Este bloque es histórico antes que doctrinal, y por eso conviene tratarlo con especial cuidado. Los hechos se exponen con fechas, lugares y nombres, sin adjetivos ni atribución de intenciones. Un dato verificable convence; un juicio sobre las motivaciones de alguien que murió hace cinco siglos solo genera enemigos. Y hay algo que debe quedar dicho desde el principio, porque es doctrina de la Iglesia y no una concesión: quienes hoy nacen en comunidades cristianas separadas y son educados en la fe de Cristo no pueden ser acusados del pecado de la separación, y la Iglesia católica los reconoce como hermanos (Unitatis Redintegratio 3; CIC 818).
Abre una pregunta para ver el resumen. Dentro está la respuesta completa, con la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Catecismo.
Este tema no argumenta: enumera. Y lo que la enumeración muestra es un patrón que se repite. Cada nueva comunidad nace de un desacuerdo sobre cómo interpretar la Escritura, sin que exista una instancia reconocida que pueda zanjar la discusión. Y una vez establecido ese mecanismo, se repite indefinidamente, porque la misma razón que justificó la primera separación justifica todas las siguientes.
El dato más elocuente es lo pronto que empezó. En 1529, apenas doce años después de las noventa y cinco tesis, Lutero y Zuinglio se reunieron en Marburgo para unificar posiciones y no lograron ponerse de acuerdo sobre el significado de cuatro palabras: esto es mi cuerpo. Los dos leían el mismo texto y llegaron a conclusiones incompatibles.
Aquí verá la secuencia completa, desde 1054 hasta las comunidades independientes de hoy, con fundador, año, lugar y causa. Y verá también qué dice la Escritura sobre esto: que todos sean uno... para que el mundo crea (Jn 17,21).
Se afirma con frecuencia que la Iglesia católica se separó del cristianismo primitivo y que la Reforma fue un regreso a la Iglesia de los apóstoles. Frente a eso, la pregunta histórica es sencilla y verificable: quién fundó cada comunidad cristiana existente, en qué año, en qué lugar y a raíz de qué desacuerdo.
Martín Lutero, monje agustino y profesor de teología, publica el 31 de octubre de 1517 en Wittenberg, Sajonia, sus noventa y cinco tesis, dirigidas inicialmente contra los abusos en la predicación de las indulgencias. La ruptura se consuma con la excomunión en enero de 1521 y la comparecencia ante la Dieta de Worms ese mismo año.
La formulación doctrinal se fija en la Confesión de Augsburgo de 1530, redactada por Felipe Melanchthon. Principios: la Escritura como única regla, la justificación por la fe sola, el sacerdocio universal de los creyentes.
Sobre los abusos que motivaron la protesta inicial, conviene decir con claridad que eran reales y que la Iglesia los corrigió: el Concilio de Trento suprimió el oficio de los recaudadores en 1562 y San Pío V abolió en 1567 toda indulgencia con emolumento. Este punto se trató en el tema 33.
Ulrico Zuinglio, párroco de Zúrich, impulsa desde 1523 una reforma más radical: suprime imágenes, órgano y la Misa. Su desacuerdo con Lutero es doctrinal y profundo.
En octubre de 1529 ambos se reúnen en el Coloquio de Marburgo, convocado precisamente para unificar el movimiento. Coinciden en catorce puntos y fracasan en el decimoquinto: el sentido de las palabras esto es mi cuerpo. Lutero sostenía una presencia real; Zuinglio, una interpretación simbólica. No hubo acuerdo, y la Reforma quedó dividida.
Ese episodio, ocurrido doce años después del inicio, es la primera demostración práctica del problema: dos hombres de gran formación, leyendo el mismo versículo y apelando ambos a la sola Escritura, sin ninguna instancia que pudiera decidir cuál de los dos tenía razón.
En Zúrich, en enero de 1525, Conrad Grebel, Felix Manz y Georg Blaurock administran el primer bautismo de adultos ya bautizados de niños. Rechazan el bautismo de infantes y la unión entre Iglesia y Estado. Fueron perseguidos tanto por autoridades católicas como protestantes; Manz fue ejecutado en 1527. De esta rama descienden los menonitas, con Menno Simons desde 1536, los amish, con Jakob Ammann en 1693, y los huteritas.
Enrique VIII promulga el Acta de Supremacía, que lo declara cabeza suprema de la Iglesia en Inglaterra. El origen inmediato fue la negativa de Roma a declarar nulo su matrimonio con Catalina de Aragón. La configuración doctrinal se completa bajo Eduardo VI, con el Libro de Oración Común de Thomas Cranmer, y bajo Isabel I con los Treinta y Nueve Artículos de 1563.
Juan Calvino, francés, publica en 1536 la Institución de la religión cristiana y organiza desde 1541 la ciudad de Ginebra conforme a su doctrina. Sus rasgos distintivos: la predestinación absoluta y una eclesiología presbiteriana. De aquí nacen las Iglesias reformadas del continente.
John Knox, discípulo de Calvino, establece la Reforma en Escocia en 1560, con gobierno de ancianos, o presbíteros, en lugar de obispos.
Se citan con frecuencia cifras muy altas, del orden de decenas de miles. Conviene manejarlas con honestidad, porque un dato inflado destruye la credibilidad del resto.
Las cifras proceden principalmente de la World Christian Encyclopedia, que emplea un criterio de conteo muy amplio: contabiliza por separado las agrupaciones nacionales de una misma denominación, de modo que una sola confesión presente en cien países puede figurar cien veces. Con criterios más estrictos, el número de familias denominaciones realmente distintas es mucho menor, aunque sigue contándose por millares.
Lo prudente es decirlo así: el número exacto se discute; el mecanismo no. Y el mecanismo es lo que importa. Cuando no existe una autoridad reconocida capaz de zanjar una controversia doctrinal, cada desacuerdo serio tiende a resolverse por separación. Eso no es una acusación: es una descripción, y quedó demostrado en Marburgo en 1529.
Recorriendo la lista aparecen tres constantes:
Nada de lo anterior implica un juicio sobre las personas. La Iglesia enseña expresamente que quienes hoy nacen en esas comunidades y creen en Cristo no cargan con la culpa de la separación, están unidos a la Iglesia católica por el bautismo y son llamados con razón hermanos en el Señor (Unitatis Redintegratio 3; CIC 818).
Y reconoce que en esas comunidades existen elementos verdaderos de santificación: la Escritura, la vida de gracia, la fe, la esperanza y la caridad (LG 15; UR 3). Lo que se afirma es una tesis histórica sobre las instituciones, no una condena de las personas.
Todas las comunidades cristianas surgidas desde el siglo XVI tienen un fundador con nombre, una fecha y una ciudad. La Iglesia católica y las Iglesias orientales no los tienen, porque su continuidad se remonta a listas episcopales publicadas en el siglo II.
Y el episodio de Marburgo, en 1529, muestra el problema en su forma más pura: dos reformadores brillantes, con la misma Biblia delante y el mismo principio interpretativo, incapaces de ponerse de acuerdo sobre cuatro palabras, y sin nadie a quien acudir para resolverlo.
Pregunta de retorno: si la Escritura fuera suficientemente clara por sí sola para resolver toda controversia, ¿cómo se explica que Lutero y Zuinglio, en 1529 y con el mismo texto delante, no lograran acordar el sentido de cuatro palabras?
La última oración de Jesús antes de la Pasión fue por la unidad, y le dio una finalidad concreta: que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21). La unidad no es un adorno: es un argumento ante el mundo, y por tanto tiene que poder verse.
San Pablo lo trató como asunto grave, no secundario. A los corintios les escribió: os ruego que no haya divisiones entre vosotros... ¿está dividido Cristo? (1 Cor 1,10.13). Y en la lista de las obras de la carne incluye las disensiones y las banderías, añadiendo que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (Gal 5,20-21). La palabra griega que ahí se traduce por banderías es hairéseis, de donde viene herejía.
Aquí verá esos textos con su contexto, y también la parte que es de justicia decir con la misma claridad: que la Iglesia distingue entre los responsables históricos de una ruptura y quienes nacen hoy dentro de ella, a los que llama hermanos y no acusa de nada.
Suele decirse que la división entre cristianos es un asunto secundario, porque lo importante es creer en Cristo, y que las diferencias doctrinales no afectan a la salvación. Otros sostienen que la unidad verdadera es solo espiritual e invisible, y que la existencia de muchas comunidades es una riqueza y no un problema.
No ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,20-21).
Dos cosas destacan. La primera: la medida de esa unidad es la del Padre y el Hijo, que es la más alta imaginable. La segunda: su finalidad es apologética, para que el mundo crea. Una unidad que el mundo no pudiera percibir no cumpliría el fin que Cristo le asignó.
Y en el mismo Evangelio: tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16).
Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros; estad bien unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir... ¿Está dividido Cristo? (1 Cor 1,10.13).
La palabra que se traduce por divisiones es schísmata, de donde viene cisma. Y la ocasión que motiva la carta es reveladora: los corintios se agrupaban en torno a distintos predicadores, unos de Pablo, otros de Apolo, otros de Cefas (1 Cor 1,12). El apóstol lo califica de comportamiento carnal, propio de quienes no han madurado (1 Cor 3,3-4).
Y la formulación más precisa está en Efesios:
Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos (Ef 4,4-6).
Siete unidades enumeradas seguidas. Y conviene notar que entre ellas figura una sola fe, es decir, un solo contenido creído, no solo un mismo sentimiento religioso.
San Juan se detiene en un detalle que a primera vista parece menor: la túnica de Jesús era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo, y los soldados decidieron no rasgarla sino sortearla (Jn 19,23-24). El evangelista subraya que así se cumplió la Escritura.
San Cipriano, en el siglo III, vio ahí una figura de la Iglesia: la túnica de Cristo no se dividió, y quien rompe la unidad no posee la vestidura de Cristo. Es una imagen que ha quedado en la tradición y que resulta útil por su fuerza visual.
Conviene usar los términos con precisión, porque en el lenguaje corriente se emplean como insultos y en el lenguaje teológico son descripciones técnicas.
El Catecismo, en el número 2089, define: la herejía es la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre ella. La apostasía es el rechazo total de la fe cristiana. El cisma es el rechazo de la sujeción al Romano Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia sometidos a él.
Y aquí es donde hay que introducir la distinción decisiva, que es la que evita convertir una descripción en una acusación personal.
El Concilio Vaticano II lo formula de manera explícita en el decreto sobre el ecumenismo:
Enseña que quienes nacen hoy en comunidades separadas y son instruidos en la fe de Cristo no pueden ser acusados del pecado de la separación, y que la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraterno, reconociéndolos como hermanos en el Señor por estar justificados por la fe recibida en el bautismo e incorporados a Cristo (UR 3).
Y añade que en esas comunidades se dan elementos verdaderos que provienen de Cristo y conducen a Él: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza, la caridad y otros dones del Espíritu (UR 3; LG 15).
El Catecismo lo recoge en el número 817-819. Es doctrina, no cortesía. Por tanto, quien use este tema para acusar a personas concretas de estar en pecado de cisma está aplicando mal la enseñanza de la propia Iglesia.
San Ignacio de Antioquía, año 107: no os engañéis, hermanos; quien sigue a un cismático no heredará el Reino de Dios (Filadelfios 3).
San Ireneo, hacia el 180, sostiene que no puede haber reforma tan grande que justifique romper la unidad de la Iglesia.
San Cipriano, año 251, en Sobre la unidad de la Iglesia católica: la Iglesia es una, como uno es el sol con muchos rayos y uno el árbol con muchas ramas. Y añade la frase que se ha hecho célebre: no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre.
San Agustín, en sus escritos contra los donatistas, insiste en que se puede tener el bautismo verdadero fuera de la comunión y que ese bautismo es válido, pero que la separación daña gravemente la caridad. Es notable que ya en el siglo V se distinga entre validez sacramental y comunión eclesial, que es exactamente la distinción que el Vaticano II desarrolló.
La diversidad legítima lo es, y la Iglesia católica la vive: veinticuatro Iglesias de derecho propio, más de veinte ritos litúrgicos, escuelas teológicas distintas, órdenes religiosas con espiritualidades muy diversas. Eso es variedad dentro de una misma fe.
La división es otra cosa: es sostener afirmaciones contrarias sobre lo mismo. Que unos crean que el pan consagrado es Cristo y otros que es un símbolo no es riqueza; es contradicción. Una de las dos posiciones es errónea, y averiguar cuál importa.
El texto dice para que el mundo crea (Jn 17,21). El mundo no ve las disposiciones interiores; ve comunidades. Una unidad enteramente invisible no podría cumplir la finalidad que Cristo le señaló.
Y San Pablo pedía algo verificable: que digáis todos lo mismo (1 Cor 1,10), y describía una fe única entre las siete unidades de Efesios 4.
Hay disputas, tensiones, escuelas enfrentadas y no pocos escándalos, y sería falso negarlo. La diferencia está en que existe una instancia reconocida que puede decidir en materia de fe, y que quien no acepta esa decisión sabe que se sitúa fuera. En 1529 no había nada semejante, y por eso la reunión de Marburgo terminó sin acuerdo posible.
La unidad no es un asunto menor: fue el contenido de la última oración de Jesús y le fue asignada una finalidad misionera. San Pablo la exigió expresamente, colocó las divisiones entre las obras que impiden heredar el Reino y mandó apartarse de quienes las provocan.
Y al mismo tiempo, la propia Iglesia enseña que quienes hoy nacen en comunidades separadas no cargan con esa culpa y son hermanos verdaderos. Las dos cosas son doctrina, y hay que sostener las dos: la gravedad objetiva de la ruptura y la inocencia de quienes la heredaron sin haberla causado.
Pregunta de retorno: si la unidad visible entre los cristianos fuera secundaria, ¿por qué fue precisamente eso lo que Cristo pidió en su última oración, y por qué dio como razón que el mundo llegara a creer?
Los dos hombres que dieron nombre a esa versión, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, eran monjes católicos del monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, en Sevilla. Allí se formaron, allí aprendieron latín, griego y hebreo, y allí leyeron la Biblia antes de adherirse a la Reforma y salir de España.
Y el texto griego que está en la base de su traducción, como en la de Lutero y en la del Rey Jacobo, procede del Nuevo Testamento griego que publicó en 1516 Erasmo de Rotterdam, sacerdote católico, dedicado al papa León X. Un año antes de las noventa y cinco tesis.
Aquí verá esa cadena completa: quién copió los manuscritos durante mil años, quién los editó, quién los imprimió y quién los tradujo. Y verá también las traducciones a lenguas vulgares hechas por católicos siglos antes de la Reforma, entre ellas una castellana de 1280 y una valenciana impresa en 1478.
Se afirma con frecuencia que la Reforma devolvió la Biblia al pueblo, y que hasta entonces la Iglesia católica la había mantenido oculta en latín para que nadie pudiera leerla. La Reina-Valera se presenta como la Biblia auténtica, libre de las adiciones romanas.
Entre la Antigüedad y la imprenta, la Biblia se conservó porque fue copiada a mano, letra por letra, en los scriptoria de los monasterios. Un códice completo requería el trabajo de meses o años y la piel de decenas de animales. Sin esa labor, hoy no existiría ningún texto que traducir.
La versión que se copió y difundió en Occidente fue la Vulgata, traducida del hebreo y del griego por San Jerónimo entre los años 382 y 405 por encargo del papa Dámaso. Su nombre significa, precisamente, la divulgada: se hizo al latín porque el latín era la lengua que el pueblo entendía.
La idea de que nadie podía leer la Biblia en su lengua antes del siglo XVI no se sostiene con los datos. Algunos ejemplos documentados:
Este último dato es el decisivo para el tema. La edición de Erasmo, con las revisiones posteriores de Stephanus y de los Elzevir, constituye el llamado Textus Receptus, que es la base textual de la Biblia alemana de Lutero, de la Biblia del Rey Jacobo de 1611 y de la Reina-Valera.
Dicho de otro modo: el texto griego del que derivan las principales Biblias protestantes fue establecido por un sacerdote católico y publicado con dedicatoria a un papa.
Casiodoro de Reina era monje del monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, en Santiponce, junto a Sevilla. En ese monasterio se formó y allí se difundieron ideas reformadas entre varios de sus miembros, que salieron de España hacia 1557.
Tras doce años de trabajo en el exilio, publicó en Basilea, en 1569, la primera traducción completa de la Biblia al castellano hecha desde las lenguas originales. Se la conoce como Biblia del Oso por el grabado de la portada.
Dos datos que conviene conocer. El primero: incluía los libros deuterocanónicos. El segundo: entre sus fuentes utilizó, además del hebreo y el griego, la Vulgata latina y la Biblia de Ferrara de 1553, una versión castellana del Antiguo Testamento realizada por judíos sefardíes.
Cipriano de Valera procedía del mismo monasterio sevillano. Dedicó unos veinte años a revisar la obra de Reina y publicó el resultado en Ámsterdam, en 1602. Su principal cambio de estructura fue agrupar los libros deuterocanónicos en una sección aparte, pero siguió incluyéndolos.
La versión conocida hoy como Reina-Valera es el resultado de sucesivas revisiones de ese texto: 1862, 1909, 1960, 1995 y 2011, entre otras. La de 1960 es la más difundida en el mundo hispanohablante.
Como se vio en el tema 19, las primeras Biblias de la Reforma los traían impresos: la de Lutero de 1534, la de Reina de 1569, la de Valera de 1602 y la del Rey Jacobo de 1611.
Su retirada de las ediciones corrientes no procede de ningún concilio ni de un hallazgo textual, sino de decisiones editoriales de las sociedades bíblicas en el siglo XIX, en particular a partir de 1826, cuando la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera resolvió dejar de financiar la impresión de esa sección.
Es decir: durante casi tres siglos, los lectores de la Reforma tuvieron esos libros en sus manos.
El latín se adoptó precisamente porque era la lengua del pueblo en el Occidente romano, en sustitución del griego. Se conservó después por continuidad, por ser lengua común de la cultura y por la estabilidad del texto litúrgico.
Y frente a la acusación están las traducciones ya citadas: castellana en 1280, valenciana impresa en 1478, dieciocho ediciones alemanas antes de Lutero. Quien sostenga la prohibición general tiene que explicar cómo se imprimieron todas ellas con licencia eclesiástica.
Su adhesión a la Reforma es un hecho y nadie lo discute. Lo que se señala es otra cosa: la formación que hizo posible su trabajo, el conocimiento de las lenguas, los manuscritos, la tradición de traducción y el texto griego base proceden todos de un patrimonio que la Iglesia había preservado durante quince siglos.
Es verdad, y hoy lo reconocen los especialistas de todas las confesiones: Erasmo trabajó con pocos manuscritos y tardíos, y su edición contiene lecturas discutibles. Las ediciones críticas modernas, como el Nestle-Aland, se basan en manuscritos muy anteriores. Pero eso no altera el punto de este tema: el texto que sirvió de base a las Biblias de la Reforma fue editado por un católico.
Toda Biblia cristiana que hoy se lee desciende de un texto que fue copiado a mano durante mil años en monasterios, traducido al latín por encargo de un papa, editado en griego por un sacerdote católico y publicado en cuatro lenguas por un cardenal en Alcalá de Henares.
Y la versión más difundida en español lleva el nombre de dos monjes formados en un monasterio jerónimo de Sevilla, cuya obra incluía los mismos libros que hoy se reprochan a la Iglesia católica.
Pregunta de retorno: si la Iglesia católica hubiera querido que nadie leyera la Biblia, ¿por qué la copió a mano durante mil años, la imprimió en cuatro lenguas en Alcalá en 1517 y financió el primer Nuevo Testamento griego impreso?
Este es un asunto de filología hebrea, y por eso puede resolverse con datos y sin polémica.
El nombre divino se escribe en la Biblia con cuatro consonantes, YHWH, lo que se llama el tetragrama. El hebreo antiguo se escribía sin vocales. Por reverencia, los judíos dejaron de pronunciarlo y al leer decían en su lugar Adonai, que significa Señor.
Siglos después, cuando los escribas masoretas añadieron signos vocálicos al texto, colocaron sobre las consonantes YHWH las vocales de Adonai como recordatorio de que allí debía leerse esa otra palabra. Y en la Edad Media tardía, lectores que desconocían esa convención combinaron mecánicamente las consonantes de un nombre con las vocales de otro, obteniendo una forma híbrida: Jehová.
Aquí verá esa historia paso a paso, las razones por las que la reconstrucción probable es Yahvé, y un dato del propio Nuevo Testamento: el tetragrama no aparece ni una sola vez en los manuscritos griegos conservados, que emplean siempre Kýrios, Señor.
Se afirma que el nombre propio de Dios es Jehová, que aparece miles de veces en el texto hebreo, y que las Iglesias lo han suprimido de sus traducciones sustituyéndolo por Señor. Desde esa posición se sostiene que quien no usa ese nombre no adora al Dios verdadero.
En el texto hebreo el nombre aparece como cuatro letras: yod, he, waw, he, es decir YHWH. Aparece más de seis mil veces en el Antiguo Testamento. La escritura hebrea antigua era consonántica: no anotaba las vocales, que el lector suplía por conocimiento de la lengua.
Por respeto al segundo mandamiento (no tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios, Ex 20,7) y a la prohibición de Levítico 24,16, se fue imponiendo la costumbre de no pronunciar el tetragrama. Al llegar a él en la lectura pública se decía Adonai, Señor, o bien ha-Shem, el Nombre.
Esa práctica está atestiguada ya antes de Cristo. Y tiene una consecuencia que suele pasarse por alto: cuando los judíos de Alejandría tradujeron la Biblia al griego en la Septuaginta, a partir del siglo III antes de Cristo, no transcribieron el nombre sino que escribieron Kýrios, Señor.
Entre los siglos VI y X de nuestra era, los escribas judíos llamados masoretas fijaron el texto hebreo y le añadieron un sistema de signos vocálicos, para evitar que se perdiera la pronunciación correcta.
Al llegar al tetragrama se encontraron con un problema: no debía pronunciarse. La solución fue una convención de lectura llamada qeré perpetuum: escribieron las consonantes YHWH pero les pusieron debajo las vocales de Adonai, para recordar al lector que dijera esa palabra en su lugar. Era una señal, no una indicación de pronunciación.
En la Edad Media tardía, algunos lectores cristianos que estudiaban el hebreo sin conocer aquella convención hicieron lo que parecía natural: leer juntas las consonantes y las vocales que aparecían en la página. El resultado fue Yehowah, que en las lenguas europeas dio Iehouah y después Jehová.
Las primeras apariciones documentadas de esa forma suelen situarse en obras de estudiosos de los siglos XIII a XVI, y su difusión general se produjo a partir del siglo XVI, cuando pasó a varias traducciones europeas.
Dicho con precisión: Jehová es una forma híbrida, compuesta por las consonantes de una palabra y las vocales de otra distinta. Ningún hebreo de la Antigüedad pronunció eso, y hoy lo reconocen los especialistas de todas las confesiones, incluidos los diccionarios y las gramáticas hebreas de uso universitario.
Tres líneas de evidencia convergen:
Conviene añadir una nota de honestidad: la vocalización exacta no puede darse por absolutamente cierta, porque la pronunciación se perdió. Yahvé es la reconstrucción mayoritaria y sólidamente fundada; lo que sí es demostrable es que Jehová procede de un error de método.
Este punto merece exponerse con cuidado porque es verificable y decisivo.
En ningún manuscrito griego conservado del Nuevo Testamento aparece el tetragrama. Ni uno solo, entre miles de testimonios que se remontan al siglo II. Donde el Antiguo Testamento tenía YHWH y los apóstoles lo citan, el texto griego dice Kýrios, Señor.
Un ejemplo claro: San Pablo cita Joel 3,5, donde el hebreo dice todo el que invoque el nombre de YHWH será salvo, y escribe todo el que invoque el nombre del Señor será salvo (Rom 10,13), aplicándolo a continuación a Jesucristo (Rom 10,9). Lo mismo hace San Pedro en Pentecostés (Hch 2,21.36).
Por eso, las traducciones que insertan el nombre divino en el texto del Nuevo Testamento están añadiendo algo que no está en ningún manuscrito. Es una decisión de traducción legítima de explicar, pero no un dato textual, y conviene distinguir las dos cosas.
Y hay un motivo teológico de peso: precisamente porque los apóstoles usaban Kýrios para el Dios del Antiguo Testamento, al aplicar ese mismo título a Jesús estaban confesando su divinidad. Jesús es Señor (Rom 10,9; 1 Cor 12,3; Flp 2,11) es una afirmación que solo cobra todo su peso sobre ese trasfondo.
Vale la pena señalar dónde pone el énfasis la revelación cristiana.
La Congregación para el Culto Divino, en la instrucción Liturgiam authenticam de 2001 y en una carta a las conferencias episcopales de 2008, dispuso que en la liturgia y en las traducciones litúrgicas el tetragrama no se vocalice, sino que se traduzca por Señor.
Las razones que se dan son dos, y ambas son de continuidad: respetar la tradición judía de reverencia, que Cristo y los apóstoles compartieron; y seguir el uso de la Septuaginta y del Nuevo Testamento, que emplean Kýrios.
Es decir, la práctica de la Iglesia no suprime nada: reproduce exactamente lo que hicieron los propios autores inspirados del Nuevo Testamento.
Quien tradujo por Señor no fue una Iglesia del siglo XX, sino los traductores judíos de la Septuaginta tres siglos antes de Cristo, y después los propios apóstoles al escribir en griego. Las ediciones católicas de estudio, además, indican el tetragrama en notas y muchas versiones lo escriben expresamente.
El principio es razonable, pero conduce a Yahvé y no a Jehová, porque esta última forma no estaba en ningún original: es el resultado de leer juntas las consonantes de una palabra y las vocales de otra.
Ese criterio dejaría fuera a los apóstoles, que escribieron Señor en todas sus cartas y nunca emplearon el tetragrama; a los traductores judíos de la Septuaginta; y al propio Jesús, que enseñó a orar diciendo Padre nuestro (Mt 6,9) y no pronunciando el tetragrama.
El nombre revelado a Moisés se escribe YHWH, y su reconstrucción probable es Yahvé, sostenida por las transliteraciones griegas antiguas, por los nombres propios hebreos y por el juego verbal de Éxodo 3,14.
La forma Jehová nació de un malentendido comprensible: alguien leyó juntas unas consonantes y unas vocales que nunca fueron pensadas para ir juntas. No hay en ello mala intención de nadie, y por eso el asunto se resuelve mejor explicando que discutiendo.
Y cuando alguien pregunta por qué las Biblias ponen Señor, la respuesta más exacta es que así lo escribieron los apóstoles.
Pregunta de retorno: si el nombre divino debe pronunciarse siempre en su forma original, ¿por qué en los miles de manuscritos griegos del Nuevo Testamento no aparece ni una sola vez, y los apóstoles escribieron Señor?
Cristo no dejó una idea sino una comunidad, y la describió de modo que pudiera reconocerse: vosotros sois la luz del mundo; no puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte (Mt 5,14). Y mandó acudir a ella cuando surgiera un conflicto: si no hace caso ni a la Iglesia... (Mt 18,17). A algo invisible no se le puede acudir.
El criterio más antiguo para identificarla no lo inventó la Iglesia católica: está en el Credo que se proclamó en el año 381 y que recitan hoy también muchas comunidades no católicas. Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Cuatro señas concretas y comprobables.
Aquí verá esas cuatro notas explicadas una por una con su fundamento bíblico, y verá también un criterio práctico muy sencillo, formulado por Tertuliano hacia el año 200: que cada comunidad muestre la lista de sus responsables hasta llegar a un apóstol.
Si existen miles de comunidades cristianas y todas apelan a la Biblia, ¿cómo puede alguien saber cuál es la Iglesia que Cristo fundó? Muchos responden que la pregunta no tiene respuesta y que basta con creer en Cristo sinceramente, sea donde sea.
Una en la fe, en los sacramentos y en el gobierno. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu... un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4,4-5). Y la oración de Cristo: que todos sean uno (Jn 17,21).
En la práctica esto se comprueba preguntando si una comunidad puede decir qué cree sobre un punto discutido, y si esa respuesta es la misma en todos los continentes. La Iglesia católica tiene un Catecismo único, traducido a todas las lenguas y consultable por cualquiera.
No porque sus miembros lo sean, sino por su origen, su fin y sus medios. Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla (Ef 5,25-27). Es santa quien tiene los medios de santificación que Cristo dejó: la Palabra, los sacramentos y la caridad.
Y hay una señal empírica que conviene mencionar sin triunfalismo: la santidad reconocida, verificada y documentada. Una institución que ha producido ininterrumpidamente, durante veinte siglos y en todos los continentes, hombres y mujeres de una entrega extraordinaria a los pobres, a los enfermos y a los perseguidos, ha dado un fruto que se puede examinar (Mt 7,16).
Universal, según el todo. Id y haced discípulos de todos los pueblos (Mt 28,19); seréis mis testigos hasta los confines de la tierra (Hch 1,8).
Implica dos cosas: extensión geográfica real y integridad de la doctrina, es decir, no seleccionar unas verdades y descartar otras. Este punto se desarrolló en el tema 21.
Edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas (Ef 2,20); y en la Jerusalén celestial, la muralla tenía doce cimientos, sobre los cuales había doce nombres, los de los doce apóstoles (Ap 21,14).
Se comprueba de dos maneras: continuidad en la doctrina y continuidad en la sucesión de los pastores, documentada desde el siglo II. Este punto se desarrolló en el tema 23.
Hacia el año 200, Tertuliano propuso una prueba que sigue siendo la más simple de aplicar: que cada comunidad presente el origen de sus iglesias y despliegue la lista de sus responsables, de modo que el primero de ellos tenga por antecesor a un apóstol o a un varón apostólico.
Aplicado hoy, ese criterio produce una respuesta muy acotada. Solo la Iglesia católica y las Iglesias orientales pueden presentar esa continuidad documentada. Todas las demás comunidades tienen un fundador con nombre y una fecha posterior al siglo XV, como se vio en el tema 34.
A ello puede añadirse una segunda prueba, más histórica que institucional: comparar lo que una comunidad cree hoy con lo que creían los cristianos documentados de los años 107, 155 y 180. Es lo que se hizo en el tema 22.
Sería soberbia si se dijera que los propios miembros son mejores. No se dice eso. Se dice que Cristo fundó una Iglesia concreta y que puede identificarse por señas verificables, del mismo modo que un historiador identifica la continuidad de una institución sin que eso implique juicio moral sobre nadie.
Y la propia Iglesia acompaña esa afirmación con el reconocimiento de la santidad y la verdad que existen fuera de sus límites visibles, y con la petición de perdón por las culpas de sus miembros en las divisiones (CIC 817; UR 7).
Los ha tenido, y algunos terribles, y la Iglesia los ha reconocido públicamente y pedido perdón por ellos. Pero eso no toca al criterio, porque la santidad de la Iglesia no consiste en la impecabilidad de sus miembros. Cristo comparó su Reino con un campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña hasta la siega (Mt 13,24-30) y con una red que recoge peces de toda clase (Mt 13,47-48). Y eligió a doce hombres, uno de los cuales lo entregó.
La sinceridad es imprescindible y Dios la tiene en cuenta, y la Iglesia lo enseña así (LG 16). Pero la sinceridad no determina por sí sola lo que es verdadero: dos personas igualmente sinceras pueden sostener lo contrario sobre la Eucaristía, y ambas no pueden tener razón. Buscar dónde está la plenitud de lo que Cristo dejó no es desconfiar de la sinceridad de nadie; es tomarse en serio lo que Él fundó.
Cristo dejó una comunidad visible, con pastores, con autoridad y con sacramentos, y prometió estar con ella hasta el fin del mundo. Esa comunidad puede reconocerse por cuatro señas que la propia cristiandad confesó en el año 381: una, santa, católica y apostólica.
Y la prueba más simple sigue siendo la que propuso Tertuliano hace mil ochocientos años: que cada comunidad muestre su lista de pastores hasta llegar a un apóstol.
Pregunta de retorno: si Cristo mandó llevar los conflictos ante la Iglesia y prometió estar con ella hasta el fin del mundo, ¿no habrá dejado también el modo de reconocer cuál es?