Los tres temas de este bloque no son doctrinales sino históricos, y sin embargo aparecen en casi todas las conversaciones. Son acusaciones que circulan como si fueran datos establecidos, y que se responden mejor con documentación que con argumentos.
Abre una pregunta para ver el resumen. Dentro está la respuesta completa, con la Escritura, los Padres de la Iglesia y el Catecismo.
La respuesta más eficaz no es negar el parecido con otros cultos, sino señalar de dónde vienen realmente esos elementos. Y vienen del culto de Israel, mandados por Dios en el Pentateuco.
El incienso: harás un altar para quemar el incienso... Aarón quemará sobre él incienso aromático cada mañana (Ex 30,1.7). Las vestiduras litúrgicas: el capítulo 28 entero del Éxodo, con instrucciones minuciosas sobre el efod, el pectoral y la túnica, para gloria y esplendor (Ex 28,2). Las lámparas: que arda continuamente una lámpara (Ex 27,20-21). El agua para las purificaciones: Éxodo 30,17-21 y Números 19,9.
Y si se busca un culto con incienso, altar de oro, vestiduras y postraciones, el lugar donde lo describe la Escritura no es un templo pagano sino el cielo: los veinticuatro ancianos se postraron... con copas de oro llenas de perfumes (Ap 5,8), y un ángel con un incensario de oro al que se le dio mucho incienso (Ap 8,3-4).
Aquí verá el origen bíblico de cada uno de esos elementos, y también un criterio de método que conviene tener claro: el parecido entre dos cosas no demuestra que una proceda de la otra.
El culto católico está lleno de elementos que no aparecen en el Nuevo Testamento y que proceden de las religiones paganas de Roma y de Babilonia: el incienso, las vestiduras litúrgicas, las velas, el agua bendita, las procesiones, los títulos sacerdotales e incluso la fecha de la Navidad, tomada de la fiesta del sol invicto. Los primeros cristianos se reunían con sencillez, sin nada de eso.
El capítulo 28 del Éxodo está dedicado íntegramente a ellas, y comienza con una declaración de intención que suele sorprender: harás para tu hermano Aarón vestiduras sagradas, para gloria y esplendor (Ex 28,2). Se describen el efod, el pectoral con doce piedras preciosas, el manto con granadas y campanillas de oro, la túnica, la tiara y la faja (Ex 28,4-39), y su confección se detalla de nuevo en el capítulo 39.
En el cielo, los ancianos aparecen vestidos de blanco, con coronas de oro (Ap 4,4), y la multitud de los salvados con vestiduras blancas (Ap 7,9).
Conviene exponerlo porque resuelve el fondo del asunto, y no solo los casos concretos.
Merece un tratamiento aparte, porque es el ejemplo más citado y conviene ser exacto.
La tesis habitual sostiene que la fecha se tomó de la fiesta romana del Sol Invicto, establecida por el emperador Aureliano en el año 274. Es una hipótesis respetable y tiene defensores.
Pero existe otra explicación, también antigua, llamada teoría del cómputo. Parte de una creencia judía según la cual los grandes personajes morían el mismo día en que habían sido concebidos. Fijada la Pasión el 25 de marzo, se situó ahí la concepción, y de ahí resultan nueve meses después el 25 de diciembre. Sexto Julio Africano, hacia el año 221, ya relaciona esas fechas, y eso es medio siglo antes de la fiesta de Aureliano.
Lo honesto es decir que la cuestión está discutida entre los historiadores y que ninguna de las dos explicaciones puede darse por cerrada. Lo que no se sostiene es presentar la primera como un hecho probado.
Y hay un argumento de fondo que vale para todo el tema: aunque una fecha se hubiera elegido para sustituir una fiesta pagana, eso no diría nada sobre el contenido de lo que se celebra. Sustituir el culto al sol por el culto a Cristo no es paganizar el cristianismo: es exactamente lo contrario.
Tertuliano, hacia el 211, en De corona 3-4, enumera prácticas que los cristianos observaban ya entonces sin mandato escrito, entre ellas signarse la frente con la cruz, y las atribuye a la tradición y a la costumbre.
San Justino, año 155, describe una celebración con lecturas, oración, ofrenda y aclamación del pueblo. No es una reunión informal.
Las catacumbas y Dura Europos, siglos II y III, muestran pinturas, símbolos y espacios diferenciados. La sencillez de la Iglesia perseguida no era ausencia de culto ordenado.
Aparecen la mayoría: el altar (Heb 13,10), el incienso (Ap 5,8; 8,3-4), las lámparas (Hch 20,8), las vestiduras blancas (Ap 4,4; 7,9), la imposición de manos (1 Tim 4,14), el óleo (Sant 5,14), la genuflexión (Ef 3,14), el ayuno (Hch 13,2) y el canto (Ef 5,19).
Y de lo que no aparece explícitamente, el criterio no puede ser el rechazo, porque tampoco aparecen el templo con bancos, el púlpito, la Biblia encuadernada en un volumen, el proyector, la escuela dominical ni el nombre de ninguna denominación actual.
Quiere el corazón, sin duda (Jn 4,23-24). Pero el hombre no es solo espíritu, y Dios lo sabe: por eso mandó fabricar un santuario, ordenó vestiduras para gloria y esplendor, y sobre todo por eso se hizo carne. El cristianismo es la religión de un Dios que se hizo visible, y una fe que rechaza por principio todo signo material se aproxima más al espiritualismo antiguo que al Evangelio.
Los testimonios sobre altar, plegaria fija, vestiduras y estructura litúrgica son de los años 90, 107, 155, 180 y 215, todos anteriores al Edicto de Milán de 313. Este punto se desarrolló en los temas 3, 20 y 22.
El incienso, las vestiduras, las lámparas, el agua para purificar y las procesiones no proceden de Roma ni de Babilonia: proceden del culto que Dios mismo estableció en el Sinaí y describió en el Éxodo y en el Levítico. Y reaparecen en la única descripción del culto celestial que tenemos, en el Apocalipsis.
Quien sostenga el origen pagano debe indicar el culto, el siglo, el documento y el testigo. La continuidad con Israel, en cambio, está escrita en el Pentateuco y cualquiera puede comprobarla.
Pregunta de retorno: si el incienso y las vestiduras fueran de origen pagano, ¿qué hacemos con los capítulos 28 y 30 del Éxodo, donde es Dios quien los manda, y con el incensario de oro del Apocalipsis?
El punto de partida es una pregunta que responde casi sola: si la Iglesia hubiera querido que nadie leyera la Biblia, ¿por qué la copió a mano, letra por letra, durante mil años, en los monasterios, con un coste enorme de tiempo y de material? Sin ese trabajo no existiría hoy ningún texto que traducir.
Y hay traducciones a lengua vulgar hechas por católicos siglos antes de la Reforma: la Biblia castellana promovida por Alfonso X hacia 1280, la Biblia valenciana de Bonifaci Ferrer impresa en 1478, y al menos dieciocho ediciones completas en alemán anteriores a la de Lutero. La Políglota de Alcalá, en cuatro lenguas, se imprimió entre 1514 y 1517.
Aquí verá qué se prohibió realmente y en qué contextos concretos, por qué las Biblias estaban encadenadas en las iglesias y qué dice hoy la Iglesia sobre la lectura de la Escritura, que incluye una indulgencia por leerla durante media hora.
Durante siglos la Iglesia mantuvo la Biblia encadenada y en latín para que el pueblo no pudiera leerla, prohibió su traducción a las lenguas vulgares y persiguió a quienes lo intentaron. Solo con la Reforma volvió la Palabra de Dios a manos de la gente.
Entre la Antigüedad y la imprenta, la Biblia se conservó porque fue copiada a mano en los scriptoria monásticos. Un códice completo exigía meses o años de trabajo y la piel de decenas de animales. Los monjes benedictinos, cistercienses y de otras órdenes dedicaron a esa tarea siglos enteros.
La Vulgata de San Jerónimo, encargada por el papa Dámaso entre los años 382 y 405, se llama así precisamente porque era la versión divulgada: se tradujo al latín porque el latín era la lengua que el pueblo entendía en el Occidente romano.
Ya enumeradas en el tema 36, conviene repetirlas aquí porque son la respuesta directa a esta objeción:
Todas ellas se realizaron con licencia eclesiástica y sin oposición. Quien afirme que existía una prohibición general debe explicar cómo pudieron imprimirse.
Aquí hay que ser honesto y preciso, porque restricciones sí existieron y negarlo sería falso.
El contexto explica esas medidas sin necesidad de justificarlas todas. En una época sin crítica textual generalizada, una traducción con notas orientadas podía difundir un error entre gente sin medios para detectarlo. La Iglesia actuó como actúa cualquier institución que se considera responsable del contenido que circula bajo su nombre. Se puede discutir la prudencia de esas medidas; lo que no es exacto es describirlas como una prohibición general de leer la Biblia.
Es uno de los detalles que más se citan y tiene una explicación sencilla. Antes de la imprenta, un códice bíblico costaba el equivalente a varios años de salario de un artesano. Se encadenaban por la misma razón por la que hoy se sujetan los bolígrafos en un banco o los libros en algunas bibliotecas antiguas: para que no se los llevaran, precisamente porque estaban puestos a disposición del público.
Una Biblia encadenada en un lugar accesible es exactamente lo contrario de una Biblia escondida.
Antes del siglo XV, el analfabetismo era casi universal y los libros escasísimos. La inmensa mayoría de la población no podía leer nada, en ninguna lengua. Por eso la Iglesia enseñó la Escritura por los medios que sí llegaban a todos: la predicación, la liturgia, los ciclos de lecturas, los vitrales, los retablos, los pórticos esculpidos, los misterios representados y los cantos.
Esas catedrales que hoy se visitan como monumentos fueron, en su tiempo, Biblias en piedra para quien no sabía leer.
Y un dato de escala: la Iglesia católica, a través de sus misiones y en colaboración con las sociedades bíblicas, ha promovido la traducción de la Escritura a centenares de lenguas, en muchos casos fijando por escrito idiomas que carecían de alfabeto.
Hubo procesos contra traductores, y algunos terminaron en condenas graves. Pero conviene mirar los casos concretos: en la mayoría, el motivo del proceso no era traducir sino las tesis doctrinales que el traductor sostenía o las notas que incorporaba a la traducción. Es una distinción real, aunque no todas las actuaciones de la época resulten defendibles hoy, y la Iglesia ha pedido perdón por los métodos empleados en aquellos siglos.
Es una crítica justa, y conviene aceptarla. Hay un déficit real de formación bíblica en muchas comunidades católicas, y varios papas lo han señalado. Pero eso es un problema de práctica pastoral, no de doctrina: la enseñanza oficial es exactamente la contraria, y está escrita en los documentos citados.
Y en una conversación conviene reconocerlo, porque negar un hecho evidente resta credibilidad a todo lo demás.
Lo que llegó al pueblo con la imprenta fue el libro barato, y eso benefició a todos. Pero el primer libro impreso por Gutenberg en 1455 fue la Biblia latina, y las traducciones a lengua vulgar impresas antes de la Reforma se cuentan por decenas.
La Iglesia copió la Biblia durante mil años, la tradujo al latín porque era la lengua del pueblo, la vertió a las lenguas vulgares desde el siglo XIII, financió la primera políglota impresa y encadenó ejemplares en las iglesias precisamente para que estuvieran al alcance de todos.
Hubo restricciones locales y temporales sobre traducciones concretas, en contextos de controversia doctrinal, y es justo reconocerlo. Pero entre eso y la afirmación de que se prohibió leer la Biblia hay una distancia que los documentos no permiten recorrer.
Pregunta de retorno: si la Iglesia hubiera querido ocultar la Biblia, ¿por qué la copió a mano durante mil años y por qué imprimió en 1517 una edición en hebreo, arameo, griego y latín?
La idea de una guerra permanente entre ciencia y fe tiene un origen datable: dos libros del siglo XIX, de John Draper en 1874 y Andrew White en 1896, que construyeron ese relato. Hoy los historiadores de la ciencia lo consideran superado, y no por simpatía hacia la Iglesia sino porque los datos no lo sostienen.
Bastan tres nombres para verlo. Nicolás Copérnico, que propuso el modelo heliocéntrico, era canónigo y dedicó su obra al papa Paulo III. Gregor Mendel, padre de la genética, era monje agustino y abad. Y Georges Lemaître, el científico que formuló la hipótesis del átomo primigenio, base de lo que hoy llamamos Big Bang, era sacerdote católico.
Aquí verá el caso Galileo contado con precisión, incluido lo que la Iglesia hizo mal y reconoció en 1992; verá qué se juzgó realmente en el proceso de Giordano Bruno; y verá el principio que la Iglesia sostiene desde antiguo: que la investigación metódica no puede oponerse a la fe, porque las realidades del mundo y las de la fe proceden del mismo Dios (CIC 159).
La historia de la Iglesia es la historia de una guerra contra el conocimiento: condenó a Galileo por decir que la Tierra gira, quemó a Giordano Bruno por defender la pluralidad de mundos, frenó la medicina y la astronomía durante siglos y todavía hoy se opone al progreso científico. La fe y la razón son incompatibles.
Es el caso más citado y conviene contarlo entero, porque contarlo bien es más eficaz que defenderse.
Galileo Galilei defendió el modelo heliocéntrico de Copérnico. En 1616 el Santo Oficio calificó la tesis de errónea y se le pidió que no la sostuviera como verdad probada. En 1632 publicó el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, y en 1633 fue procesado, obligado a abjurar y condenado a arresto domiciliario.
Eso fue un error, y la Iglesia lo ha dicho. San Juan Pablo II encargó en 1981 una comisión de estudio, y en 1992, al recibir sus conclusiones, reconoció públicamente que los jueces de Galileo se equivocaron al trasladar al terreno de la doctrina de la fe una cuestión que pertenecía a la investigación científica.
Reconocido el error, hay hechos del proceso que conviene conocer porque circulan versiones muy exageradas:
Nada de eso convierte la condena en algo justificable. Sirve para situarla: fue un error grave de unos jueces en un asunto que no les competía, no una guerra de la fe contra la razón.
Se le presenta a menudo como mártir de la ciencia. Los hechos son distintos y más incómodos para ambas lecturas.
Bruno fue condenado y ejecutado en Roma en el año 1600, y eso es un hecho terrible que nadie debe minimizar. Pero los cargos del proceso, que se conservan, eran teológicos: negación de la Trinidad, negación de la divinidad de Cristo, negación de la virginidad de María, defensa de la transmigración de las almas y de tesis panteístas.
Su especulación sobre la infinitud del universo y la pluralidad de mundos era de carácter filosófico y místico, no el resultado de una investigación astronómica, y no figura como cargo central. Bruno no era astrónomo ni realizó observaciones.
Lo correcto es decir las dos cosas: que la ejecución fue un crimen que la Iglesia hoy condena sin reservas, y que no fue una condena de la ciencia.
Este apartado suele sorprender, porque los nombres son conocidos y su condición no.
La postura de la Iglesia no es una tolerancia pragmática hacia la ciencia, sino una tesis explícita:
El Catecismo, en el número 159, enseña que la fe y la ciencia no pueden estar en desacuerdo, porque las realidades profanas y las realidades de la fe tienen su origen en el mismo Dios, y que la investigación metódica, si procede de modo científico y conforme a la moral, nunca estará realmente en contra de la fe, dado que las cosas del mundo y las de la fe proceden del mismo Dios. La cita procede de Gaudium et Spes 36.
Ese mismo documento reconoce la autonomía legítima de las realidades terrenas: las ciencias tienen sus propios métodos y sus propias leyes, y la fe no debe interferir en ellos.
San Juan Pablo II lo desarrolló en la encíclica Fides et Ratio (1998), que se abre con la imagen de la fe y la razón como las dos alas con que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Y conviene recordar que el principio es antiguo. San Agustín, en el siglo V, advertía en su comentario al Génesis contra el ridículo que hace un cristiano cuando afirma disparates sobre el mundo natural apoyándose en la Escritura, y sostenía que eso aleja de la fe a las personas instruidas.
Es una afirmación muy repetida y sin base documental. Las disecciones anatómicas se practicaban en las universidades medievales, que eran instituciones eclesiásticas: hay constancia de disecciones públicas en Bolonia desde comienzos del siglo XIV, con autorización. La bula de Bonifacio VIII de 1299 que suele citarse no trataba de autopsias sino de la costumbre de descuartizar y hervir cadáveres para trasladar los restos de nobles y cruzados.
Ningún autor cristiano relevante de la Edad Media sostuvo eso. La esfericidad de la Tierra era conocida desde la Antigüedad griega y la afirman con naturalidad San Isidoro de Sevilla, Beda, Santo Tomás de Aquino y Dante. La leyenda de que Colón tuvo que convencer a unos clérigos de que la Tierra era redonda procede de una biografía novelada escrita por Washington Irving en 1828. Lo que se discutía en Salamanca no era la forma de la Tierra sino su tamaño, y en eso los asesores tenían razón y Colón estaba equivocado.
Las objeciones actuales de la Iglesia no son a la ciencia sino a determinadas aplicaciones, y se formulan en términos éticos, no científicos: la destrucción de embriones humanos, la eugenesia, la experimentación sin consentimiento. Se puede estar en desacuerdo con esas posiciones, pero son juicios morales sobre usos, no negaciones de hechos. Y la propia comunidad científica mantiene comités de ética que discuten los mismos asuntos.
El relato de una guerra permanente entre la Iglesia y la ciencia se construyó en el siglo XIX y hoy los historiadores lo han abandonado. Lo que hay en su lugar es más complejo y más interesante: universidades fundadas por la Iglesia, monjes copiando textos científicos griegos, un canónigo proponiendo el heliocentrismo, un monje descubriendo las leyes de la herencia y un sacerdote formulando la teoría del origen del universo.
Y también un error grave con Galileo, que la Iglesia reconoció públicamente en 1992, y una ejecución injustificable en 1600. Decir las dos cosas es lo que da credibilidad a decir la primera.
Pregunta de retorno: si la Iglesia hubiera estado en guerra con la ciencia, ¿cómo se explica que fundara las universidades, que el heliocentrismo lo propusiera un canónigo, la genética un monje y la teoría del Big Bang un sacerdote?