Este bloque toca la pregunta que más importa, y conviene abordarlo sin espíritu de disputa. Buena parte del desacuerdo aquí no procede de leer versículos distintos, sino de un malentendido sobre lo que la Iglesia afirma. La Iglesia católica condenó formalmente la idea de que el hombre pueda merecer la salvación por sus propias fuerzas, y lo hizo en el año 418 y de nuevo en 529, mil años antes de que existiera controversia alguna sobre este punto.
Abre una pregunta para ver el resumen. Dentro está la respuesta completa, con la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Catecismo.
Hay un dato que suele decidir esta conversación: la expresión solo la fe aparece una única vez en toda la Biblia, y aparece para negarla. Veis cómo el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe (Sant 2,24). Y unos versículos antes, Santiago añade algo todavía más incómodo: tú crees que hay un solo Dios; haces bien. También los demonios lo creen, y tiemblan (Sant 2,19).
Conviene además leer el versículo siguiente al que se cita. Efesios 2,8-9 y 2,10 son un solo párrafo: somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para las buenas obras que Dios preparó de antemano para que las practicáramos (Ef 2,10). San Pablo excluye las obras como causa de la salvación y en la misma frase las presenta como su finalidad.
Aquí verá qué obras son exactamente las que San Pablo niega, que son las de la Ley mosaica en el contexto de la polémica sobre la circuncisión; verá la escena del juicio final, donde la sentencia se pronuncia sobre obras muy concretas (Mt 25,31-46); y verá también un documento de 1999 firmado conjuntamente por la Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial que reconoce un consenso sobre las verdades fundamentales de este asunto.
La Escritura no puede ser más clara: por la gracia habéis sido salvados mediante la fe, y esto no viene de vosotros, es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe (Ef 2,8-9). Y también: el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley (Rom 3,28). La Iglesia católica enseña que hay que ganarse el cielo con misas, penitencias, limosnas y sacrificios, lo cual convierte la salvación en un salario y anula la gratuidad de la cruz.
El Catecismo lo formula sin ambigüedad: la gracia es una participación en la vida de Dios que sobrepasa absolutamente las fuerzas de la inteligencia y de la voluntad humanas, y la iniciativa es siempre de Dios (CIC 1996-1998).
¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle esa fe?... Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta... Veis cómo el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe (Sant 2,14.17.24).
Es el único lugar de toda la Escritura donde aparece la fórmula, y es para excluirla. Y Santiago razona con dos ejemplos: Abraham, que fue justificado al ofrecer a su hijo (Sant 2,21), y Rahab, por lo que hizo con los mensajeros (Sant 2,25). Concluye con una imagen que no admite discusión: como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta (Sant 2,26).
Y antes ha puesto el ejemplo que desarma la fe puramente intelectual: los demonios creen que hay un solo Dios, y su fe no les sirve de nada (Sant 2,19).
El texto que se cita en la objeción no termina donde suele cortarse:
Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos (Ef 2,8-10).
San Pablo excluye las obras como causa de la salvación, porque es un don gratuito, y en la misma frase las señala como finalidad: fuimos creados para practicarlas. La Iglesia enseña exactamente eso: las obras no compran la salvación, brotan de ella.
La escena más solemne del Evangelio sobre el destino eterno no menciona una profesión de fe, sino acciones concretas:
Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme (Mt 25,35-36).
Y la sentencia contraria se funda en la omisión de esas mismas obras (Mt 25,41-45). Cualquier explicación del juicio tiene que dar cuenta de este pasaje.
Esta es la clave para armonizar a Pablo con Santiago, y no es una salida forzada: está en el contexto de las propias cartas.
Romanos y Gálatas se escriben en plena polémica con los judaizantes, que exigían a los conversos gentiles la circuncisión y la observancia de la Ley mosaica. Por eso la expresión que Pablo usa no es simplemente obras, sino obras de la ley: el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley (Rom 3,28); el hombre no se justifica por las obras de la ley (Gal 2,16).
Y los ejemplos que discute son los propios de esa controversia: la circuncisión (Rom 4,9-12; Gal 5,2-6), las prescripciones alimentarias, la observancia de días y meses (Gal 4,10). En ningún momento está diciendo que dar de comer al hambriento sea indiferente para la salvación, cosa que además contradiría lo que él mismo escribe en Romanos 2,6-7.
Santiago, en cambio, no habla de la Ley mosaica sino de la caridad concreta: si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: id en paz, calentaos y hartaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (Sant 2,15-16).
No hay contradicción: hablan de cosas distintas. Pablo niega que se pueda comprar la entrada; Santiago niega que se pueda quedar dentro sin vivir en consecuencia.
Es interesante porque los dos apóstoles usan al mismo personaje para conclusiones aparentemente opuestas.
San Pablo cita Génesis 15,6: creyó Abraham a Dios y le fue reputado como justicia (Rom 4,3), y subraya que eso ocurrió antes de la circuncisión, que llega en Génesis 17. Su argumento es que la justificación no vino de la Ley.
Santiago cita el mismo versículo, pero lo enlaza con Génesis 22, el sacrificio de Isaac: ¿no fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?... y así se cumplió la Escritura que dice: creyó Abraham (Sant 2,21-23).
Leídos juntos, el retrato es completo: la fe de Abraham lo justificó, y esa fe se acreditó y llegó a su plenitud en la obediencia. Es una sola cosa vista en dos momentos.
En 1999, la Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial firmaron en Augsburgo la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación, en la que ambas partes reconocieron un consenso en las verdades fundamentales de esta doctrina: que la salvación es enteramente don de la gracia de Dios, recibido por la fe, y que las buenas obras son fruto y no causa de la justificación. El Consejo Metodista Mundial se adhirió en 2006, y comuniones anglicanas y reformadas lo han hecho después.
Esto no significa que hayan desaparecido todas las diferencias, y el propio documento lo dice. Pero es un dato útil en una conversación, porque muestra que la caricatura de una Iglesia que enseña a comprar el cielo no la sostienen hoy ni siquiera quienes históricamente formularon la objeción.
El texto no dice eso. Dice que la fe sin obras no puede salvar (Sant 2,14) y que está muerta (Sant 2,17.26). Una fe muerta no es una fe verdadera que aún no se ha demostrado: es una fe que ya no vive. Y la pregunta que abre el pasaje no es cómo se demuestra la fe, sino si esa fe puede salvar.
Al revés: las obras del cristiano son posibles porque Cristo bastó. Son fruto de la gracia, no un añadido que la complete. San Pablo lo dice de sí mismo con precisión: he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Cor 15,10). Y Jesús: sin mí no podéis hacer nada (Jn 15,5).
Es un caso que la Iglesia recuerda con gratitud, y muestra que Dios puede salvar en un instante. Pero conviene notar lo que hizo aquel hombre en sus últimos minutos: reconoció su culpa, defendió públicamente la inocencia de Cristo delante de todos y le pidió el Reino (Lc 23,40-42). Es, en condiciones extremas, todo lo que podía hacer. Y a quien tiene una vida por delante se le pide lo que puede hacer con ella.
La Iglesia enseña que se puede y se debe tener esperanza cierta y confianza filial, sin caer en la presunción de la certeza absoluta ni en la desesperación. Es lo que dice San Pablo cuando manda trabajar la salvación con temor y temblor (Flp 2,12) y a la vez afirma que nada podrá separarnos del amor de Dios (Rom 8,38-39). Ese punto se trata en el tema siguiente.
La salvación es enteramente don de Dios y nadie la merece. Eso lo enseña la Iglesia y lo definió Trento con esas palabras.
Y al mismo tiempo, la única vez que la Escritura emplea la expresión solo la fe es para negarla, el juicio final se describe sobre obras concretas, y el mismo San Pablo que excluye las obras de la ley escribe que Dios dará a cada cual según sus obras y que lo que vale es la fe que actúa por la caridad.
No son dos doctrinas. Son las dos caras de una misma: la gracia salva, y la gracia que salva de verdad se pone a trabajar.
Pregunta de retorno: si la fe sola bastara, ¿por qué el único texto de la Biblia que usa esa expresión, Santiago 2,24, la niega expresamente, y por qué advierte que también los demonios creen y tiemblan?
San Pablo, que escribió los dos textos de la objeción, escribió también esto sobre sí mismo: golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo proclamado a otros, resulte yo mismo descalificado (1 Cor 9,27). Y advirtió a los corintios: el que crea estar en pie, mire no caiga (1 Cor 10,12). A los gálatas les dijo algo aún más directo: os habéis desligado de Cristo... habéis caído de la gracia (Gal 5,4).
Y Jesús usó una imagen inequívoca: todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta... el que no permanece en mí es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego (Jn 15,2.6). Un sarmiento cortado estaba antes unido a la vid.
La promesa de Juan 10,28 dice que nadie arrebatará las ovejas de la mano de Cristo, y es verdad: ninguna fuerza exterior puede hacerlo. Lo que no dice es que la oveja no pueda irse por su propio pie. Aquí verá esa distinción, más de una docena de textos que suponen la posibilidad de caer, y por qué la Iglesia enseña a la vez confianza filial y vigilancia.
Quien ha sido salvado lo está para siempre. Jesús lo prometió: yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano (Jn 10,28). Y San Pablo asegura que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios (Rom 8,38-39). Vivir con miedo de perder la salvación es no confiar en la obra de Cristo y volver a poner la salvación en manos del propio esfuerzo.
Golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado (1 Cor 9,27).
El término griego adókimos significa reprobado, no apto, rechazado tras el examen. Y quien lo escribe es el apóstol que había sido arrebatado hasta el tercer cielo (2 Cor 12,2). Si él consideraba posible su propia descalificación, la posibilidad existe.
En la misma carta advierte a la comunidad recordando el ejemplo de Israel en el desierto, que había recibido todos los dones y sin embargo cayó, y concluye: el que crea estar en pie, mire no caiga (1 Cor 10,12).
A ello se añade el ejemplo más elocuente: Judas fue elegido personalmente por Cristo, recibió el poder de expulsar demonios y de curar (Mt 10,1-4), y se perdió.
El verbo griego es harpázo, arrebatar por la fuerza. La promesa afirma que ninguna potencia exterior, ni el demonio, ni la persecución, ni la muerte, puede arrancar a la oveja de las manos de Cristo. Es una promesa inmensa, y la Iglesia la sostiene entera.
Lo que el texto no afirma es que la oveja no pueda alejarse por sí misma. Y el mismo evangelista recoge la advertencia sobre el sarmiento que no permanece (Jn 15,6) y la condición que la acompaña: permaneced en mí (Jn 15,4). Una condición solo se formula cuando cabe no cumplirla.
Léase la lista completa de lo que San Pablo enumera: la muerte, la vida, los ángeles, los principados, lo presente, lo futuro, las potestades, la altura, la profundidad y ninguna otra criatura. Está describiendo realidades exteriores al creyente.
Y hay un detalle decisivo: en esa lista no aparece uno mismo. El amor de Dios no falla nunca; lo que puede fallar es la respuesta. Por eso el mismo Pablo, dos capítulos después, advierte a los gentiles injertados en el olivo: no te engrías; teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará... de lo contrario, también tú serás cortado (Rom 11,20-22).
Conviene no dejar el tema en la advertencia, porque la enseñanza católica no es una doctrina del miedo.
La Iglesia enseña que el cristiano debe vivir en esperanza cierta, confiando en que Dios es fiel y que su gracia no falta nunca. Lo que niega es la certeza absoluta y presuntuosa de estar ya salvado hagamos lo que hagamos, porque eso convertiría la libertad en algo irrelevante.
Y enseña las dos cosas juntas, igual que San Pablo: temor y temblor por la salvación (Flp 2,12) y confianza en que nada nos separará del amor de Dios (Rom 8,39). No son contradictorias: la primera mira a nuestra fragilidad y la segunda a la fidelidad de Dios.
El Catecismo condena expresamente los dos extremos: la presunción, que espera salvarse sin conversión, y la desesperación, que niega que Dios pueda salvar (CIC 2091-2092).
Es una explicación posible, pero hay que ver qué precio tiene. Obliga a leer Hebreos 6,4-6 sosteniendo que quienes fueron iluminados, gustaron el don celestial y se hicieron partícipes del Espíritu Santo en realidad nunca lo fueron. Y obliga a leer Gálatas 5,4 diciendo que quienes cayeron de la gracia nunca estuvieron en ella.
Además vuelve la doctrina imposible de verificar: nadie podría saber jamás si su fe presente es la auténtica o la que después resultará no haberlo sido. Con lo cual la seguridad que se pretendía ganar desaparece.
La vigilancia no es miedo. Un padre que conduce con cuidado no vive angustiado: vive atento porque lleva algo valioso. Y Cristo mandó vigilar repetidamente: velad, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25,13); estad en vela y orad (Mc 13,33).
Lo que sí sería miedo es la incertidumbre de quien no tiene remedio si cae. El católico lo tiene: la confesión está siempre abierta.
Depende de la gracia, que es de Dios, y de la libertad, que Dios mismo nos dio y respeta. Negar que la libertad pueda decir que no supone negar que sea libertad. Y la Escritura la supone en todas partes: mira que pongo delante de ti la vida y la muerte; escoge la vida (Dt 30,19).
Nadie puede arrebatar a la oveja de la mano de Cristo, y esa promesa es firme. Pero la oveja tiene patas, y la Escritura advierte una y otra vez sobre lo que ocurre cuando se aleja: el sarmiento cortado, el que cae de la gracia, el que naufraga en la fe, el que se retira en la hora de la prueba.
San Pablo, que escribió que nada nos separará del amor de Dios, escribió también que temía resultar descalificado él mismo. Las dos cosas caben en la misma carta porque miran a cosas distintas: la fidelidad de Dios, que nunca falla, y la libertad del hombre, que puede fallar y para la cual existe siempre el camino de vuelta.
Pregunta de retorno: si la salvación no pudiera perderse, ¿por qué San Pablo escribió que temía resultar descalificado, y por qué advirtió a los gálatas que habían caído de la gracia?
El punto de partida son dos afirmaciones que casi nadie discute. La primera: nada profano entrará en ella (Ap 21,27), y sin la santificación nadie verá al Señor (Heb 12,14). La segunda: casi nadie muere en estado de perfección. Entre esas dos afirmaciones hay una distancia, y el purgatorio es el nombre que la Iglesia da al modo en que Dios la salva.
Y hay un texto de San Pablo que describe exactamente esa situación: la obra de cada uno será probada por el fuego, y si la obra de alguno queda abrasada, sufrirá el daño; él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego (1 Cor 3,15). Alguien que sufre daño y sin embargo se salva no está en el infierno, porque se salva, ni ha entrado todavía en la gloria, porque sufre.
Aquí verá que el purgatorio no es un tercer destino sino la antesala del cielo: todos los que están allí se salvan, sin excepción. Verá la distinción bíblica entre la culpa perdonada y la consecuencia que permanece, con el caso de David (2 Sam 12,13-14); y verá que la costumbre de orar por los difuntos está grabada en las paredes de las catacumbas del siglo II, mucho antes de que existiera la palabra.
La palabra purgatorio no aparece en toda la Biblia. Además, la sangre de Jesucristo nos purifica de todo pecado (1 Jn 1,7), de modo que si su sacrificio fue suficiente no hace falta ninguna purificación posterior. Y San Pablo dice que estar ausentes del cuerpo es estar presentes ante el Señor (2 Cor 5,8): al morir se va al cielo o al infierno, no hay tercer lugar. El purgatorio se inventó en la Edad Media para vender indulgencias.
La pregunta que sigue es simple y honesta: quien muere en gracia de Dios pero con apegos, rencores no del todo soltados, faltas leves sin arrepentir, ¿entra así en la presencia de Dios, o Dios lo purifica primero? La segunda respuesta es la católica, y no añade nada a la obra de Cristo: es la obra de Cristo aplicándose hasta el final.
Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno o paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual la probará el fuego. Aquel cuya obra construida sobre el cimiento resista, recibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego (1 Cor 3,11-15).
Analícese la situación descrita. Se trata de alguien que ha construido sobre Cristo, es decir, un creyente. Su obra no resiste la prueba y sufre un daño. Y sin embargo queda a salvo, atravesando el fuego.
Eso no puede ser el infierno, porque de allí nadie sale a salvo. Y no puede ser la entrada directa en la gloria, porque hay daño y hay fuego. Es exactamente lo que la Iglesia llama purificación final.
Este es el fundamento que hace inteligible todo el tema, y está claramente en la Escritura.
Dijo David a Natán: he pecado contra el Señor. Y Natán respondió: también el Señor ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero, ya que con este asunto has ultrajado al Señor, el hijo que te ha nacido morirá (2 Sam 12,13-14).
El pecado queda perdonado, y sin embargo la consecuencia permanece. Lo mismo ocurre con Moisés, perdonado y a la vez privado de entrar en la tierra prometida (Núm 20,12; Dt 34,4), y con Adán y Eva, cuyo perdón no evitó el trabajo, el dolor y la muerte (Gn 3,16-19).
Cualquiera lo experimenta: quien se confiesa de haber calumniado a otro recibe el perdón, y el daño causado sigue ahí y hay que repararlo. El purgatorio es esa lógica llevada al final: la culpa perdonada por Cristo, y las consecuencias interiores sanadas antes del encuentro definitivo.
Y es cierto, y la Iglesia lo enseña. La purificación del purgatorio no es una obra ajena a Cristo: es su misma obra aplicada. Del mismo modo que el bautismo no compite con la cruz aunque aplique sus frutos, ni la confesión, ni la predicación.
Además, el mismo versículo dice que la sangre nos purifica si andamos en la luz. Es decir, la aplicación de esa purificación tiene un cauce y un proceso.
San Pablo expresa un deseo y una convicción general, no una descripción del proceso posterior a la muerte. Si de ese versículo se dedujera que la entrada es siempre inmediata y sin intervalo, habría que explicar entonces 1 Corintios 3,15, escrito por el mismo autor, donde alguien se salva atravesando el fuego.
Tampoco están Trinidad, encarnación, canon, Biblia ni sacramento, y todas designan realidades que se aceptan. La Iglesia no toma la doctrina de una palabra sino de un conjunto de datos: que nada impuro entra en el cielo, que hay una purificación por fuego que salva, y que los cristianos oraron por sus difuntos desde el principio.
Las inscripciones de las catacumbas, siglos II y III, contienen fórmulas de súplica por los difuntos, pidiendo para ellos refrigerio, paz y descanso. Es la fe orada del pueblo cristiano antes de cualquier formulación teológica.
El Martirio de Perpetua y Felicidad, año 203. Perpetua, en prisión antes de morir mártir, ora insistentemente por su hermano Dinócrates, ya difunto, y relata que después lo ve aliviado. Es un documento de una comunidad cristiana en plena persecución, y muestra la práctica sin ninguna elaboración doctrinal.
Tertuliano, hacia el 211, De corona 3, menciona las ofrendas por los difuntos en el aniversario como costumbre recibida por tradición.
San Cirilo de Jerusalén, siglo IV, Catequesis Mistagógica V,9-10, explica a los recién bautizados que en la plegaria eucarística se hace memoria de los difuntos, y dice que es de gran provecho para las almas por las que se ofrece la súplica.
San Juan Crisóstomo, siglo IV, en las homilías sobre Filipenses y sobre Primera de Corintios, exhorta a socorrer a los difuntos con oraciones y limosnas, y afirma que no fue en vano que los apóstoles establecieran hacer memoria de ellos en los sagrados misterios.
San Agustín, Confesiones IX,13, ora por su madre Mónica; y en la Ciudad de Dios XXI,13 y 24 sostiene expresamente que hay penas purificadoras temporales después de esta vida.
Un dato de peso: las Iglesias orientales separadas de Roma desde 1054 oran por los difuntos en su liturgia. No usan el término latino purgatorio ni la formulación escolástica, y en eso hay diferencias reales de expresión, pero la práctica y su fundamento son comunes. Una invención medieval de Roma no podría estar en las Iglesias que se separaron de Roma.
La cronología lo desmiente. Las inscripciones de las catacumbas son del siglo II, el testimonio de Perpetua es del año 203, y San Agustín escribe sobre penas purificadoras en el siglo V. La práctica de orar por los difuntos es anterior en más de mil años a cualquier abuso medieval.
Y una observación de método: si la oración por los difuntos no sirviera de nada, la Iglesia habría estado haciendo algo inútil desde el siglo II sin que nadie lo advirtiera.
Los abusos económicos existieron y la Iglesia los condenó expresamente. El propio Concilio de Trento, al tratar este tema, mandó excluir de la predicación todo lo que oliera a torpe ganancia. Hoy el Derecho Canónico prohíbe cualquier apariencia de comercio con los sacramentos y con las misas (canon 947), y establece que la aportación por un estipendio no es un pago sino una contribución a la sustentación del ministro. Existe, además, la obligación de celebrar misas gratuitamente para quien no pueda dar nada.
Puede ser un consuelo, y no hay nada malo en ello. Pero se apoya en un texto explícito, 1 Corintios 3,15, y en una lógica difícil de esquivar: si nada impuro entra en el cielo y casi nadie muere puro, o bien Dios purifica, o bien casi nadie se salva. La doctrina del purgatorio es, en realidad, una doctrina profundamente esperanzada.
El purgatorio no es un tercer destino ni una segunda oportunidad ni una deuda que Cristo dejara sin pagar. Es el nombre que la Iglesia da a la purificación de quienes ya están salvados y todavía no están limpios del todo.
San Pablo describió a alguien cuya obra arde y que sin embargo se salva atravesando el fuego. Los cristianos del siglo II grabaron en las paredes de las catacumbas oraciones por sus muertos. Y las Iglesias que se separaron de Roma nueve siglos antes de la Reforma siguen orando por ellos hasta hoy.
Pregunta de retorno: si al morir solo caben el cielo y el infierno sin ningún proceso intermedio, ¿cómo se explica el hombre de 1 Corintios 3,15, cuya obra queda abrasada y que sin embargo se salva atravesando el fuego?
Conviene decir de entrada lo más importante: la venta de indulgencias existió, fue un abuso real y la propia Iglesia lo condenó y lo suprimió. El Concilio de Trento, en 1562, prohibió toda ganancia económica vinculada a ellas y eliminó el oficio de los recaudadores; y en 1567 San Pío V abolió todas las indulgencias que llevaran aparejada cualquier clase de emolumento. Negar el abuso sería deshonesto y además innecesario.
Dicho eso, hay que aclarar qué es una indulgencia, porque casi nunca se explica. No perdona ningún pecado. Se refiere a algo posterior: cuando el pecado ya ha sido perdonado en la confesión, queda la consecuencia, el daño interior y las secuelas. Es la distinción que la Escritura muestra con David: el Señor ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero... el hijo que te ha nacido morirá (2 Sam 12,13-14).
Aquí verá de dónde nace históricamente la indulgencia, que no es de la Edad Media sino de las penitencias públicas de la Iglesia antigua y de la intercesión de los mártires; y verá las condiciones que se exigen hoy, entre las cuales no hay ninguna de carácter económico.
Las indulgencias son la prueba más clara de la corrupción de la Iglesia: vender el perdón de los pecados por dinero, con aquella frase de que apenas la moneda en el cofre suena, el alma del purgatorio al cielo vuela. Eso fue lo que provocó la protesta de 1517 y con razón. Nadie puede comprar el perdón, porque el perdón lo dio Cristo gratis en la cruz.
La definición oficial es esta: la indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa, que el fiel obtiene bajo ciertas condiciones por la acción de la Iglesia, la cual dispensa el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos (CIC 1471).
Para entenderlo hay que tener presentes dos distinciones.
Ya se citó el caso de David (2 Sam 12,13-14). Se añaden otros:
En los tres casos hay perdón real y consecuencia real. Es exactamente el terreno donde opera la indulgencia.
La Escritura muestra varias veces que Dios reduce o retira la pena cuando alguien intercede o cuando hay conversión:
Y a ello se suma el poder de atar y desatar entregado a la Iglesia (Mt 16,19; 18,18), que incluye la facultad de determinar las condiciones de la reconciliación.
El origen histórico es muy anterior a la Edad Media y explica todo el asunto.
En la Iglesia antigua, los pecados graves llevaban aparejada una penitencia pública severa, que podía durar años: permanecer fuera del templo, ayunar, vestir de penitente, no poder comulgar durante largos períodos. Está documentada en Tertuliano, en San Cipriano y en los cánones de los primeros concilios.
Durante las persecuciones ocurrió algo notable. Los cristianos encarcelados a la espera del martirio, llamados confesores, intercedían por los penitentes ante el obispo pidiendo que se les acortara la penitencia. Esos escritos se llamaban libelli pacis, cartas de paz, y San Cipriano los menciona repetidamente en sus cartas del año 250. El obispo, atendiendo a esa intercesión, conmutaba parte de la pena.
Eso es exactamente una indulgencia: la reducción de la pena temporal por la aplicación de los méritos de otro miembro del Cuerpo de Cristo. Lo que ocurrió después fue que, al suavizarse las penitencias públicas, se fueron sustituyendo por otras obras: peregrinaciones, limosnas, oraciones. Y ahí, en la sustitución por limosnas, es donde se abrió la puerta al abuso.
Conviene relatarlo con precisión, porque contarlo bien es más eficaz que defenderse.
En el siglo XV y comienzos del XVI se extendió la práctica de vincular indulgencias a limosnas destinadas a obras concretas, entre ellas la construcción de la basílica de San Pedro. Algunos predicadores encargados de recaudar, los llamados cuestores, presentaron el asunto de manera abusiva y llegaron a fórmulas que la doctrina de la Iglesia nunca ha sostenido, como la conocida frase sobre la moneda y el cofre, atribuida al dominico Johann Tetzel.
La reacción de la Iglesia quedó documentada:
Este es el dato más útil en una conversación, porque cualquiera puede comprobarlo. Para ganar una indulgencia plenaria se requiere:
En ninguna de esas condiciones aparece el dinero. Y la última muestra hasta qué punto la doctrina es lo contrario de un trámite: exige una disposición interior que no se compra.
El abuso demuestra que hubo hombres corruptos, no que el principio sea falso. Con ese criterio habría que rechazar la predicación por los predicadores que se enriquecen con ella, la limosna por quienes la desvían, o el matrimonio por quienes lo destruyen. La Iglesia distinguió las dos cosas: condenó a los abusadores y conservó la doctrina, precisando su formulación.
Cristo perdonó la culpa y abrió el cielo, y eso es completo. Lo que la indulgencia toca es la consecuencia interior que el pecado deja, que la Escritura muestra que permanece incluso tras el perdón, como en el caso de David y en el de Moisés. Y lo que se aplica no es algo distinto de Cristo: es su propio mérito, dispensado por la Iglesia.
Las indulgencias vigentes están vinculadas a actos como confesarse, comulgar, rezar, leer la Escritura media hora, hacer el Vía Crucis, adorar el Santísimo o visitar a un enfermo. Es decir, a prácticas que cualquier cristiano consideraría buenas por sí mismas. Y ninguna requiere pagar.
La venta de indulgencias fue un abuso real, la Iglesia lo reconoció y lo suprimió en 1562 y 1567, y hoy cualquier comercio con ellas está prohibido y sancionado.
Lo que la doctrina afirma es otra cosa, y tiene fundamento bíblico: que el perdón de la culpa no borra automáticamente sus consecuencias, como se ve en David y en Moisés; que Dios acepta la intercesión para aliviar la pena, como se ve con Moisés y con Nínive; y que los miembros del Cuerpo de Cristo pueden ayudarse entre sí, porque si un miembro sufre, todos sufren con él.
Y su origen no está en la Edad Media, sino en los cristianos presos a la espera del martirio que intercedían para que se acortara la penitencia de sus hermanos.
Pregunta de retorno: si el perdón borrara siempre toda consecuencia, ¿por qué la Escritura dice que Dios perdonó el pecado de David y a continuación anuncia que el hijo nacido moriría?