Este bloque es la raíz de todos los demás. Casi cualquier discusión sobre la Eucaristía, sobre María o sobre el purgatorio termina volviendo al mismo punto: quién tiene autoridad para decir qué significa la Escritura. Quien resuelve esta cuestión resuelve las otras treinta y siete.
Abre una pregunta para ver el resumen. Dentro está la respuesta completa, con la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Catecismo.
Hay una pregunta que conviene hacer con calma, porque no tiene respuesta: ¿en qué versículo dice la Biblia que solo la Biblia? No existe. La doctrina que exige que todo esté en la Escritura no está en la Escritura, de modo que no cumple su propio requisito.
Y hay un mandato que dice lo contrario con todas sus letras: así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que os hemos enseñado, de palabra o por carta nuestra (2 Tes 2,15). San Pablo pone en el mismo nivel lo transmitido de viva voz y lo transmitido por escrito. Y advierte que la columna y el fundamento de la verdad no es un libro: la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15).
Aquí verá qué dice realmente 2 Timoteo 3,16-17 leído desde el versículo anterior; cuatro pasajes donde el propio Nuevo Testamento cita tradiciones orales que no están escritas en ninguna parte del Antiguo Testamento (2 Tim 3,8; Jds 9; Mt 2,23; 1 Cor 10,4); cómo resolvieron los apóstoles la primera gran controversia doctrinal, que no fue citando un versículo sino reuniendo un concilio (Hch 15,28); y la pregunta que cierra la discusión: quién le entregó a cada uno la lista de los libros de su Biblia.
Nosotros solo creemos lo que está escrito en la Biblia. La Iglesia católica añade tradiciones humanas, dogmas inventados y doctrinas que no aparecen en ninguna parte de la Escritura. La Palabra de Dios se basta a sí misma: toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Tim 3,16-17).
Lo único que se niega es que la Escritura sea la única regla de fe, sin la Iglesia que la transmite, la custodia y la interpreta.
Si toda doctrina debe estar en la Biblia, entonces la doctrina que afirma eso también debería estar. Y no está. Ningún versículo dice que la Escritura sea la única fuente, ni excluye la enseñanza oral de los apóstoles. Es la primera dificultad y no es menor: el principio se refuta a sí mismo.
Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que os hemos enseñado, de palabra o por carta nuestra (2 Tes 2,15).
El verbo griego es kratéite: sujetar con fuerza, aferrarse. Y no es un caso aislado:
Y el mandato de Cristo no fue escribid, sino id y haced discípulos de todos los pueblos... enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado (Mt 28,19-20). Ninguno de los Doce recibió el encargo de escribir un libro, y la mayoría no escribió ninguno.
Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo mismo podría contener los libros (Jn 21,25).
Y antes: Jesús realizó en presencia de sus discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro (Jn 20,30). San Juan, que escribió el último Evangelio, deja constancia expresa de que su libro no agota lo recibido.
Este punto suele descolocar, porque son textos que se leen sin advertir lo que implican.
Si los autores inspirados usaron tradición oral como fuente autorizada, no puede ser ilegítimo que la Iglesia haga lo mismo.
En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan (Mt 23,2-3).
La cátedra de Moisés no aparece en ningún libro del Antiguo Testamento: es una institución de la tradición judía. Y Jesús, que censura duramente la conducta de los escribas, reconoce sin embargo la autoridad del oficio, que es una autoridad de origen no escrito.
Para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15).
Es el único lugar del Nuevo Testamento donde aparece esa expresión, y no se aplica a un libro sino a una comunidad viva y estructurada.
Y así funcionó desde el principio. En Hechos 15, ante la primera gran controversia doctrinal, si los gentiles debían circuncidarse, los apóstoles no abren la Escritura para sacar un versículo. Convocan un concilio, deliberan y concluyen: hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros (Hch 15,28). Después las decisiones se transmiten a las comunidades como obligatorias (Hch 16,4).
Hay que leer el versículo anterior, que casi nunca se cita: desde niño conoces las Sagradas Escrituras (2 Tim 3,15).
Timoteo era hijo de madre y abuela judías (2 Tim 1,5). Las Escrituras que conocía desde niño eran el Antiguo Testamento; el Nuevo aún se estaba escribiendo y el Evangelio de San Juan ni siquiera existía. Si el texto probara la suficiencia total, probaría que basta el Antiguo Testamento y que el Nuevo sobra.
Además, en el griego Pablo dice que la Escritura es ophélimos, útil o provechosa. No emplea el término que significaría suficiente. Hay mucha distancia entre esto te sirve muchísimo y esto es lo único que necesitas.
Y la expresión para que el hombre de Dios sea perfecto usa una construcción semejante a la de Santiago, que dice que la paciencia debe hacer al creyente perfecto y cabal, sin que le falte nada (Sant 1,4). Con la misma lógica habría que concluir que la paciencia basta para todo. Es una fórmula de exhortación, no de exclusividad.
Se refiere al libro del Apocalipsis, que cuando se escribió circulaba solo, no como parte de una Biblia encuadernada. Fórmulas parecidas aparecen en Deuteronomio 4,2 y 12,32, y a nadie se le ocurre concluir que los libros posteriores al Deuteronomio sobren.
Conviene reservarlo para el final de una conversación, porque no tiene salida limpia.
La Biblia no trae índice inspirado. Ningún libro bíblico dice qué libros son bíblicos. La pregunta es entonces inevitable: ¿quién entregó la lista?
Históricamente la respuesta es una sola: la Iglesia, en los concilios de Roma en 382, Hipona en 393 y Cartago en 397 y 419. Antes de eso había discusión: había cristianos que dudaban del Apocalipsis, de Hebreos o de la segunda carta de Pedro, y otros que leían como Escritura el Pastor de Hermas o la Didaché.
El dilema es este. Si la Iglesia acertó infaliblemente al fijar el canon, entonces existe una autoridad infalible fuera de la Biblia. Si la Iglesia era falible, entonces el canon es incierto y no hay certeza de que el Evangelio de San Marcos sea Palabra de Dios. El teólogo calvinista R. C. Sproul asumió esa segunda vía y la formuló diciendo que se trata de una colección falible de libros infalibles.
No hay una tercera opción. Este punto se desarrolla completo en el tema 19.
San Ireneo de Lyon, hacia el año 180, discípulo de Policarpo, que a su vez lo fue de San Juan. En Contra las herejías III,3-4 enseña que la tradición apostólica se conserva en las iglesias por la sucesión de los obispos, que para zanjar cualquier disputa basta acudir a las iglesias fundadas por los apóstoles, y que existen pueblos que creen rectamente sin poseer escritos, conservando la fe por tradición.
Tertuliano, hacia el año 200, en De praescriptione haereticorum, sostiene que las Escrituras pertenecen a la Iglesia y que los herejes no tienen derecho a alegarlas, porque han recibido el texto sin la fe que lo transmite.
San Basilio Magno, siglo IV, en Sobre el Espíritu Santo 27,66, enumera prácticas recibidas sin estar escritas, como el signo de la cruz, la orientación al orar, las palabras de la invocación sobre el pan y el cáliz, y la triple inmersión bautismal, y afirma que los dogmas transmitidos por tradición no escrita tienen la misma fuerza para la piedad.
San Agustín, en Contra la carta de Mani, escribió la frase que sintetiza todo el asunto: no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica. Y en otro lugar establece un criterio muy citado: lo que la Iglesia universal observa sin que lo haya instituido concilio alguno, con razón se cree que procede de la autoridad apostólica.
San Vicente de Lerins, año 434, en el Commonitorium, formula la regla clásica para reconocer la tradición auténtica: lo que se ha creído en todas partes, siempre y por todos.
Un dato de conjunto: entre los Padres de la Iglesia, que son los cristianos más cercanos a los apóstoles, no hay uno solo que sostenga la Escritura como única regla de fe.
La imagen que se usa habitualmente es la de un banco de tres patas. Quítese una y se cae.
Y la Iglesia condena exactamente lo mismo. Léase el adjetivo: tradición de los hombres. Jesús estaba criticando el corbán, una costumbre que permitía eludir el deber de mantener a los padres declarando consagrado un bien. Es una invención humana que anulaba un mandamiento de Dios.
San Pablo hace la misma distinción y conviene leer los dos textos juntos: advierte contra la tradición de los hombres (Col 2,8) y manda conservar las tradiciones que os hemos enseñado (2 Tes 2,15). Si toda tradición fuera mala, se estaría contradiciendo. La diferencia no está en la palabra sino en el origen: humano o apostólico.
Este texto juega en sentido contrario. Los bereanos examinaban el Antiguo Testamento para verificar la predicación oral de Pablo. Es decir: el contenido era una enseñanza apostólica transmitida de viva voz, y la Escritura servía de confirmación. Y el resultado fue que creyeron en aquello que en gran parte todavía no estaba escrito en ninguna parte.
Conviene preguntar con respeto: si el Espíritu guía a una persona y también al predicador de la comunidad vecina, y ambos enseñan cosas opuestas sobre el bautismo o sobre la salvación, ¿cuál de los dos está siendo mal guiado? Porque el Espíritu Santo no se contradice a sí mismo.
Y la propia Escritura advierte lo contrario de la interpretación libre: ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia (2 Pe 1,20), y en las cartas de Pablo hay puntos difíciles que los ignorantes e inestables interpretan torcidamente para su propia perdición (2 Pe 3,16).
Es una afirmación que exige un ejemplo concreto: qué doctrina, qué versículo y en qué punto. La Iglesia sostiene que no puede haber contradicción porque ambas proceden de la misma fuente, y quien afirme lo contrario tiene que señalar el caso.
La doctrina que exige que todo esté en la Biblia no está en la Biblia. San Pablo mandó conservar lo transmitido de palabra y por escrito. El propio Nuevo Testamento cita tradiciones orales que no figuran en el Antiguo Testamento. La primera controversia doctrinal de la historia cristiana se resolvió en un concilio y no con una cita. Y la columna de la verdad, según 1 Timoteo 3,15, es la Iglesia.
El índice de los libros que hoy se leen como Palabra de Dios lo fijó la Iglesia en el siglo IV. Quien recibe esa Biblia está recibiendo, sin saberlo, un fruto de la Tradición que dice rechazar.
Pregunta de retorno: si toda doctrina debe estar en la Escritura, ¿en qué versículo se enseña que la Escritura es la única regla de fe, y en cuál se encuentra la lista de los libros que la componen?
Los dos textos que se citan tienen un adjetivo que suele pasarse por alto: tradición de los hombres. Y el mismo San Pablo que advierte contra la tradición de los hombres (Col 2,8) manda con igual firmeza conservar otra: manteneos firmes y conservad las tradiciones que os hemos enseñado, de palabra o por carta nuestra (2 Tes 2,15). Si toda tradición fuera mala, se estaría contradiciendo dentro de la misma colección de cartas.
La diferencia no está en la palabra sino en el origen. Lo que Jesús condena en Marcos 7 es el corbán, una costumbre inventada que permitía a un hijo eludir el deber de mantener a sus padres. Eso es tradición humana que anula el mandamiento de Dios, y la Iglesia la condena igual.
Aquí verá la distinción entre tres cosas que suelen confundirse: la Sagrada Tradición apostólica, las costumbres eclesiásticas que cambian y las invenciones humanas que se rechazan. Verá seis textos donde la Escritura manda conservar el depósito recibido (1 Cor 11,2; 2 Tes 3,6; 2 Tim 1,13-14; 2 Tim 2,2; 1 Tim 6,20), un dicho de Jesús que Pablo cita y no está en ningún Evangelio (Hch 20,35), y el criterio de San Vicente de Lerins para distinguir lo auténtico de lo añadido.
Jesús fue durísimo con la tradición: dejáis el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres (Mc 7,8), y les dijo que anulaban la Palabra de Dios con la tradición que habían transmitido (Mc 7,13). San Pablo advierte lo mismo: mirad que nadie os engañe mediante filosofías y huecas sutilezas, según la tradición de los hombres (Col 2,8). La Iglesia católica ha construido sobre tradiciones humanas una doctrina que ya no es la de los apóstoles.
La mayor parte de las discusiones sobre este tema desaparecen en cuanto se separan estas tres realidades, porque la objeción suele aplicar a la primera lo que solo vale para la tercera.
Conviene tener presente el orden de los hechos. Cristo no escribió nada y no mandó escribir: mandó predicar y enseñar (Mt 28,19-20; Mc 16,15). Las primeras cartas del Nuevo Testamento son de alrededor del año 50, y los Evangelios se escribieron entre los años 65 y 100.
Es decir: durante al menos veinte años hubo Iglesia, bautismo, Eucaristía, predicación, mártires y conversiones sin una sola línea del Nuevo Testamento escrita. Aquellos cristianos vivían de la Tradición apostólica, porque no había otra cosa. Y San Pablo les dice que lo que recibieron de viva voz es palabra de Dios (1 Tes 2,13).
Obsérvese el vocabulario: depósito, transmitir, conservar, entregar. Es lenguaje de custodia, no de improvisación. Y el término griego parádosis, que se traduce por tradición, significa literalmente lo que se entrega.
Ya vistos en el tema anterior, conviene recordarlos aquí porque son la prueba de que la tradición oral funcionaba como fuente autorizada: Janes y Jambres (2 Tim 3,8), la disputa por el cuerpo de Moisés (Jds 9), la profecía de Henoc (Jds 14-15), el será llamado nazareno (Mt 2,23), la roca que acompañaba al pueblo (1 Cor 10,4), y una frase de Jesús que no está en ningún Evangelio: hay más dicha en dar que en recibir (Hch 20,35).
Ese último caso es especialmente claro. San Pablo atribuye a Jesús unas palabras concretas que ningún evangelista recogió. Las conocía por tradición, y las cita como palabra del Señor.
Léase el pasaje entero. Jesús reprocha que se declare corbán, es decir, ofrenda consagrada, aquello con lo que se debía socorrer a los padres, dejándolos así desamparados. Y concluye: anuláis la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido (Mc 7,13).
El criterio de la condena está en el propio texto: es tradición que anula un mandamiento. Ninguna doctrina católica anula un mandamiento de Dios; y si alguien mostrara que sí lo hace, la Iglesia sería la primera obligada a corregirla, porque estaría bajo esta misma sentencia de Cristo.
El versículo completo dice: según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo y no según Cristo. Hay tres calificativos, y los tres describen un origen humano y mundano. San Pablo está previniendo contra doctrinas sincretistas que circulaban en Colosas, no contra la transmisión apostólica que él mismo manda conservar tres cartas más allá.
No es un depósito secreto ni una lista oculta. La Tradición apostólica se encuentra en lugares accesibles y verificables:
Y el criterio clásico para discernir lo auténtico es el de San Vicente de Lerins, formulado en el año 434: se ha de tener por verdadero lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos. Antigüedad, universalidad y consenso.
San Clemente Romano, hacia el año 96, escribe a los corintios recordándoles el orden establecido por los apóstoles y la necesidad de conservarlo. Su carta es anterior a varios libros del Nuevo Testamento y ya funciona como autoridad.
San Ireneo, hacia el 180, en Contra las herejías III,4,1-2, describe a comunidades enteras que conservan la fe íntegra sin poseer escritos, guardando cuidadosamente la antigua tradición, y sostiene que si los apóstoles no hubieran dejado escritos habría que seguir el orden de la tradición transmitida a quienes confiaron las iglesias.
Tertuliano, hacia el 200, en De corona 3-4, enumera prácticas que los cristianos observan sin mandato escrito, como el signo de la cruz en la frente, y afirma que las sostiene la tradición, las confirma la costumbre y las observa la fe.
San Basilio Magno, siglo IV, Sobre el Espíritu Santo 27,66: entre los dogmas y enseñanzas conservados en la Iglesia, unos los tenemos de la doctrina escrita y otros los hemos recibido de la tradición apostólica, y ambos tienen la misma fuerza para la piedad.
San Agustín formula el criterio práctico que después se citará mil veces: lo que la Iglesia universal observa y no fue instituido por concilios, con toda razón se cree que fue transmitido por la autoridad apostólica.
No es un libro porque no es un archivo cerrado: es una transmisión viva. Pero está documentada y es verificable en los escritos de los Padres, los credos, los textos litúrgicos y las actas de los concilios, todos ellos publicados y accesibles. Cuando se pide un ejemplo concreto, se puede dar: la validez del bautismo administrado por herejes, el domingo como día del Señor, el bautismo de niños o el canon bíblico son enseñanzas que no están formuladas explícitamente en ningún versículo y que sin embargo todos los cristianos aceptan.
No, porque hay criterios: origen apostólico, antigüedad, universalidad y constancia, que es la regla de San Vicente de Lerins. Y porque el Magisterio no puede añadir revelación nueva: solo custodia e interpreta lo recibido (DV 10; CIC 66). Una doctrina que apareciera en el siglo XV sin ningún rastro anterior no sería Tradición, y la Iglesia sería la primera en rechazarla.
Es una acusación que se responde caso por caso y con documentación, y se trata en el tema 38. Baste aquí señalar el método: quien la formula debe indicar de qué culto concreto, en qué siglo, bajo qué documento y con qué testimonio contemporáneo se produjo el préstamo. La continuidad con el culto de Israel, en cambio, está escrita en el Pentateuco.
Jesús condenó la tradición que anula el mandamiento de Dios, y la Iglesia condena lo mismo. San Pablo advirtió contra la tradición de los hombres y en la misma colección de cartas mandó conservar la tradición apostólica, de palabra o por escrito.
Durante veinte años el cristianismo vivió sin una sola línea del Nuevo Testamento. Lo que sostenía a aquellos creyentes era exactamente lo que hoy se llama Sagrada Tradición, y San Pablo les dijo que aquello que habían recibido de viva voz era palabra de Dios y no palabra de hombres.
Pregunta de retorno: si toda tradición fuera mala, ¿cómo se explica que el mismo San Pablo que advierte contra la tradición de los hombres mande conservar con firmeza las tradiciones recibidas de palabra?
Hay una escena en el libro de los Hechos que responde casi sola. Un funcionario etíope va leyendo al profeta Isaías, y Felipe le pregunta: ¿entiendes lo que vas leyendo? Y él responde: ¿cómo lo puedo entender si nadie me guía? (Hch 8,30-31). Lo notable es lo que hace el Espíritu Santo: no le ilumina el texto directamente, sino que le envía un intérprete y le manda subir al carro (Hch 8,29).
Y San Pedro advierte por escrito que la lectura libre tiene un riesgo real: en las cartas de Pablo hay puntos difíciles que los ignorantes e inestables interpretan torcidamente, como también las demás Escrituras, para su propia perdición (2 Pe 3,16). Antes había dicho que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia (2 Pe 1,20).
Aquí verá cómo resolvieron los apóstoles la primera controversia doctrinal, que no fue con un versículo sino con un concilio cuya conclusión fue hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros (Hch 15,28); por qué Cristo dijo el que a vosotros escucha, a mí me escucha (Lc 10,16); y las cuatro condiciones exactas que debe cumplir una declaración papal para ser infalible, que son muchas menos veces de las que se supone.
Ningún hombre tiene derecho a decirle a otro qué significa la Palabra de Dios. El Espíritu Santo guía personalmente a cada creyente: la unción que recibisteis permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe (1 Jn 2,27). La Iglesia católica se coloca por encima de la Biblia al arrogarse la interpretación oficial, y encima declara infalible a un hombre. Eso es sustituir a Dios por una institución.
Felipe corrió hasta él y le oyó leer al profeta Isaías, y le dijo: ¿entiendes lo que vas leyendo? Él respondió: ¿cómo lo puedo entender si nadie me guía? (Hch 8,30-31).
El detalle decisivo está en el versículo anterior: fue el Espíritu quien dijo a Felipe que se acercara al carro (Hch 8,29). Es decir, el Espíritu Santo resolvió el problema enviando un maestro, no iluminando al lector por dentro. Ese es exactamente el modelo del Magisterio.
Y San Pedro lo formula como principio: ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia (2 Pe 1,20). Y advierte de las consecuencias del error: los ignorantes e inestables tuercen los textos difíciles para su propia perdición (2 Pe 3,16). No es una advertencia menor: habla de perdición.
La primera gran controversia doctrinal fue si los gentiles debían circuncidarse. Y el procedimiento que siguieron los apóstoles es revelador: no se remitieron a la Escritura para zanjar el asunto, sino que se reunieron, deliberaron, escucharon a Pedro y a Santiago, y decidieron con esta fórmula:
Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables (Hch 15,28).
Después la decisión se comunicó por escrito a las comunidades, que debían observarla: les entregaban las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén, para que las observaran (Hch 16,4).
Eso es magisterio: una autoridad que delibera, decide y obliga, y que se sabe asistida por el Espíritu Santo.
La infalibilidad no es una cualidad de los hombres que ocupan el cargo: es la fidelidad de Dios a esas promesas. La Iglesia no sostiene que sus pastores sean sabios o santos, sino que Cristo no permitirá que la Iglesia enseñe error como verdad de fe.
Conviene conocer las condiciones, porque casi todas las objeciones se refieren a actos que no son infalibles.
Según el Concilio Vaticano I (1870) y el Vaticano II (LG 25), el Papa enseña infaliblemente cuando concurren cuatro condiciones a la vez:
Fuera de eso, sus enseñanzas piden respeto y adhesión religiosa, pero no son definiciones irreformables. En toda la historia se citan habitualmente como ejemplos de definición papal solemne la Inmaculada Concepción en 1854 y la Asunción en 1950.
También es infalible el colegio de los obispos unido al Papa cuando define en concilio ecuménico, y el magisterio ordinario y universal cuando los obispos dispersos por el mundo, en comunión con el Papa, enseñan de manera unánime y constante una verdad como revelada (CIC 891-892).
Hay que leer el contexto inmediato. San Juan está previniendo contra unos falsos maestros concretos, a los que llama anticristos y que habían salido de la comunidad (1 Jn 2,18-19.26). Les está diciendo que no necesitan a esos maestros, porque ya tienen la unción recibida.
Y la prueba de que no está prohibiendo el magisterio es que el propio versículo está dentro de una carta en la que él les enseña. Si nadie necesitara maestros, la carta sobraría. Además, el mismo Nuevo Testamento manda enseñar (Mt 28,20), constituye maestros en la Iglesia (Ef 4,11; 1 Cor 12,28-29), y afirma que la fe entra por la predicación (Rom 10,14-17).
Si el Espíritu Santo guiara a cada creyente a la interpretación correcta sin ninguna instancia común, el resultado esperable sería la unidad. El resultado observable es el contrario: comunidades que leen los mismos textos y concluyen cosas opuestas sobre el bautismo, la Eucaristía, la salvación, el divorcio y la moral.
Y Cristo pidió lo contrario: que todos sean uno... para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21); y San Pablo: que no haya divisiones entre vosotros; estad unidos en un mismo pensar y sentir (1 Cor 1,10).
El Espíritu Santo no se contradice. Si dos interpretaciones opuestas se atribuyen a Él, al menos una no procede de Él, y hace falta un criterio para saber cuál.
San Clemente Romano, hacia el 96, escribe desde Roma a la iglesia de Corinto para corregir un conflicto interno, y lo hace con autoridad, pidiendo obediencia a lo que escribe. Es notable que lo haga viviendo aún el apóstol Juan.
San Ignacio de Antioquía, año 107: nada de lo que atañe a la Iglesia se haga sin el obispo; donde aparezca el obispo, allí esté la comunidad (Esmirn. 8).
San Ireneo, hacia el 180, en Contra las herejías III,4,1, sostiene que la disputa se resuelve acudiendo a la tradición de las iglesias apostólicas, y señala la de Roma como referencia con la que toda iglesia debe concordar.
Tertuliano, hacia el 200, en De praescriptione 19-21, argumenta que discutir con los herejes sobre la Escritura no lleva a ninguna parte, y que la cuestión previa es a quién pertenece la Escritura y de quién es la regla de fe.
San Agustín, en Contra la carta de Mani 5,6: no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica.
Es cierto y la Iglesia no lo oculta. Pero el argumento no toca la cuestión, porque la infalibilidad no es santidad personal ni garantía de buen gobierno: es la promesa de que la Iglesia no definirá el error como verdad de fe. Judas fue apóstol y traicionó a Cristo, y eso no invalidó el colegio apostólico. Pedro negó a Cristo tres veces pocas horas después de recibir el encargo.
Y hay un dato que conviene tener a mano: ni siquiera los papas históricamente más cuestionados definieron doctrinas heréticas. Se les puede reprochar la conducta; no se puede señalar la definición dogmática errónea.
Habría que citar el caso: qué concilio definió qué doctrina como de fe, y qué otro concilio la revocó. En materia de definiciones dogmáticas no existe tal ejemplo. En cambio abundan los cambios de disciplina, que sí ocurren y no prueban nada, porque la disciplina está hecha para cambiar.
Al contrario: el Magisterio está limitado por la Revelación. No puede añadir, no puede quitar y no puede contradecir lo recibido. Un papa que intentara definir una doctrina nueva estaría actuando fuera de su competencia. El Magisterio es un servicio de custodia, y el Catecismo lo formula así en el número 86.
La Escritura necesita ser interpretada, y la propia Escritura lo dice: el etíope no podía entender sin guía, y San Pedro advirtió que hay textos que los inexpertos tuercen para su perdición.
Cristo no dejó un libro y una promesa de iluminación individual. Dejó apóstoles con autoridad para atar y desatar, con la garantía de que quien los escucha lo escucha a Él, y con la promesa de asistencia hasta el fin del mundo. La primera vez que hubo que resolver una controversia, la Iglesia reunió un concilio y escribió que había decidido el Espíritu Santo junto con ella.
Pregunta de retorno: si el Espíritu Santo iluminara a cada lector para entender la Escritura por sí solo, ¿por qué envió a Felipe a explicarle el texto al etíope, en lugar de iluminarlo directamente?
Antes de discutir siete libros conviene hacer una pregunta más básica: ¿dónde dice la Biblia cuáles son los libros de la Biblia? No lo dice en ninguna parte. No hay índice inspirado, y ningún libro bíblico enumera los demás. La lista, cualquier lista, se recibe de alguien.
Y los datos son verificables. Los concilios de Hipona en 393 y de Cartago en 397 fijaron una lista idéntica a la católica actual. El Concilio de Florencia la repitió en 1442, un siglo antes de Lutero. Trento, en 1546, no añadió nada: confirmó frente a una negación.
Aquí verá qué libros son los discutidos y por qué; cómo la versión griega que usaban los apóstoles los incluía; un pasaje del Nuevo Testamento que alude a un martirio que solo se narra en 2 Macabeos (Heb 11,35); por qué el canon judío se cerró después del cristianismo; y el dato de que la Biblia del Rey Jacobo de 1611 y la Reina-Valera antigua los traían impresos, y se retiraron por una decisión editorial del siglo XIX.
La Iglesia católica añadió siete libros al Antiguo Testamento en el Concilio de Trento, en 1546, para justificar doctrinas como el purgatorio. Esos libros no fueron aceptados nunca por el pueblo judío, que es el depositario del Antiguo Testamento según Romanos 3,2, y contienen errores históricos y doctrinas dudosas. La Biblia verdadera tiene sesenta y seis libros, no setenta y tres.
Los siete llamados deuterocanónicos son Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico (o Sirácida), Baruc, y los dos libros de los Macabeos, además de algunas secciones de Ester y de Daniel, entre ellas el cántico de los tres jóvenes y las historias de Susana y de Bel y el dragón.
En las Biblias protestantes suelen llamarse apócrifos, término que en el uso católico designa a otros escritos, no canónicos ni en un caso ni en otro, como el Evangelio de Tomás.
En tiempos de Cristo circulaban dos formas del Antiguo Testamento: el texto hebreo usado en Palestina, y la Septuaginta, la traducción griega realizada en Alejandría a partir del siglo III antes de Cristo, que era la Biblia de los judíos de la diáspora. La Septuaginta incluía los deuterocanónicos.
Y este es el dato relevante: el Nuevo Testamento cita el Antiguo alrededor de trescientas veces, y la gran mayoría de esas citas sigue el texto de la Septuaginta, no el hebreo. Los apóstoles escribieron en griego y citaron la Biblia griega.
El canon hebreo tal como hoy lo conoce el judaísmo se fijó a finales del siglo I de nuestra era, en el ambiente rabínico posterior a la destrucción del Templo, con criterios que excluían lo que no tuviera original hebreo conocido y lo compuesto después de Esdras.
Dos observaciones. La primera: se trata de una decisión posterior al nacimiento de la Iglesia y tomada por una autoridad que ya había rechazado a Cristo, de modo que no puede ser la norma del canon cristiano. La segunda: el criterio del original hebreo resultó impreciso, porque en Qumrán aparecieron fragmentos hebreos y arameos de Tobías y del Eclesiástico, lo que demuestra que esos libros sí habían existido en lengua semítica.
No hay citas con fórmula explícita, pero sí alusiones claras, y una especialmente difícil de explicar de otro modo:
Otros fueron torturados, rehusando la liberación para obtener una resurrección mejor (Heb 11,35).
Esa frase describe con precisión el martirio de los siete hermanos y su madre, que se narra únicamente en el capítulo 7 del segundo libro de los Macabeos, donde los mártires rechazan expresamente la liberación confiando en la resurrección. No existe ningún pasaje correspondiente en los libros del canon reducido.
Otras correspondencias frecuentemente señaladas: Sabiduría 2,12-20 y la burla al pie de la cruz (Mt 27,42-43); Sabiduría 13-14 y la argumentación de Romanos 1,18-32; Sabiduría 5,17-20 y la armadura de Dios (Ef 6,13-17); Eclesiástico 5,11 y la exhortación a ser tardo para hablar (Sant 1,19); Eclesiástico 7,14 y la advertencia sobre la palabrería en la oración (Mt 6,7).
Conviene subrayar el orden de los acontecimientos: la lista está fijada en el siglo IV y repetida en 1442; Trento llega después de que se pusiera en duda, no antes.
Se cita con frecuencia que San Jerónimo tuvo reservas sobre estos libros, y es cierto: prefería el texto hebreo y los distinguía de los demás. Pero hay que contar el final: los tradujo, los incluyó en la Vulgata y sometió su opinión al juicio de la Iglesia. Su propio criterio, expresado en otro contexto, era que la autoridad de la Iglesia decide en estas materias.
Y frente a él está San Agustín, contemporáneo suyo, que los defendió y cuya posición fue la que prevaleció en los concilios de Hipona y Cartago.
Las primeras Biblias de la Reforma sí incluían los deuterocanónicos, aunque agrupados en una sección aparte bajo el título de apócrifos.
Su desaparición de las ediciones corrientes no procede de un concilio ni de un estudio bíblico, sino de decisiones editoriales del siglo XIX, cuando las sociedades bíblicas dejaron de financiar la impresión de esa sección, principalmente a partir de 1826.
Es decir: durante casi tres siglos, los lectores de la Reforma tuvieron esos libros en sus manos.
Más allá de los siete libros, la cuestión decisiva es esta: la Biblia no contiene su propio índice.
Nadie puede abrir la Escritura y encontrar allí la lista de los libros inspirados. Y sin embargo, cualquiera que abra su Biblia encuentra una lista. Alguien se la dio.
De ahí el dilema que ya se planteó en el tema 16. Si la Iglesia acertó infaliblemente al fijar el canon, existe una autoridad infalible fuera de la Biblia y el principio de la Escritura como única regla se cae. Si la Iglesia era falible, entonces la lista es incierta, y con ella la certeza de que cada uno de esos libros sea Palabra de Dios.
No hay una tercera posibilidad.
Tampoco citó Jueces, Rut, Esdras, Nehemías, Ester, Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, Abdías, Nahúm ni Sofonías. Si la falta de cita expresa fuera criterio de exclusión, habría que retirar también esos libros. El argumento demuestra demasiado y por eso no demuestra nada.
Se refiere a que Israel recibió la Revelación, no a que el judaísmo posterior a Cristo tenga autoridad para determinar el canon cristiano. Con ese criterio habría que aceptar también su juicio sobre el Nuevo Testamento, que rechaza por completo.
Se discute el género literario de Judit y de Tobías, que muchos autores católicos consideran relatos didácticos con marco histórico libre, del mismo modo que se discute el género de Jonás o de Job, presentes en todas las Biblias. La inspiración garantiza la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación (DV 11), no un manual de historia según los criterios modernos.
Reconoce con humildad que su relato puede ser mejorable en la forma. Eso no niega la inspiración, del mismo modo que no la niega que San Pablo escriba que no recuerda si bautizó a alguien más (1 Cor 1,16), o que hable en un punto sin mandato del Señor (1 Cor 7,12). La inspiración no suprime al autor humano.
La cronología lo desmiente: la lista está fijada en 393 y 397, mil doscientos años antes de que hubiera controversia alguna sobre el purgatorio con la Reforma, y repetida en Florencia en 1442.
La lista de los libros de la Biblia no está en la Biblia. La fijaron los concilios de Hipona y Cartago a finales del siglo IV, la recogió la Vulgata, la repitió Florencia en 1442 y la confirmó Trento en 1546 cuando fue puesta en duda.
Quien hoy abre cualquier Biblia y da por supuesto que esos libros son Palabra de Dios está aceptando, sin advertirlo, una decisión de la Iglesia del siglo IV. La discusión sobre siete libros es, en el fondo, una discusión sobre quién tenía autoridad para decidir sobre los setenta y tres.
Pregunta de retorno: si la Biblia es la única autoridad, ¿de dónde procede la lista de los libros que la componen, dado que esa lista no aparece en ninguna de sus páginas?