Este bloque responde a una acusación que suele darse por probada sin discutirla: que la Iglesia católica nació siglos después de Cristo, por obra de un emperador o de una ambición de poder. Es una afirmación histórica, y por tanto se responde con documentos, fechas y nombres. Ahí es donde resulta más fácil de examinar.
Abre una pregunta para ver el resumen. Dentro está la respuesta completa, con la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Catecismo.
Hay una sola vez en todo el Evangelio en que Jesús dice que va a fundar algo, y usa una palabra concreta: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mt 16,18). Dijo mi Iglesia, en singular, y prometió que no sería vencida.
Y lo que fundó no era invisible. Tiene número contado, se les agregaron aquel día unas tres mil almas (Hch 2,41); tiene autoridad a la que se puede acudir, si no hace caso ni a la Iglesia (Mt 18,17); tiene disciplina (1 Cor 5,1-5), ministros nombrados (Hch 14,23), concilios (Hch 15) y hasta listas administrativas (1 Tim 5,9). Nada de eso puede predicarse de una entidad invisible.
Sobre Constantino, el dato es sencillo de comprobar: el Edicto de Milán de 313 concedió libertad de culto a una Iglesia que llevaba casi tres siglos existiendo, con obispos, liturgia, mártires y listas de sucesión. Y la expresión Iglesia católica está escrita en una carta del año 107. Aquí verá los seis actos con que Cristo constituyó su Iglesia, y por qué la promesa de Mateo 16,18 hace imposible que desapareciera durante mil años.
La Iglesia católica no la fundó Cristo sino el emperador Constantino en el año 313, cuando mezcló el cristianismo con el paganismo romano y lo convirtió en religión del imperio. La Iglesia verdadera que Jesús fundó es invisible, formada por todos los verdaderos creyentes de cualquier denominación, sin jerarquías, sin papas y sin estructuras humanas.
Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mt 16,18).
La palabra griega ekklesía aparece en labios de Jesús solo dos veces en los Evangelios: aquí y en Mateo 18,17. Y en ambos casos designa algo concreto y reconocible.
La fundación no fue un instante sino una serie de actos, todos ellos registrados:
Los seis actos son anteriores al año 33. No hay margen para situar la fundación en el siglo IV.
Esta es la parte que desarma la idea de una Iglesia meramente invisible, porque son datos del texto:
Y Cristo la quiso visible: vosotros sois la luz del mundo; no puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte (Mt 5,14).
Este argumento merece detenerse, porque afecta a cualquier teoría de una apostasía general.
Si la Iglesia que Cristo fundó se corrompió por completo y desapareció durante mil años hasta que alguien la restauró, entonces las puertas del Hades sí prevalecieron y esas cuatro promesas fallaron. Quien sostenga la apostasía general está obligado a explicar qué ocurrió con ellas.
Conviene manejar fechas, porque el argumento se sostiene sobre una confusión histórica.
El Edicto de Milán, del año 313, no fundó ninguna Iglesia ni creó ninguna doctrina. Fue una disposición de tolerancia que puso fin a la persecución y devolvió los bienes confiscados. Ni siquiera hizo del cristianismo la religión oficial: eso ocurrió en 380, con el edicto de Tesalónica de Teodosio, cuarenta y tres años después de la muerte de Constantino.
Y lo que había antes de 313 está documentado. Estos son testimonios anteriores, todos con fecha:
Todo eso es anterior a Constantino. Una institución no puede ser fundada en 313 si sus obispos, su liturgia, su nombre y sus mártires están documentados en 96, 107 y 155.
Añádase un argumento de sentido común: Constantino no era teólogo, no presidió doctrinalmente el Concilio de Nicea y fue bautizado al final de su vida. Atribuirle la creación de una fe con tres siglos de mártires supone que quienes habían muerto antes por esa fe estaban muriendo por algo que aún no existía.
San Ignacio de Antioquía, año 107, Carta a los Esmirniotas 8: donde está el obispo, allí esté la comunidad, del mismo modo que donde está Cristo Jesús allí está la Iglesia católica. Es el testimonio más antiguo del nombre y también de la estructura.
San Ireneo, hacia el 180, Contra las herejías III,3: la tradición de los apóstoles se conserva por la sucesión de los obispos en las iglesias, y ofrece la lista romana desde Lino hasta Eleuterio, su contemporáneo.
Tertuliano, hacia el 200, De praescriptione 20-21: las iglesias son apostólicas por ser retoños de las fundadas por los apóstoles, y de ahí les viene la autoridad.
San Cipriano, hacia el 251, en Sobre la unidad de la Iglesia católica, sostiene que no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre, y compara la unidad con la túnica inconsútil de Cristo, que no se rasgó (Jn 19,23-24).
Esta teoría tropieza con la propia Escritura, que manda denunciar un conflicto ante la Iglesia (Mt 18,17), expulsar y readmitir miembros (1 Cor 5,13; 2 Cor 2,6-8) y obedecer a dirigentes concretos (Heb 13,17). Nada de eso se puede hacer con una entidad invisible.
Y tropieza además con una dificultad práctica: si la Iglesia verdadera es invisible y está repartida entre comunidades que se contradicen entre sí en materias de fe, entonces la unidad que Cristo pidió (Jn 17,21) sería una unidad puramente teórica que el mundo nunca podría ver, cuando el texto dice justamente que la finalidad es para que el mundo crea.
Hay que pedir precisiones, porque la afirmación es histórica: en qué año, en qué lugar, bajo qué papa u obispo, con qué documento, y quién protestó entonces. Si mil millones de cristianos hubieran cambiado de fe en algún momento, habría dejado rastro documental en Oriente y en Occidente.
Y hay un dato que suele zanjar la cuestión: las Iglesias orientales, separadas de Roma desde 1054 y sin ninguna dependencia doctrinal de ella, mantienen la presencia real, el sacrificio de la Misa, los siete sacramentos, el sacerdocio ministerial, la intercesión de los santos, la veneración de las imágenes y la oración por los difuntos. Una corrupción introducida desde Roma no podría estar presente en las Iglesias que se separaron de Roma.
Los elementos que se suelen señalar, como el altar, el incienso, las vestiduras o las lámparas, proceden del culto de Israel y están mandados en el Pentateuco (Ex 27,20-21; Ex 28; Ex 30,1-8; Lv 2). Este punto se desarrolla en los temas 3 y 38.
Cristo dijo que edificaría su Iglesia y que las puertas del Hades no prevalecerían. Eligió a doce hombres, puso a uno al frente, les dio poder de perdonar, les entregó la Eucaristía, les mandó enseñar y bautizar, y envió sobre ellos el Espíritu.
Lo que nació de ahí fue una comunidad visible, con número, autoridad, disciplina, ministros y concilios. Y esa comunidad está documentada con nombres y fechas en los años 96, 107 y 155, casi dos siglos antes de que un emperador levantara la persecución. Constantino encontró la Iglesia; no la fundó.
Pregunta de retorno: si la Iglesia que Cristo fundó se corrompió por completo y desapareció durante siglos, ¿qué ocurrió entonces con su promesa de que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella?
El nombre aparece por primera vez en una carta del año 107, escrita por San Ignacio de Antioquía camino del martirio, y lo llamativo es cómo lo usa: sin explicarlo, como quien menciona un término que sus lectores ya conocen. Escribe que donde está Cristo Jesús, allí está la Iglesia católica.
La palabra griega katholikós significa según el todo, universal. Y esa universalidad es un mandato del propio Cristo: id y haced discípulos a todos los pueblos (Mt 28,19), seréis mis testigos hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). El profeta ya lo había anunciado: una ofrenda pura en todo lugar entre las naciones (Mal 1,11). Y San Juan ve en el cielo una muchedumbre de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas (Ap 7,9).
Aquí verá el texto del año 107, la explicación que dio San Cirilo de Jerusalén en el siglo IV sobre las cuatro razones del nombre, el hecho de que el Credo que se recita en casi todas las confesiones cristianas contiene esa palabra, y qué significa exactamente el añadido de romana, que no es lo que suele suponerse.
La palabra católica no aparece ni una sola vez en la Biblia. La Iglesia del Nuevo Testamento se llamaba simplemente la Iglesia, o el camino, o la asamblea de los santos. El nombre católica es un invento posterior de Roma para arrogarse la exclusividad, y el añadido de romana demuestra que se trata de una institución local convertida en imperio religioso.
Katholikós viene de katá holon, según el todo. Significa universal, íntegro, completo. No es un nombre propio como quien dice luterana o metodista: es un adjetivo que describe una cualidad.
San Cirilo de Jerusalén, en la Catequesis XVIII, hacia el año 350, dio cuatro razones del nombre: porque está extendida por toda la tierra; porque enseña universalmente y sin omitir nada todas las verdades que el hombre debe conocer; porque somete a la verdadera religión a todo género de hombres, gobernantes y gobernados, cultos e ignorantes; y porque cura universalmente toda clase de pecados.
Y añadió un consejo muy práctico para su época, que sigue siendo una anécdota útil: si alguna vez te encuentras en una ciudad extraña, no preguntes solamente dónde está el templo, ni dónde está la iglesia, sino dónde está la Iglesia católica, porque ese es el nombre propio de esta santa Madre de todos.
El detalle interesante es que ya en el siglo IV el nombre servía para distinguir a la comunidad apostólica de los grupos separados. Es decir, cumplía exactamente la función que cumple hoy.
Aunque el término no aparezca, la realidad que designa recorre toda la Escritura:
Una Iglesia destinada a todos los pueblos, en todo lugar y con toda la verdad, es exactamente lo que significa la palabra.
Y sobre el argumento de que el nombre no es bíblico, conviene aplicarlo al que lo formula: tampoco son bíblicos los nombres de las confesiones surgidas después del siglo XVI, ni el término evangélico usado como nombre de iglesia, ni denominaciones formadas a partir de un fundador o de una forma de gobierno.
San Ignacio de Antioquía, año 107, Carta a los Esmirniotas 8. Es el primer uso documentado y aparece sin explicación, lo que indica que ya era corriente.
El Martirio de Policarpo, año 155, lo emplea varias veces, incluso en el encabezamiento, dirigido a todas las comunidades de la Iglesia católica esparcidas por el mundo.
El Fragmento Muratoriano, hacia el año 180, distingue los escritos recibidos en la Iglesia católica de los que no lo son.
San Cipriano, siglo III, titula su tratado más conocido Sobre la unidad de la Iglesia católica.
El Credo de Nicea y Constantinopla, año 381: creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Este dato merece subrayarse, porque es el credo que recitan también muchas comunidades cristianas no católicas: al hacerlo confiesan literalmente la palabra que se objeta.
La expresión católica romana no procede de Roma sino de Inglaterra, y nació en el siglo XVI en el contexto de la separación anglicana, con la intención de sugerir que se trataba de una iglesia local más entre otras. La Iglesia nunca se ha nombrado a sí misma de ese modo en sus documentos doctrinales: los concilios hablan de la Iglesia católica.
En rigor, romano designa a una de las veinticuatro Iglesias de derecho propio que componen la Iglesia católica: la latina. Las otras veintitrés son orientales y están en plena comunión con el Papa conservando su propia liturgia, su derecho y su disciplina: entre ellas la maronita, la copta católica, la siro-malabar, la ucraniana greco-católica, la melquita o la caldea. Muchas de ellas tienen clero casado y ninguna celebra en rito romano.
Es un dato útil en una conversación, porque desmonta la idea de que catolicismo equivale a uniformidad latina impuesta desde Roma.
El nombre afirma universalidad, no exclusión de personas. La Iglesia reconoce que quienes creen en Cristo y han recibido válidamente el bautismo están en una cierta comunión con ella, aunque no plena (CIC 818; LG 15), y los llama hermanos. Lo que sostiene es que en ella se encuentra la plenitud de los medios de salvación, que es una afirmación sobre los medios, no una condena de las personas.
El primer testimonio es del año 107, escrito en Antioquía, no en Roma, por un obispo camino del martirio bajo persecución. En esa fecha la iglesia de Roma no tenía poder político de ninguna clase: sus miembros eran perseguidos y sus obispos morían mártires.
Es cierto, y el propio libro de los Hechos dice dónde empezó: fue en Antioquía donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos (Hch 11,26). Los nombres fueron apareciendo según hicieron falta. El de católica apareció, precisamente en Antioquía y pocos años después, cuando fue necesario distinguir a la comunidad apostólica de los grupos que se separaban de ella.
El nombre significa universal, y esa universalidad es un mandato de Cristo: a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Aparece documentado en el año 107 en una carta escrita en Antioquía y usado con la naturalidad de lo que ya se conoce.
Y figura en el Credo de Nicea y Constantinopla del año 381, que recitan cada domingo millones de cristianos de muchas confesiones. Quien confiesa creer en la Iglesia una, santa, católica y apostólica está pronunciando la misma palabra que se objeta.
Pregunta de retorno: si el nombre católica fuera una invención de Roma para dominar, ¿cómo aparece ya en el año 107 en una carta escrita en Antioquía por un obispo que iba camino del martirio?
Esta objeción tiene una gran ventaja: es completamente verificable. No depende de interpretar versículos, sino de leer documentos con fecha y ver qué había realmente en aquellas casas.
Y lo que había es lo siguiente. En el año 107, obispos, presbíteros y diáconos, un solo altar, la Eucaristía como carne de Cristo y la expresión Iglesia católica. Entre los años 70 y 90, oraciones eucarísticas fijas, confesión de los pecados antes de la celebración y la palabra sacrificio. En 155, la Misa completa descrita paso a paso, y el culto a las reliquias de un mártir. En 180, la lista de los obispos de Roma desde los apóstoles. En 240, una iglesia con las paredes cubiertas de pinturas.
Aquí verá esa documentación ordenada, y también lo que aquella Iglesia efectivamente no tenía, empezando por algo decisivo: no tenía un Nuevo Testamento definido ni Biblias personales, de modo que resulta imposible que se rigiera por el principio de la Escritura como única regla. Lo dice el propio texto: perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2,42).
La Iglesia primitiva era sencilla: se reunían en casas, leían la Biblia, oraban, compartían el pan y no tenían jerarquías, ni templos, ni sacerdotes, ni imágenes, ni sacramentos, ni oraciones por los muertos. Todo eso llegó después, cuando el cristianismo se corrompió al mezclarse con el imperio. Volver a los orígenes es volver a esa sencillez, no a la estructura católica.
San Ignacio de Antioquía, año 107, escribe a cinco comunidades distintas y en todas da por supuesta la misma estructura: un obispo, un colegio de presbíteros y diáconos. Manda que nada se haga sin el obispo, que solo se tenga por válida la Eucaristía celebrada por él o por su delegado, y afirma que sin esos tres grados no puede hablarse de Iglesia.
En el Nuevo Testamento ya están los elementos: presbíteros designados en cada iglesia (Hch 14,23; Tit 1,5), vigilantes puestos por el Espíritu para pastorear (Hch 20,28), diáconos (Hch 6,1-6; 1 Tim 3,8-13) y requisitos para el oficio (1 Tim 3,1-7).
La Didaché, años 70-90, capítulo 14: reunión en el día del Señor, confesión previa de los pecados, reconciliación con el hermano, y la palabra sacrificio, aplicándole la profecía de Malaquías 1,11.
San Ignacio, 107: se apartan de la Eucaristía quienes no confiesan que es la carne de nuestro Salvador Jesucristo.
San Justino, 155: ese alimento no se toma como pan común ni bebida común, y describe además la estructura completa de la Misa.
San Ireneo, hacia 180, dice que Cristo vino a salvar a todos: infantes, niños, jóvenes y ancianos, y que a todos los regenera para Dios.
San Hipólito, Tradición Apostólica, hacia 215: bautícese primero a los niños; los que puedan hablar por sí mismos, que hablen; por los que no puedan, hablen sus padres o alguien de la familia.
San Cipriano, año 253, en un sínodo de sesenta y seis obispos, resuelve que no hay que esperar al octavo día para bautizar a un recién nacido. La discusión no era si se bautizaba a los niños, sino cuándo. Este punto se desarrolla en el tema 26.
La Didaché 4 y 14: confesar los pecados en la asamblea antes de la oración y del sacrificio.
Tertuliano, hacia 203, en De paenitentia, describe la disciplina penitencial pública para los pecados graves.
San Cipriano, siglo III, en Sobre los caídos, exige confesión y penitencia antes de readmitir a quienes habían apostatado en la persecución.
Inscripciones funerarias de las catacumbas romanas, siglos II y III, con fórmulas de súplica por el descanso del difunto.
Tertuliano, hacia 211, en De corona 3, menciona las ofrendas anuales por los difuntos como costumbre recibida por tradición.
San Agustín, Confesiones IX,13, recoge la petición de su madre Mónica de ser recordada en el altar del Señor.
El Martirio de Policarpo, año 155: la comunidad recoge sus huesos, los considera más valiosos que las piedras preciosas y los deposita en un lugar donde reunirse cada aniversario.
Las catacumbas romanas, siglo II en adelante, con escenas del Buen Pastor, de Jonás, de Daniel y de banquetes eucarísticos.
La casa-iglesia de Dura Europos, hacia el año 240, el edificio cristiano más antiguo conservado, con frescos de escenas bíblicas. Está en plena época de persecución, ochenta años antes de Constantino.
San Clemente Romano, año 96, interviene con autoridad en un conflicto de Corinto, una comunidad que no es la suya y que además está más cerca de Éfeso, donde aún vivía el apóstol Juan.
San Ireneo, hacia 180: con la iglesia de Roma debe concordar toda iglesia, por su origen más excelente, y ofrece la lista de sus obispos desde Lino.
Esta parte suele ser la más útil, porque invierte la carga de la prueba.
El argumento que se sigue es directo: si alguien sostiene que la Iglesia primitiva se parecía a una comunidad que se rige solo por la Biblia, tiene que explicar cómo lo hacía sin Biblia.
Correcto, y nadie los invoca como Escritura. Se invocan como testigos históricos. Si la pregunta es qué creían los cristianos del siglo II, la respuesta solo puede venir de documentos del siglo II. Y quien afirme que creían otra cosa tendría que presentar documentos contemporáneos que lo digan.
Es verdad que hubo problemas desde el principio: Corinto, los gálatas, las siete cartas del Apocalipsis. Pero eso prueba lo contrario de lo que se pretende. La existencia de desviaciones muestra que había una norma reconocida frente a la cual se medían, y que los apóstoles corregían con autoridad. Además, una cosa es que haya pecadores en la Iglesia y otra muy distinta que la Iglesia enseñe error como verdad de fe.
Se reunían en casas porque estaban prohibidos. En cuanto cesó la persecución construyeron templos, como haría cualquier comunidad. Y lo relevante es que dentro de aquellas casas ya había altar, obispo, plegaria eucarística fija y pinturas en las paredes.
La Iglesia de los primeros siglos era pobre y perseguida, y al mismo tiempo tenía obispos, presbíteros y diáconos, un altar, una plegaria eucarística fija, bautismo de niños, confesión, oración por los difuntos, veneración de los mártires, imágenes en sus paredes y una referencia reconocida en la iglesia de Roma.
Todo eso está documentado con nombres y fechas entre los años 90 y 250. Y lo que no tenía era precisamente una Biblia completa en las manos de cada creyente, que es el supuesto sobre el que se apoya la objeción.
Pregunta de retorno: si la Iglesia primitiva se regía únicamente por la Escritura, ¿cómo lo hacía durante los tres siglos en que no existía todavía una lista definida del Nuevo Testamento ni ejemplares al alcance de los fieles?
El primer capítulo de los Hechos responde por sí solo. Al quedar vacante el puesto de Judas, la comunidad no lo deja sin cubrir: Pedro cita el salmo que otro reciba su cargo (Hch 1,20) y eligen a Matías, que fue agregado a los once apóstoles (Hch 1,26). Es decir, el ministerio apostólico se transmite; lo intransferible fue haber visto al Resucitado, no el oficio.
Y el mecanismo está descrito con precisión: lo que me oíste en presencia de muchos testigos, confíalo a hombres fieles, capaces a su vez de enseñar a otros (2 Tim 2,2). Cuatro eslabones. Con un gesto concreto que confiere algo real: no descuides el carisma que hay en ti, que te fue conferido por la imposición de las manos (1 Tim 4,14; cf. 2 Tim 1,6), y con la advertencia de no imponer las manos a nadie precipitadamente (1 Tim 5,22).
Aquí verá el argumento con que Tertuliano retaba a los grupos separados hacia el año 200, la lista de obispos de Roma que San Ireneo publicó en 180, y por qué el criterio de la sola sucesión doctrinal deja una pregunta sin respuesta: quién decide cuál es la doctrina de los apóstoles cuando dos partes afirman tenerla.
Los apóstoles fueron testigos oculares de Cristo y por eso su función era irrepetible: no tuvieron sucesores. Nadie hoy puede reclamar su autoridad. La sucesión apostólica verdadera es la sucesión en la doctrina: es apostólico quien enseña lo mismo que enseñaron los apóstoles, sin necesidad de una cadena de manos impuestas.
Está escrito en el libro de los Salmos: que otro reciba su cargo (Hch 1,20).
La palabra griega que se traduce por cargo es episkopé, de donde viene episcopado. Y la elección se hace con condiciones, con oración y con suerte, y termina con la incorporación formal: fue agregado a los once apóstoles (Hch 1,26).
Si el ministerio fuera intransferible, ese capítulo no tendría sentido. Y conviene notar que quien queda sustituido es Judas, es decir, alguien que falló: el oficio sobrevive a la indignidad de quien lo ocupa.
Cristo prometió estar con los suyos todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Pero los Doce murieron en el siglo I. Si la promesa vale hasta el fin del mundo y los destinatarios murieron, la promesa alcanza necesariamente a quienes continúan su ministerio. Es el argumento que ya usaba San Clemente en el año 96.
San Clemente Romano, hacia el año 96, Carta a los Corintios 42-44. Explica que Cristo fue enviado por el Padre, los apóstoles por Cristo, y que estos, predicando por ciudades y campos, establecieron a los primeros creyentes como obispos y diáconos. Y añade algo decisivo: los apóstoles previeron que habría contiendas por el ministerio y por eso dispusieron que, al morir aquellos, otros hombres probados les sucedieran en su función. El texto es prácticamente contemporáneo del Nuevo Testamento.
San Ireneo, hacia el 180, Contra las herejías III,3,1-3. Sostiene que se puede enumerar a los obispos establecidos por los apóstoles y a sus sucesores hasta el presente, y da la lista de la iglesia de Roma comenzando por Lino, Anacleto, Clemente y así hasta Eleuterio, su contemporáneo. Es la primera lista de sucesión publicada.
Tertuliano, hacia el 200, De praescriptione haereticorum 32, lanza un reto que sigue siendo el argumento más claro: que los grupos separados presenten el origen de sus iglesias, que desplieguen la lista de sus obispos sucediéndose desde el principio, de modo que su primer obispo tenga por predecesor a un apóstol o a un varón apostólico. Y observa que las iglesias apostólicas sí pueden hacerlo.
Hegesipo, hacia el 160, según recoge Eusebio, viajó a Roma y elaboró la lista de la sucesión hasta su tiempo precisamente para comprobar la continuidad de la doctrina.
San Agustín, siglo V, repite el mismo argumento y da la lista romana desde Pedro hasta Anastasio.
La doctrina es imprescindible, y la Iglesia lo enseña: un obispo que abandona la fe recibida no es apostólico aunque su ordenación sea válida. Pero el criterio de la sola doctrina deja abierta la pregunta decisiva: quién determina cuál es la doctrina de los apóstoles cuando dos comunidades afirman ambas tenerla y enseñan lo contrario sobre el bautismo o sobre la Eucaristía.
Ese es exactamente el problema que enfrentaron Ireneo y Tertuliano con los gnósticos, que también decían tener la enseñanza auténtica de los apóstoles. Y la solución que dieron no fue comparar interpretaciones, sino señalar la cadena verificable: en las iglesias donde puede mostrarse la lista de obispos desde los apóstoles está la enseñanza recibida.
Puede discutirse el orden de algunos nombres de los primeros decenios, y los historiadores lo discuten. Pero eso no afecta al hecho central: en el siglo II ya se elaboraban listas, se consideraban un criterio decisivo y se publicaban para ser verificadas por los contemporáneos, que estaban en condiciones de desmentirlas. Nadie las desmintió.
Ver al Resucitado era condición para ser testigo, y eso efectivamente no se hereda. Pero el oficio de enseñar, gobernar y santificar sí se transmitió, y el propio Nuevo Testamento lo muestra en Matías, en Timoteo, en Tito y en los presbíteros de Éfeso llamados vigilantes puestos por el Espíritu Santo.
Es cierto en el caso de las Iglesias orientales, y la Iglesia católica reconoce expresamente la validez de su episcopado y de sus sacramentos (CIC 838; Unitatis Redintegratio 15). Eso no debilita el argumento: lo confirma, porque muestra que la sucesión es un dato histórico comprobable y no una pretensión exclusiva de Roma. Lo que existe entre católicos y ortodoxos es una ruptura de comunión, no una falta de sucesión.
Cuando el puesto de Judas quedó vacante, los apóstoles lo cubrieron. Pablo mandó a Timoteo confiar lo recibido a hombres fieles que a su vez pudieran enseñar a otros. Tito quedó encargado de establecer presbíteros en cada ciudad. Y el gesto que transmitía el ministerio, la imposición de manos, aparece cinco veces en el Nuevo Testamento con la advertencia de no hacerlo a la ligera.
En el año 96 San Clemente escribió que los apóstoles habían previsto sucesores. En 180 San Ireneo publicó la lista. Y hacia el 200 Tertuliano retó a los grupos separados a presentar la suya. Ese reto sigue siendo el modo más simple de plantear la cuestión.
Pregunta de retorno: si el ministerio de los apóstoles era intransferible, ¿por qué lo primero que hizo la Iglesia antes de Pentecostés fue elegir a alguien para ocupar el cargo que había dejado vacante Judas?
Tres textos, y los tres son personales y en singular. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... a ti te daré las llaves del Reino de los cielos (Mt 16,18-19). Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos (Lc 22,31-32): el peligro es para todos, en plural, pero la oración y el encargo son para uno solo. Y apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas (Jn 21,15-17).
La imagen de las llaves no es decorativa. Procede de Isaías 22, donde Dios sustituye al mayordomo del palacio y pone sobre el hombro del nuevo la llave de la casa de David (Is 22,22). Es un cargo de mayordomía, y en ese mismo pasaje el cargo pasa de un titular a otro.
Aquí verá por qué en arameo no cabe la distinción entre Pedro y la piedra; el hecho de que en las cuatro listas de los apóstoles Pedro aparece siempre primero y Judas siempre último, y de que San Mateo escriba el primero, Simón, llamado Pedro (Mt 10,2); qué dicen las excavaciones bajo la basílica vaticana; y por qué la corrección de San Pablo en Antioquía no toca la cuestión.
Pedro era un apóstol más, no un jefe. La roca sobre la que Cristo edifica no es Pedro sino la confesión de fe que acababa de hacer, o Cristo mismo, porque la Escritura dice que nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo (1 Cor 3,11). Además Pablo lo reprendió en público (Gal 2,11), él mismo se llamó simplemente copresbítero (1 Pe 5,1), y no hay ninguna prueba de que estuviera en Roma ni de que dejara sucesores con poder universal.
Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16,17-19).
Obsérvese que todo el pasaje está en segunda persona del singular y dirigido a un nombre propio: bienaventurado eres tú, tú eres Pedro, a ti te daré. No hay manera de leerlo como dirigido al grupo.
El argumento del arameo. Jesús hablaba arameo, y en esa lengua la palabra es kefá, roca, tanto para el nombre como para el fundamento: tú eres Kefá y sobre esta kefá edificaré. No cabe distinción. La diferencia entre Pétros y pétra en el texto griego se explica por concordancia gramatical, ya que pétra es femenino y no podía servir de nombre a un varón. Que el nombre original era arameo lo confirma el propio Evangelio: tú te llamarás Cefas, que quiere decir Piedra (Jn 1,42), y San Pablo lo llama Cefas repetidamente (1 Cor 1,12; 3,22; 9,5; 15,5; Gal 1,18; 2,9.11.14).
El cambio de nombre. En la Biblia, cuando Dios cambia el nombre de alguien, le confiere una misión: Abram pasa a ser Abraham (Gn 17,5), Jacob pasa a ser Israel (Gn 32,29), Saray pasa a ser Sara (Gn 17,15). El cambio de Simón a Kefá pertenece a esa serie.
Las llaves. La imagen procede de Isaías 22,20-22, donde Dios depone al mayordomo Sobná y pone en su lugar a Eliaquim: pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá. Dos detalles importan. El primero: es el cargo del mayordomo del rey, que gobierna la casa en nombre del monarca ausente. El segundo: en ese mismo pasaje el cargo pasa de un titular a otro, lo cual muestra que se trata de un oficio con sucesión y no de un privilegio personal.
Es uno de los textos más finos y suele pasar desapercibido en la traducción. Jesús dice que Satanás os ha reclamado, en plural, para cribar a todos. Pero acto seguido: yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.
La amenaza es para el grupo; la oración de Cristo y el encargo de confirmar en la fe son para uno solo. Y lo dice sabiendo que ese mismo hombre iba a negarlo esa misma noche, lo cual demuestra que el encargo no dependía de sus méritos.
Después de la Resurrección, Jesús pregunta tres veces a Pedro si lo ama y tres veces le encarga el rebaño: apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas, apacienta mis ovejas. Es una restitución tras las tres negaciones y, a la vez, un encargo universal: no le confía una parte del rebaño, sino el rebaño.
Y conviene notar de quién es el rebaño: dice mis ovejas. Pedro es pastor de un rebaño ajeno, en nombre de otro. Eso es exactamente lo que significa vicario.
Los datos son acumulativos y por eso convencen más juntos que por separado:
El arameo no permite esa distinción, como se ha visto. Y aunque se leyera así, el versículo siguiente seguiría siendo personal: a ti te daré las llaves. Las llaves no se entregan a una confesión de fe.
En cuanto a que el único fundamento es Cristo (1 Cor 3,11), es verdad en sentido primero y absoluto. Pero la Escritura usa la imagen del fundamento también en sentido derivado: edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús (Ef 2,20), y las murallas de la Jerusalén celestial tienen doce cimientos con los nombres de los doce apóstoles (Ap 21,14). Que Cristo sea el fundamento no impide que constituya a otros como fundamento derivado, del mismo modo que ser el único Pastor (Jn 10,11) no le impidió encargar a Pedro que pastoreara.
La reprensión fue por su conducta, no por su doctrina: Pedro se apartaba de comer con los gentiles por temor a los circuncisos, contradiciendo con su comportamiento lo que él mismo había defendido en el concilio. La doctrina que Pablo defiende es precisamente la que Pedro había proclamado en Hechos 15,7-11.
Y una corrección fraterna no niega un cargo. Se puede reprender a un padre o a un superior sin dejar de reconocer su autoridad. De hecho, el episodio muestra lo contrario de lo que se pretende: si Pedro hubiera sido un apóstol más, su ejemplo no habría arrastrado a los demás, y Pablo no habría tenido que corregirlo públicamente. Lo hizo porque su conducta pesaba.
Es una expresión de humildad, exactamente del mismo estilo que la de los papas al firmar como siervo de los siervos de Dios, título que usa la Iglesia desde San Gregorio Magno. Y en esa misma carta Pedro ejerce autoridad: da instrucciones a los presbíteros sobre cómo pastorear el rebaño (1 Pe 5,2-4) y escribe a comunidades enteras de cinco provincias que no había fundado él (1 Pe 1,1).
Es una afirmación histórica, y la historia responde. En la Escritura hay un indicio: os saluda la que está en Babilonia (1 Pe 5,13), y Babilonia era el nombre cifrado de Roma en la literatura cristiana y judía de la época, como se ve en el Apocalipsis (Ap 17,5.9.18).
Fuera de la Escritura, el testimonio es unánime y temprano: San Clemente hacia el 96 alude al martirio de Pedro y Pablo en Roma; San Ignacio en 107 escribe a los romanos mencionando a ambos apóstoles como referencia de esa iglesia; San Ireneo hacia el 180 dice que Pedro y Pablo fundaron y organizaron la iglesia de Roma; el presbítero Cayo, hacia el 200, habla de los trofeos, es decir, las tumbas, de los apóstoles en el Vaticano y en la vía Ostiense.
Y a ello se añaden las excavaciones realizadas bajo la basílica de San Pedro entre 1939 y 1968, que sacaron a la luz una necrópolis del siglo I, un monumento funerario del siglo II conocido como trofeo de Gayo, y un muro con grafitos, entre ellos una inscripción griega que se lee Petros eni, Pedro está aquí.
No hay ninguna ciudad antigua que haya reclamado tener la tumba de Pedro fuera de Roma.
San Clemente Romano, año 96, interviene con autoridad en el conflicto de Corinto, una comunidad ajena a su ciudad, y pide obediencia a lo que escribe. Lo hace viviendo aún el apóstol Juan en Éfeso, que estaba mucho más cerca.
San Ignacio de Antioquía, 107, se dirige a la iglesia de Roma con un encabezamiento singularmente honorífico entre todas sus cartas y dice que preside en la caridad.
San Ireneo, hacia 180, Contra las herejías III,3,2: por su origen más excelente es necesario que con esta iglesia concuerde toda iglesia, y a continuación ofrece la lista de sus obispos.
San Cipriano, hacia 251, Sobre la unidad de la Iglesia: habla de la cátedra de Pedro y de la iglesia principal, de donde nació la unidad sacerdotal.
El Concilio de Calcedonia, año 451, tras leerse la carta del papa León Magno, acoge su contenido con la aclamación de que Pedro ha hablado por boca de León.
Cristo cambió el nombre de Simón por el de Roca, le prometió edificar sobre él, le entregó las llaves con la imagen del mayordomo de Isaías 22, rogó por su fe en particular cuando la amenaza era para todos, y le encargó apacentar el rebaño entero después de la Resurrección.
En los Hechos aparece dirigiendo, hablando, decidiendo y zanjando. En el año 96 la iglesia de Roma interviene con autoridad en un conflicto ajeno. En 180 se publica la lista de sus obispos. Y bajo el altar de la basílica vaticana hay una necrópolis del siglo I con un monumento venerado y una inscripción que dice que Pedro está allí.
Pregunta de retorno: si Pedro era un apóstol más, ¿por qué Cristo, sabiendo que esa misma noche iba a negarlo, rogó precisamente por su fe cuando el peligro amenazaba a todos, y le encargó a él confirmar a sus hermanos?
Esta lista no es un dato curioso: es la prueba documental del tema 23 y del tema 24, puesta por escrito. Hacia el año 180, San Ireneo ya publicó la sucesión de los obispos de Roma desde los apóstoles hasta su tiempo, y hacia el 200 Tertuliano retó a las comunidades separadas a presentar la suya.
Ese reto sigue siendo el modo más simple de plantear la cuestión, y lo que sigue es la respuesta católica a él. Ninguna otra comunidad cristiana, con la excepción de las Iglesias orientales respecto de sus propias sedes patriarcales, puede presentar una cadena semejante.
Y hay una lectura complementaria que conviene señalar. En esta lista hay santos y hay papas indignos; hay hombres de una talla extraordinaria y hombres de los que la Iglesia se avergüenza. Eso también es un argumento, aunque de otro tipo: una institución sostenida solo por la calidad de sus dirigentes no habría llegado al siglo XI. Cristo prometió que las puertas del Hades no prevalecerían (Mt 16,18), y no prometió que todos los sucesores de Pedro fueran dignos de él. El propio Pedro lo negó tres veces.
Casi todos los de este período murieron mártires, y ninguno gobernó una institución poderosa: dirigían una comunidad perseguida y clandestina.
1. San Pedro (hasta el 64 o 67) · 2. San Lino (67-76) · 3. San Anacleto (76-88) · 4. San Clemente I (88-97) · 5. San Evaristo (97-105) · 6. San Alejandro I (105-115) · 7. San Sixto I (115-125) · 8. San Telesforo (125-136) · 9. San Higinio (136-140) · 10. San Pío I (140-155)
11. San Aniceto (155-166) · 12. San Sotero (166-175) · 13. San Eleuterio (175-189) · 14. San Víctor I (189-199) · 15. San Ceferino (199-217) · 16. San Calixto I (217-222) · 17. San Urbano I (222-230) · 18. San Ponciano (230-235) · 19. San Antero (235-236) · 20. San Fabián (236-250)
21. San Cornelio (251-253) · 22. San Lucio I (253-254) · 23. San Esteban I (254-257) · 24. San Sixto II (257-258) · 25. San Dionisio (259-268) · 26. San Félix I (269-274) · 27. San Eutiquiano (275-283) · 28. San Cayo (283-296) · 29. San Marcelino (296-304) · 30. San Marcelo I (308-309)
31. San Eusebio (309 o 310) · 32. San Melquíades (311-314)
33. San Silvestre I (314-335) · 34. San Marcos (336) · 35. San Julio I (337-352) · 36. Liberio (352-366) · 37. San Dámaso I (366-384) · 38. San Siricio (384-399) · 39. San Anastasio I (399-401) · 40. San Inocencio I (401-417)
41. San Zósimo (417-418) · 42. San Bonifacio I (418-422) · 43. San Celestino I (422-432) · 44. San Sixto III (432-440) · 45. San León I Magno (440-461) · 46. San Hilario (461-468) · 47. San Simplicio (468-483) · 48. San Félix III (483-492) · 49. San Gelasio I (492-496) · 50. Anastasio II (496-498)
51. San Símaco (498-514) · 52. San Hormisdas (514-523) · 53. San Juan I (523-526) · 54. San Félix IV (526-530) · 55. Bonifacio II (530-532) · 56. Juan II (533-535) · 57. San Agapito I (535-536) · 58. San Silverio (536-537) · 59. Vigilio (537-555) · 60. Pelagio I (556-561)
61. Juan III (561-574) · 62. Benedicto I (575-579) · 63. Pelagio II (579-590) · 64. San Gregorio I Magno (590-604)
65. Sabiniano (604-606) · 66. Bonifacio III (607) · 67. San Bonifacio IV (608-615) · 68. San Adeodato I (615-618) · 69. Bonifacio V (619-625) · 70. Honorio I (625-638) · 71. Severino (640) · 72. Juan IV (640-642) · 73. Teodoro I (642-649) · 74. San Martín I (649-655)
75. San Eugenio I (654-657) · 76. San Vitaliano (657-672) · 77. Adeodato II (672-676) · 78. Dono (676-678) · 79. San Agatón (678-681) · 80. San León II (682-683) · 81. San Benedicto II (684-685) · 82. Juan V (685-686) · 83. Conón (686-687) · 84. San Sergio I (687-701)
85. Juan VI (701-705) · 86. Juan VII (705-707) · 87. Sisinio (708) · 88. Constantino (708-715) · 89. San Gregorio II (715-731) · 90. San Gregorio III (731-741) · 91. San Zacarías (741-752) · 92. Esteban II [III] (752-757) · 93. San Pablo I (757-767) · 94. Esteban III [IV] (768-772)
95. Adriano I (772-795) · 96. San León III (795-816) · 97. Esteban IV [V] (816-817) · 98. San Pascual I (817-824) · 99. Eugenio II (824-827) · 100. Valentín (827) · 101. Gregorio IV (827-844) · 102. Sergio II (844-847) · 103. San León IV (847-855) · 104. Benedicto III (855-858)
105. San Nicolás I Magno (858-867) · 106. Adriano II (867-872) · 107. Juan VIII (872-882) · 108. Marino I (882-884) · 109. San Adriano III (884-885) · 110. Esteban V [VI] (885-891) · 111. Formoso (891-896) · 112. Bonifacio VI (896) · 113. Esteban VI [VII] (896-897) · 114. Romano (897)
115. Teodoro II (897) · 116. Juan IX (898-900) · 117. Benedicto IV (900-903) · 118. León V (903) · 119. Sergio III (904-911) · 120. Anastasio III (911-913) · 121. Landón (913-914) · 122. Juan X (914-928) · 123. León VI (928) · 124. Esteban VII [VIII] (928-931)
125. Juan XI (931-935) · 126. León VII (936-939) · 127. Esteban VIII [IX] (939-942) · 128. Marino II (942-946) · 129. Agapito II (946-955) · 130. Juan XII (955-964) · 131. León VIII (963-965) · 132. Benedicto V (964-966) · 133. Juan XIII (965-972) · 134. Benedicto VI (973-974)
135. Benedicto VII (974-983) · 136. Juan XIV (983-984) · 137. Juan XV (985-996) · 138. Gregorio V (996-999) · 139. Silvestre II (999-1003) · 140. Juan XVII (1003) · 141. Juan XVIII (1004-1009) · 142. Sergio IV (1009-1012) · 143. Benedicto VIII (1012-1024) · 144. Juan XIX (1024-1032)
145. Benedicto IX (1032-1044) · 146. Silvestre III (1045) · 147. Benedicto IX, segunda vez (1045) · 148. Gregorio VI (1045-1046) · 149. Clemente II (1046-1047) · 150. Benedicto IX, tercera vez (1047-1048) · 151. Dámaso II (1048)
Este período incluye el Gran Cisma de Oriente en 1054, las cruzadas, el traslado a Aviñón y el Cisma de Occidente. Es la etapa con más luces y más sombras de toda la lista.
152. San León IX (1049-1054) · 153. Víctor II (1055-1057) · 154. Esteban IX [X] (1057-1058) · 155. Nicolás II (1059-1061) · 156. Alejandro II (1061-1073) · 157. San Gregorio VII (1073-1085) · 158. Beato Víctor III (1086-1087) · 159. Beato Urbano II (1088-1099) · 160. Pascual II (1099-1118)
161. Gelasio II (1118-1119) · 162. Calixto II (1119-1124) · 163. Honorio II (1124-1130) · 164. Inocencio II (1130-1143) · 165. Celestino II (1143-1144) · 166. Lucio II (1144-1145) · 167. Beato Eugenio III (1145-1153) · 168. Anastasio IV (1153-1154) · 169. Adriano IV (1154-1159) · 170. Alejandro III (1159-1181)
171. Lucio III (1181-1185) · 172. Urbano III (1185-1187) · 173. Gregorio VIII (1187) · 174. Clemente III (1187-1191) · 175. Celestino III (1191-1198) · 176. Inocencio III (1198-1216) · 177. Honorio III (1216-1227) · 178. Gregorio IX (1227-1241) · 179. Celestino IV (1241) · 180. Inocencio IV (1243-1254)
181. Alejandro IV (1254-1261) · 182. Urbano IV (1261-1264) · 183. Clemente IV (1265-1268) · 184. Beato Gregorio X (1271-1276) · 185. Beato Inocencio V (1276) · 186. Adriano V (1276) · 187. Juan XXI (1276-1277) · 188. Nicolás III (1277-1280) · 189. Martín IV (1281-1285) · 190. Honorio IV (1285-1287)
191. Nicolás IV (1288-1292) · 192. San Celestino V (1294) · 193. Bonifacio VIII (1294-1303) · 194. Beato Benedicto XI (1303-1304) · 195. Clemente V (1305-1314) · 196. Juan XXII (1316-1334) · 197. Benedicto XII (1334-1342) · 198. Clemente VI (1342-1352) · 199. Inocencio VI (1352-1362) · 200. Beato Urbano V (1362-1370)
201. Gregorio XI (1370-1378) · 202. Urbano VI (1378-1389) · 203. Bonifacio IX (1389-1404) · 204. Inocencio VII (1404-1406) · 205. Gregorio XII (1406-1415) · 206. Martín V (1417-1431) · 207. Eugenio IV (1431-1447) · 208. Nicolás V (1447-1455) · 209. Calixto III (1455-1458) · 210. Pío II (1458-1464)
211. Pablo II (1464-1471) · 212. Sixto IV (1471-1484) · 213. Inocencio VIII (1484-1492) · 214. Alejandro VI (1492-1503) · 215. Pío III (1503)
216. Julio II (1503-1513) · 217. León X (1513-1521) · 218. Adriano VI (1522-1523) · 219. Clemente VII (1523-1534) · 220. Pablo III (1534-1549) · 221. Julio III (1550-1555) · 222. Marcelo II (1555) · 223. Pablo IV (1555-1559) · 224. Pío IV (1559-1565) · 225. San Pío V (1566-1572)
226. Gregorio XIII (1572-1585) · 227. Sixto V (1585-1590) · 228. Urbano VII (1590) · 229. Gregorio XIV (1590-1591) · 230. Inocencio IX (1591) · 231. Clemente VIII (1592-1605) · 232. León XI (1605) · 233. Pablo V (1605-1621) · 234. Gregorio XV (1621-1623) · 235. Urbano VIII (1623-1644)
236. Inocencio X (1644-1655) · 237. Alejandro VII (1655-1667) · 238. Clemente IX (1667-1669) · 239. Clemente X (1670-1676) · 240. Beato Inocencio XI (1676-1689) · 241. Alejandro VIII (1689-1691) · 242. Inocencio XII (1691-1700) · 243. Clemente XI (1700-1721) · 244. Inocencio XIII (1721-1724) · 245. Benedicto XIII (1724-1730)
246. Clemente XII (1730-1740) · 247. Benedicto XIV (1740-1758) · 248. Clemente XIII (1758-1769) · 249. Clemente XIV (1769-1774) · 250. Pío VI (1775-1799) · 251. Pío VII (1800-1823) · 252. León XII (1823-1829) · 253. Pío VIII (1829-1830) · 254. Gregorio XVI (1831-1846) · 255. Beato Pío IX (1846-1878)
256. León XIII (1878-1903) · 257. San Pío X (1903-1914) · 258. Benedicto XV (1914-1922) · 259. Pío XI (1922-1939) · 260. Pío XII (1939-1958) · 261. San Juan XXIII (1958-1963) · 262. San Pablo VI (1963-1978) · 263. Juan Pablo I (1978) · 264. San Juan Pablo II (1978-2005) · 265. Benedicto XVI (2005-2013)
266. Francisco (2013-2025) · 267. León XIV, desde el 8 de mayo de 2025.
No conviene recitarla, porque nadie escucha doscientos sesenta y siete nombres. Lo eficaz es formular la pregunta que la lista responde, que es la de Tertuliano hacia el año 200: que cada comunidad presente el origen de sus iglesias y despliegue la lista de sus responsables hasta llegar a un apóstol.
Y añadir después los tres datos que la sostienen: que San Ireneo publicó la lista romana en el año 180, que Hegesipo la había recogido hacia el 160 viajando expresamente a Roma para comprobarla, y que las excavaciones bajo la basílica vaticana entre 1939 y 1968 sacaron a la luz una necrópolis del siglo I con un monumento funerario y un grafito que dice Petros eni, Pedro está aquí.
Pregunta de retorno: si la sucesión apostólica fuera irrelevante, ¿por qué los cristianos del siglo II se tomaron el trabajo de viajar a Roma para verificar la lista de sus obispos y publicarla como criterio de la fe verdadera?