, habla de un solo altar y un solo cáliz (Filad. 4).
San Justino, hacia el 155, en el Diálogo con Trifón 41, dice que las ofrendas de pan y de cáliz son el sacrificio que Jesucristo mandó hacer en memoria de su pasión, y que es el sacrificio anunciado por Malaquías.
San Ireneo, hacia el 180, en Contra las herejías IV,17-18, enseña que la Iglesia recibió de los apóstoles la ofrenda que se hace en todo el mundo, y la identifica con la ofrenda pura de Malaquías.
San Cipriano de Cartago, hacia el 253, en la Carta 63, escribe que el sacerdote actúa en lugar de Cristo, imita lo que Él hizo y ofrece en la Iglesia un sacrificio verdadero y pleno.
San Cirilo de Jerusalén, siglo IV, Catequesis Mistagógica V, describe que sobre el altar se ofrece a Cristo inmolado por nuestros pecados, y explica que en ese momento se hace memoria de vivos y difuntos.
San Agustín, en las Confesiones IX, 12-13, cuenta que su madre Mónica, al morir, pidió una sola cosa: que la recordaran en el altar del Señor. Y en la Ciudad de Dios X,20 explica que la Iglesia ofrece el sacrificio y en él se ofrece a sí misma.
Israel no repetía el éxodo cada Pascua, pero tampoco lo recordaba desde lejos como quien lee una crónica antigua. Dios mandó celebrarlo como memorial (Ex 12,14) y la tradición judía entendió siempre que en esa celebración cada generación participa de la liberación, no la conmemora desde fuera (Dt 16,3).
La Misa funciona con esa misma lógica, llevada a su plenitud: un solo acontecimiento, ocurrido una sola vez, del cual se participa realmente en cada celebración.
La Misa no vuelve a matar a Cristo. Hace presente, en el altar, el único sacrificio que Él ofreció en el Calvario, y lo hace del mismo modo en que Él mismo lo hizo presente en el Cenáculo la noche anterior a morir.
Quien acusa a la Misa de repetir el Calvario tendría que dirigir primero esa acusación contra la Última Cena, porque allí el cuerpo entregado y la sangre derramada se hicieron presentes cuando la cruz todavía no había ocurrido. Y esa acusación nadie está dispuesto a sostenerla.
Pregunta de retorno: si hacer presente el sacrificio de la cruz fuera repetirlo, ¿qué habría hecho entonces Jesús en la Última Cena, la noche antes de morir, al hablar de su cuerpo entregado y su sangre derramada?
Conviene decir primero lo más importante: la fe católica en la presencia real no se apoya en ningún prodigio, sino en la palabra de Cristo, esto es mi cuerpo (Lc 22,19). Ningún milagro eucarístico es artículo de fe, y la Iglesia enseña que los signos particulares no pertenecen al depósito de la Revelación.
Dicho eso, hay hechos documentados. En 1971 un profesor de anatomía patológica analizó una muestra conservada desde el siglo VIII en Lanciano. En 1996, en Buenos Aires, el arzobispo Bergoglio mandó analizar otra sin decirle a los peritos de dónde procedía. En 2008, en Polonia, dos patólogos que trabajaron por separado llegaron a la misma conclusión.
Siglos, países y equipos distintos, y siempre el mismo resultado: músculo cardíaco humano, con frecuencia del ventrículo izquierdo y con señales de agonía. Aquí verá los cinco casos con nombres, fechas e instituciones; qué concluyó cada informe; qué es lo que la ciencia no puede decir sobre esto; y por qué el Evangelio ya advirtió que el prodigio no fuerza la fe de nadie: si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos (Lc 16,31).
Este tema no responde a una objeción doctrinal sino que presenta evidencia. Y precisamente por eso hay que manejarlo con más rigor que ningún otro, porque un dato exagerado aquí destruye la credibilidad de toda la guía.
Tres criterios que conviene tener presentes desde el inicio:
Es el más antiguo de los casos conservados. Según la tradición del lugar, un monje basiliano que dudaba de la presencia real vio cómo, durante la consagración, la hostia se transformaba en carne y el vino en sangre. Las reliquias se conservan expuestas en la iglesia de San Francisco de Lanciano.
En 1970 y 1971 el profesor Odoardo Linoli, catedrático de anatomía e histología patológica y jefe del laboratorio del hospital de Arezzo, realizó un estudio con el apoyo del profesor Ruggero Bertelli, de la Universidad de Siena. Las conclusiones publicadas fueron que la carne corresponde a tejido muscular estriado del miocardio; que la sangre es humana; que ambas pertenecen al grupo sanguíneo AB; que en la sangre se hallaron proteínas en las proporciones normales de una sangre fresca; y que no se detectaron sustancias conservantes ni indicios de manipulación.
Un dato que merece atención: la muestra ha permanecido más de mil doscientos años expuesta al aire, sin ningún tipo de conservación, en un clima húmedo del centro de Italia.
En la parroquia Santa María, del barrio de Almagro, ocurrieron tres episodios. El más documentado es el del 15 de agosto de 1996: una hostia consagrada que había caído al suelo fue colocada en agua dentro del sagrario, como manda el procedimiento habitual, para que se disolviera. Días después se comprobó que, en lugar de disolverse, se había convertido en una materia sanguinolenta.
El entonces arzobispo auxiliar, Jorge Mario Bergoglio, ordenó fotografiar el fenómeno y conservarlo. En 1999 autorizó su análisis, coordinado por el doctor Ricardo Castañón Gómez, que envió las muestras a laboratorios de Estados Unidos sin informar de su origen a los analistas. Uno de los peritos que intervino fue el doctor Frederic Zugibe, cardiólogo forense y entonces profesor de la Universidad de Columbia.
El informe señaló que la muestra correspondía a músculo cardíaco, en concreto de la pared del ventrículo izquierdo, y que se observaban leucocitos íntegros, lo que indica que el tejido pertenecía a una persona viva en el momento de la toma. También se describieron signos compatibles con un trauma severo.
El 12 de octubre de 2008, en la parroquia de San Antonio de Sokolka, una hostia consagrada cayó al suelo durante la comunión y fue colocada en agua. Una semana después presentaba una mancha roja adherida.
El arzobispo de Bialystok encargó el estudio a dos especialistas de la Universidad Médica de Bialystok que trabajaron de forma independiente: la profesora Maria Sobaniec-Lotowska, histopatóloga, y el profesor Stanislaw Sulkowski, patólogo. Ambos llegaron por separado a la misma conclusión: la muestra corresponde a tejido de músculo cardíaco humano con las alteraciones propias de la agonía.
El detalle más significativo de este caso es otro: los investigadores señalaron que las fibras del tejido cardíaco estaban entrelazadas con la estructura del pan sin solución de continuidad, de un modo que no se puede obtener colocando un fragmento de carne sobre una hostia. Ese punto responde por adelantado a la hipótesis del fraude.
El 21 de octubre de 2006, durante un retiro parroquial en Tixtla, estado de Guerrero, una hostia comenzó a exudar una sustancia rojiza. El obispo de Chilpancingo-Chilapa abrió una investigación que se prolongó de 2009 a 2013, dirigida también por el doctor Castañón, con participación de laboratorios de varios países.
Los informes concluyeron que la sustancia es sangre humana, con hemoglobina y ADN humano; que el tejido corresponde a músculo cardíaco; que el grupo sanguíneo es AB; y que la sangre procede del interior hacia el exterior de la hostia, no fue depositada desde fuera. En 2013 el obispo diocesano reconoció el hecho como signo sobrenatural.
El 25 de diciembre de 2013, en la parroquia de San Jacinto de Legnica, una hostia caída y puesta en agua presentó una mancha roja. El análisis del Departamento de Medicina Forense concluyó que los fragmentos examinados presentan las características de tejido muscular cardíaco, con alteraciones que aparecen en momentos de agonía. En 2016, con la aprobación de la Santa Sede, el obispo autorizó su veneración.
El valor de este conjunto no está en ningún caso aislado, sino en la convergencia. Se trata de hechos ocurridos en siglos distintos, en países distintos, analizados por equipos que no se conocían entre sí, y con resultados que coinciden en puntos muy específicos:
Conviene añadir un dato que se suele mencionar y que es correcto: el grupo AB es también el que se ha identificado en los estudios de la Sábana Santa de Turín y del Sudario de Oviedo, dos lienzos de procedencia y custodia completamente independientes entre sí.
Esta distinción es la que da solidez a todo el capítulo, y conviene exponerla antes de que la exponga el crítico.
La ciencia puede determinar qué es una muestra: si es tejido humano, de qué órgano procede, a qué grupo sanguíneo pertenece, si hay ADN, si hay signos de manipulación. Eso lo hace bien y es verificable.
La ciencia no puede determinar el origen sobrenatural de nada. No existe un instrumento que mida milagros. Lo que un informe puede afirmar es que no encuentra explicación natural conocida para lo observado. De ahí a la afirmación de fe hay un paso que da la razón guiada por la fe, no el microscopio.
Conviene también reconocer con honestidad que no todos estos estudios se han publicado en revistas científicas con revisión por pares, y que esa es una crítica legítima que se ha formulado. Decirlo primero desarma la acusación de ocultamiento; callarlo la convierte en un arma en contra.
Es la hipótesis más obvia y por eso es la primera que examinan los peritos. En Sokolka se descartó por la razón antes señalada: el tejido y el pan estaban entrelazados de manera continua, sin una línea de separación, lo cual no se obtiene superponiendo materiales. En Tixtla se descartó porque el flujo de la sangre iba de dentro hacia fuera. En Lanciano se descartó por la ausencia de conservantes en una muestra de doce siglos, y porque un fraude medieval habría requerido conocimientos de histología cardíaca que no existían.
Esa hipótesis fue examinada expresamente en Sokolka y en Tixtla, porque es la explicación natural más razonable para una mancha roja sobre pan húmedo. Se descartó por un motivo simple: lo hallado no eran colonias bacterianas sino tejido humano con estructura celular y ADN humano identificable.
En Lanciano la exposición de las reliquias es gratuita, como lo es la visita a los santuarios donde se conservan los demás casos. Y hay un dato que juega en sentido contrario: si la Iglesia buscara provecho de estos hechos, no rechazaría la enorme mayoría de los casos que se le presentan, ni tardaría entre cinco y diez años en pronunciarse sobre los que finalmente reconoce.
El Evangelio responde a esta objeción de manera directa. Jesús resucitó a Lázaro y el resultado no fue la conversión de todos, sino la decisión de matarlo a Él también (Jn 11,45-53; 12,10). Y en la parábola del rico y Lázaro se dice que quien no escucha a Moisés y a los profetas tampoco se convencerá aunque alguno resucite de entre los muertos (Lc 16,31). El milagro nunca ha forzado la fe de nadie.
Los milagros eucarísticos no son el fundamento de la fe católica en la presencia real, y presentarlos como tal sería un error. El fundamento son las palabras de Cristo, el testimonio de los apóstoles y la fe constante de la Iglesia desde el primer siglo.
Lo que estos casos ofrecen es otra cosa: la coincidencia, a través de siglos y continentes, entre lo que la Iglesia dice que hay en la Hostia consagrada y lo que unos patólogos encontraron al mirarla con un microscopio, sin saber en varios casos qué era lo que estaban analizando.
Pregunta de retorno: si un patólogo que no sabe qué está analizando concluye que la muestra es músculo cardíaco humano en estado de agonía, ¿cuál sería la explicación natural de que eso aparezca dentro de una hostia?
El versículo que se usa para negar el sacerdocio católico es este: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa (1 Pe 2,9). Y es verdad, la Iglesia lo enseña.
Lo que casi nunca se dice es que esa frase no es de San Pedro: la está citando. Es de Éxodo, y Dios se la dijo a todo Israel: vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19,6). Y nueve capítulos después, en el mismo libro, ese mismo Dios ordena: haz que se acerque a ti Aarón, tu hermano, y sus hijos con él, para que ejerzan mi sacerdocio (Ex 28,1), y advierte que el extraño que se acerque morirá (Núm 3,10).
Es decir: el texto que se cita para eliminar el sacerdocio ministerial procede del libro donde Dios lo instituyó. Aquí verá ese argumento completo; tres casos bíblicos de quienes quisieron ejercerlo sin ser llamados (Núm 16; 1 Sam 13,8-14; 2 Cr 26,16-21); el mandato dado a los Doce en el cenáculo, haced esto en memoria mía (Lc 22,19); la pregunta de San Pablo ¿acaso son todos apóstoles? (1 Cor 12,29); y una carta del año 96 que ya habla de sucesores establecidos por los apóstoles.
San Pedro escribe que todos los creyentes somos linaje escogido, sacerdocio real, nación santa (1 Pe 2,9), y el Apocalipsis dice que Cristo nos hizo reyes y sacerdotes (Ap 1,6; 5,10). Entonces todos los cristianos somos sacerdotes por igual. La Iglesia católica inventó una casta separada, con poderes especiales y vestiduras, que se interpone entre el creyente y Dios. Eso es clericalismo, no Evangelio.
Esto es lo más interesante del tema. Cuando San Pedro escribe que somos sacerdocio real y nación santa (1 Pe 2,9), está citando el Antiguo Testamento. La frase es de Éxodo:
Vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19,6).
Es decir: Dios dijo de todo Israel exactamente lo mismo que Pedro dice de todos los cristianos. Y sin embargo, apenas nueve capítulos después, el mismo Dios instituye un sacerdocio ministerial reservado a Aarón y a sus hijos:
Haz que se acerque a ti Aarón, tu hermano, y sus hijos con él, para que ejerzan mi sacerdocio (Ex 28,1).
El extraño que se acerque morirá (Núm 3,10).
Por tanto, el argumento se derrumba en su propia fuente: en la Escritura el sacerdocio común nunca anuló el sacerdocio ministerial. Coexistieron por voluntad de Dios.
Y no solo coexistieron: Dios castigó severamente a quienes pretendieron ejercer funciones sacerdotales sin haber sido llamados. Coré, Datán y Abirón reclamaron que toda la comunidad era santa y que no había razón para que Moisés y Aarón se alzaran sobre los demás, y el resultado está en Números 16. El rey Ozías quiso quemar incienso en el templo y quedó leproso (2 Cr 26,16-21). Y el rey Saúl perdió el reino por ofrecer un sacrificio que no le correspondía (1 Sam 13,8-14).
El mandato de la Última Cena no se dio a una multitud sino en un cenáculo, a los Doce (Lc 22,14.19; Mt 26,20). Y va acompañado de un encargo, no de una descripción.
Jesús eligió, apartó y constituyó a esos hombres. Los evangelios lo dicen con verbos deliberados: llamó a los que quiso, e instituyó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-14); pasó la noche en oración y luego eligió a doce (Lc 6,12-13). Si el ministerio fuera de todos, esa elección no tendría sentido.
No es una institución posterior. Está el gesto, está el efecto y está la cadena de transmisión:
¿Acaso son todos apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos maestros? (1 Cor 12,29).
La respuesta que espera Pablo es no. Y en Efesios lo dice en positivo: Él constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros (Ef 4,11). El cuerpo tiene miembros con funciones distintas y esa diversidad es querida por Dios, no una desviación (1 Cor 12,12-30).
Y sobre el modo de acceder al ministerio, Hebreos es categórico: nadie se arroga este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón (Heb 5,4).
San Clemente Romano, hacia el año 96, en la Carta a los Corintios 40-44. Es un texto extraordinario porque es prácticamente contemporáneo del Nuevo Testamento. Clemente explica que en el culto hay un orden establecido por Dios, con funciones propias del sumo sacerdote, de los sacerdotes y de los levitas, y que del mismo modo en la Iglesia los apóstoles previeron que habría contiendas por el ministerio y por eso establecieron sucesores y dispusieron que otros hombres probados les sucedieran. Está reprendiendo, precisamente, a una comunidad que había depuesto a sus presbíteros.
San Ignacio de Antioquía, año 107: que nadie haga nada de lo que atañe a la Iglesia sin el obispo; solo debe considerarse legítima la Eucaristía celebrada por el obispo o por quien él lo haya encomendado (Esmirn. 8). Y a los de Tralia les dice que sin obispo, presbíteros y diáconos no puede hablarse de Iglesia.
San Hipólito de Roma, hacia el 215, en la Tradición Apostólica, transcribe el rito completo de ordenación de obispos, presbíteros y diáconos, con la imposición de manos y la oración consecratoria.
San Cipriano, hacia el 253: el sacerdote actúa en lugar de Cristo (Carta 63).
Ninguna comunidad cristiana antigua, en ninguna región, celebró la Eucaristía sin ministro ordenado. No existe un solo testimonio de lo contrario en los cinco primeros siglos.
El clericalismo, entendido como el abuso del ministerio para dominar en vez de servir, es un pecado real y la Iglesia lo ha denunciado repetidamente. Pero es una deformación del ministerio, no el ministerio. Cristo definió el sentido del cargo sin ambigüedad: el que quiera ser el primero sea el servidor de todos, porque el Hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir (Mc 10,43-45), y lo escenificó lavando los pies a los Doce en la misma Última Cena en que instituyó el sacerdocio (Jn 13,4-15).
El abuso de una institución no prueba que la institución sea falsa. Judas era apóstol.
Es un dato cierto y conviene reconocerlo: el Nuevo Testamento usa presbýteros y epískopos, y reserva la palabra hiereus para el sacerdocio levítico y para Cristo. La razón es histórica y comprensible: mientras el Templo seguía en pie, hasta el año 70, llamar sacerdotes a los ministros cristianos habría creado una confusión inmediata con el sacerdocio de Aarón, que era hereditario y ofrecía animales.
Pero las funciones descritas son sacerdotales sin discusión: presidir la ofrenda del altar (Heb 13,10), perdonar pecados (Jn 20,23), ungir a los enfermos (Sant 5,14), bendecir, y administrar los misterios de Dios (1 Cor 4,1). Y la palabra castellana sacerdote deriva justamente de presbýteros, a través del latín, no de hiereus.
Cierto, y la Iglesia lo enseña. Pero en la misma carta, tres versículos antes, Pablo pide que se hagan oraciones e intercesiones por todos los hombres (1 Tim 2,1). Si toda mediación estuviera prohibida, esa petición sería contradictoria. La mediación de Cristo es única y fundante; las demás son participadas y derivadas, y existen porque Él las quiso. Este punto se desarrolla en el bloque sobre María y los santos.
El sacerdocio ministerial no compite con el sacerdocio común: lo sirve. Y su existencia no es una construcción posterior, sino el mismo esquema que Dios estableció en Israel y que Cristo confirmó al elegir a doce, entregarles un mandato en la Última Cena, y darles poderes que no dio a la multitud.
El texto que se cita para negarlo, 1 Pedro 2,9, es una cita literal de Éxodo 19,6, un libro donde el sacerdocio ministerial fue instituido por Dios nueve capítulos después.
Pregunta de retorno: si el hecho de que todo el pueblo sea sacerdotal eliminara el sacerdocio ministerial, ¿por qué el mismo Dios que dijo eso de Israel en Éxodo 19 instituyó a Aarón en Éxodo 28?
Suena a legalismo puesto por los curas. Pero la exigencia no la escribió ningún concilio: la escribió San Pablo en el año 55. Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa (1 Cor 11,27-28).
Y no lo dice de pasada: el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y mueren no pocos (1 Cor 11,29-30). Una advertencia así solo tiene sentido si allí hay Alguien.
Aquí verá también el mandato de Cristo de reconciliarse antes de la ofrenda: deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano (Mt 5,24); la distinción bíblica entre el pecado que lleva a la muerte y el que no (1 Jn 5,16-17); un documento cristiano anterior al año 100 que ya pedía confesar los pecados antes de la celebración; y por qué la Iglesia no pide dignidad, que nadie tiene, sino otra cosa distinta. Por eso rezamos con el centurión: Señor, no soy digno (Mt 8,8).
Eso es puro legalismo. La gracia es gratuita y nadie es digno de recibir a Cristo; si hubiera que estar sin pecado, nadie comulgaría nunca. Además, Jesús comía con publicanos y pecadores y no les exigió nada previo. La Iglesia católica pone condiciones donde Cristo puso misericordia, y encima obliga a confesarse con un hombre para poder acercarse.
Esto conviene decirlo primero, porque cambia el marco de toda la discusión. La exigencia no la inventó ningún concilio: está escrita en la carta más antigua que habla de la Eucaristía.
Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Cor 11,27-29).
Hay tres cosas en ese texto que responden por sí solas a la objeción. Primero, existe una forma indigna de comulgar, lo cual implica que existen condiciones. Segundo, Pablo manda examinarse, es decir, ordena un examen de conciencia previo. Y tercero, advierte de una consecuencia gravísima: comer la propia condenación.
Y el versículo siguiente añade que por eso hay entre ellos muchos débiles y enfermos, y no pocos han muerto (1 Cor 11,30).
Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda (Mt 5,23-24).
El principio es del propio Cristo: la reconciliación va antes que la ofrenda. Si eso vale para una ofrenda material, con mayor razón para recibir su Cuerpo.
La distinción entre pecado mortal y venial, que a veces se presenta como una invención escolástica, está en el Nuevo Testamento:
Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, pida, y le dará vida. Hay un pecado que lleva a la muerte: por ese no digo que pida (1 Jn 5,16-17).
Y hay listas explícitas de pecados que excluyen del Reino si no hay conversión: 1 Cor 6,9-10; Gal 5,19-21; Ef 5,5; Ap 21,8. Si algunos pecados rompen la comunión con Dios, es coherente que impidan el signo por excelencia de esa comunión.
Además de 1 Corintios 11,28, San Pablo lo repite: examinaos a vosotros mismos para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos (2 Cor 13,5). Y en el Antiguo Testamento el acceso al santuario exigía purificación previa (Ex 19,10-15; Lv 16; Sal 24,3-4: quién subirá al monte del Señor, el de manos inocentes y puro corazón).
La Didaché, capítulo 14, escrita entre los años 70 y 90, ya establece exactamente esta disciplina: reuníos el día del Señor, partid el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro; y que nadie que tenga un conflicto con su compañero se reúna con vosotros hasta que se hayan reconciliado, para no profanar el sacrificio.
Y en el capítulo 9 añade una norma clarísima: que nadie coma ni beba de vuestra Eucaristía sino los bautizados en el nombre del Señor. Es decir, la Eucaristía nunca fue de acceso indiferenciado.
San Justino, año 155, Apología I, 66: nadie puede participar de este alimento sino el que cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño del perdón de los pecados y vive como Cristo enseñó. Tres condiciones: fe, bautismo y vida coherente.
San Juan Crisóstomo, siglo IV, en las Homilías sobre Mateo, es de una severidad notable al advertir al ministro que no permita acercarse a quien vive en pecado manifiesto.
San Cipriano, siglo III, en el tratado Sobre los caídos, relata casos de quienes comulgaron sin haberse reconciliado después de haber apostatado durante la persecución.
Es verdad, y es una de las cosas más hermosas del Evangelio. Pero conviene mirar cómo terminaban esas comidas. Zaqueo, después de recibirlo en su casa, devolvió cuatro veces lo robado y dio la mitad de sus bienes a los pobres (Lc 19,8). A la mujer sorprendida en adulterio, Jesús no la condenó y añadió: vete y en adelante no peques más (Jn 8,11). Al paralítico curado le advirtió: no peques más, para que no te ocurra algo peor (Jn 5,14).
Jesús acogía al pecador y lo llamaba a la conversión. Las dos cosas juntas. La misericordia que no llama a cambiar no es misericordia: es indiferencia.
Y hay un detalle que suele pasarse por alto: en la Última Cena, cuando Judas sale, San Juan anota que era de noche (Jn 13,30). Los Padres han visto siempre en ese detalle mucho más que un dato horario.
Lo que San Pablo combate es la pretensión de salvarse por el cumplimiento de la Ley mosaica sin la fe en Cristo (Gal 2,16; Rom 3,28). No combate la exigencia moral, porque él mismo la impone constantemente: excluye de la comunidad al incestuoso de Corinto (1 Cor 5,1-5), enumera pecados que excluyen del Reino (1 Cor 6,9-10) y manda examinarse antes de comulgar (1 Cor 11,28). Quien acusa de legalismo a esta disciplina tendría que acusar primero a San Pablo, que fue quien la escribió.
Se responde en el bloque sobre los sacramentos. Baste aquí señalar el texto: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados (Jn 20,22-23). Para poder perdonar o retener hay que oír, y para oír hace falta que alguien diga.
La conclusión correcta es la contraria: la mayoría debería confesarse más. La disciplina no existe para alejar a nadie del altar, sino para que quien se acerque lo haga con provecho y no para su daño, que es literalmente lo que advierte Pablo.
La exigencia de comulgar en gracia no es un invento clerical ni una barrera burocrática. Está escrita en el capítulo 11 de la primera carta a los Corintios, aparece en la Didaché antes del año 100 y se describe en San Justino el año 155.
Y su lógica es sencilla: si en la Hostia está realmente Cristo, entonces recibirlo no puede ser un gesto indiferente. La advertencia de San Pablo sobre comer la propia condenación solo resulta comprensible si allí hay Alguien.
Pregunta de retorno: si comulgar fuera solo un gesto simbólico de recuerdo, ¿por qué advierte San Pablo que hacerlo mal puede acarrear la condenación y hasta la enfermedad y la muerte?
Jesús dijo bebed todos de ella (Mt 26,27), y durante siglos en Occidente el pueblo comulgó solo el pan. La objeción parece imbatible hasta que se lee con atención un versículo de San Pablo: quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11,27). Primero una disyuntiva, después una copulativa. Profanar una sola de las dos especies ya ofende a las dos, porque en cualquiera de ellas está Cristo completo.
La razón es que el Resucitado no se divide: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él (Rom 6,9). Donde está su cuerpo está también su sangre.
Aquí verá por qué Jesús promete la vida eterna a quien solo coma de ese pan, si alguno come de este pan vivirá para siempre (Jn 6,51); por qué en Emaús y en todo el libro de los Hechos se habla únicamente de la fracción del pan (Lc 24,30-35; Hch 2,42.46; 20,7; 27,35); cuáles fueron las razones históricas del cambio; y por qué los ritos orientales católicos nunca dejaron el cáliz.
Jesús fue explícito: tomó la copa y dijo bebed todos de ella (Mt 26,27). No dijo beban los sacerdotes. Sin embargo la Iglesia católica quitó el cáliz al pueblo durante siglos y solo lo bebía el clero. Eso es desobedecer un mandato directo de Cristo y además establecer dos categorías de cristianos.
El principio se llama concomitancia y es de una lógica muy simple. Cristo resucitado no está dividido. Su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad son inseparables, porque Él vive y ya no muere (Rom 6,9). Por tanto, donde está su cuerpo está también su sangre, y donde está su sangre está también su cuerpo.
De ahí se sigue que quien recibe una sola especie recibe a Cristo entero, no la mitad de Cristo. Y por la misma razón, quien recibe las dos especies no recibe más Cristo, sino que percibe con mayor plenitud el signo del banquete y de la alianza sellada en sangre.
El Catecismo lo enuncia así: Cristo está presente entero e íntegro en cada una de las especies y entero e íntegro en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (CIC 1377).
La Escritura misma muestra que la comunión bajo la sola especie del pan es plena.
Ese versículo de Corintios es probablemente el argumento bíblico más limpio de todo el tema, y suele ser desconocido.
Conviene exponer los hechos con precisión, sin inventar ni ocultar.
Durante el primer milenio la comunión bajo las dos especies fue lo habitual en Occidente. La comunión bajo la sola especie del pan se fue generalizando entre los siglos XII y XIII, y se hizo norma común después. Las razones fueron prácticas y de reverencia:
Es importante subrayar un punto: nunca fue una negación doctrinal. En ningún momento se enseñó que el pueblo recibiera menos a Cristo. Y las Iglesias orientales en comunión con Roma, que forman parte de la Iglesia católica, jamás dejaron de comulgar bajo las dos especies, lo cual demuestra que se trataba de disciplina y no de doctrina.
El Concilio Vaticano II restableció ampliamente la práctica. La constitución sobre la liturgia estableció que la comunión bajo las dos especies puede concederse en los casos que la Sede Apostólica determine (SC 55), y la Ordenación General del Misal Romano, en los números 281 a 287, amplía considerablemente los supuestos, recordando que bajo esa forma la Eucaristía resplandece con mayor plenitud como signo del banquete.
Se dirigía a los Doce, en el cenáculo, en el mismo acto en que se instituía el sacerdocio. Y conviene notar que si se toma el pasaje como norma literal universal, habría que aplicar el mismo criterio al mandato paralelo: haced esto en memoria mía, dicho a los mismos destinatarios. Quien sostiene que bebed todos obliga a todos los fieles, tendría que sostener también que haced esto autoriza a todos los fieles a consagrar. Nadie lo sostiene.
El pasaje establece qué es la Eucaristía y a quién se confía su celebración, no una norma de distribución para todos los siglos.
La forma de distribuir la comunión pertenece a la disciplina, y la disciplina cambia sin que cambie la fe. La Iglesia ha modificado muchas cosas de este tipo: el ayuno eucarístico pasó de la medianoche a una hora, la comunión de los niños se adelantó a la edad de la razón en 1910 con San Pío X, la lengua litúrgica cambió del griego al latín y del latín a las lenguas del pueblo. Ninguno de esos cambios afectó al dogma.
Y el propio Nuevo Testamento muestra que la disciplina puede cambiar: el concilio de Jerusalén levantó la obligación de la circuncisión y estableció normas transitorias sobre alimentos (Hch 15,28-29) que después dejaron de aplicarse.
No, porque el sacerdote no recibía más Cristo que el fiel. Recibía a Cristo entero, igual que el fiel. La diferencia estaba en el signo, no en la realidad recibida. Y el sacerdote debe consumir ambas especies por una razón ritual: porque el sacrificio se representa mediante la separación sacramental del cuerpo y la sangre, y quien lo ofrece debe completar el rito.
Quien comulga solo el pan consagrado recibe a Cristo entero: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Eso no es una concesión ni un remedio, es lo que enseña la Escritura cuando Jesús promete la vida eterna a quien coma de ese pan, y cuando San Pablo advierte que profanar una sola de las especies ya hace reo del cuerpo y de la sangre.
La comunión bajo las dos especies es más expresiva como signo, y por eso la Iglesia la ha restablecido ampliamente. Pero nunca hubo, en ninguno de los dos casos, un cristiano que recibiera medio Cristo.
Pregunta de retorno: si en el pan consagrado no estuviera también la sangre, ¿por qué escribe San Pablo que quien profana el pan o la copa se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor?